II. Esperaban en silencio la llegada del jefe

II.


Juan Carlos Osorio, Rigoberto Sandoval, Onorio Bustamante, Susana Rosende, Benito Rosasco y Rudolf Kurnov esperaban en silencio la llegada del jefe, en la Sala del Consejo de la Colonia Hidalguía. Habían pasado veinticinco minutos desde la hora fijada. Como Ramiro Gajardo detentaba el poder absoluto en la Colonia, nadie osaba expresar malestar por el atraso, ni siquiera en su ausencia. Además, sospechaban que la sala se encontraba vigilada y que cualquier gesto o palabra inconveniente podría ser vista y escuchada por el jefe.

Efectivamente Gajardo, sentado en el sillón de su oficina, los estaba observando en su IAI. Los vigilaba no porque desconfiara de su lealtad, sino porque aún no decidía hasta qué punto era oportuno llegar en la explicación que pensaba hacerles sobre el sentido del proyecto.

Sabía que todos tenían alguna afinidad ideológica y que en líneas gruesas compartían su proyecto; pero Gajardo tenía una idea muy negativa sobre la naturaleza humana, y pensaba que lo que le garantizaba realmente la fidelidad de sus subordinados no era tanto la adhesión que tuvieran al proyecto Hidalguía sino, sobre todo, el elevado estipendio que les pagaba religiosamente, junto a todos los privilegios, comodidades y bienestar que les ofrecía y garantizaba en la Colonia.

La desconfianza de Gajardo hundía sus raíces en una muy baja estima que tenía por la especie humana. Pensaba que los humanos no eran mejores ni peores que las demás especies animales que pueblan el planeta; pero se diferencian del resto de los animales que la evolución ha generado en su marcha ciega, por el hecho decisivo y sorprendente de no estar adaptados al ambiente, constituyendo la única especie rebelde y permanentemente disconforme, que como consecuencia de ello rompe los equilibrios ecológicos y actúa destructivamente sobre la naturaleza, intentando dominarla y someterla, y poniendo su intelecto al servicio de las pasiones, ambiciones y avidez.

Él mismo no se consideraba mejor ni peor que los demás miembros de su especie. Así, vivía su sexualidad como la experimentan y viven los carneros, los potros y los gallos, que montan a las hembras que se les ofrecen porque también ellas sienten la necesidad de copular; y si encuentran resistencia de ellas o la competencia de otros machos, los enfrentan para mantener el predominio, como algo que está en la naturaleza biológica que no podemos superar.

Por lo mismo, no tenía pretensión de cambiar a los seres humanos mediante el convencimiento intelectual o la prédica moral. “Los humanos somos como somos, porque así nos creó la naturaleza, y nada nos puede cambiar”, pensaba y decía a menudo. Todo estaría por lo tanto bien, si no fuera por esa desadaptación ecológica, error de la naturaleza misma, que nos lleva a destruir nuestra propia casa natural, la tierra en la que compartimos y nos disputamos espacios con las otras especies y entre nosotros mismos.

Por eso, pensaba Gajardo, es necesario ejercer dominio y control sobre los seres humanos. Durante milenios y siglos de historia el problema no fue tan grave, porque los humanos no tuvieron tantos medios y poder como para afectar de manera decisiva los equilibrios naturales. Pero en la civilización industrial, con el control alcanzado sobre las energías que se habían mantenido ocultas e inexplotadas durante milenios, las cosas cambiaron aceleradamente. La destrucción del planeta por parte de la especie humana se aceleró exponencialmente. La industria, la urbanización y las guerras por el control de los territorios, los minerales y las aguas, todo había confluido en un grave deterioro de la biósfera, implicando la extinción de numerosas especies vivientes; y los humanos no sólo habían afectado los equilibrios ecológicos, sino también a la atmósfera, por las emisiones de gases que contaminaron el aire que respiramos y que alteraron los climas, generando catástrofes frecuentes; a la hidrósfera, por los desechos químicos y plásticos que hacemos fluir por las aguas y que polucionan los lagos, los ríos y los océanos; incluso a la estratósfera, al destruir la capa de ozono que nos protege de los rayos ultravioleta.

Lo más grave de todo – sostenía – era la explosiva expansión cuantitativa de esta especie depredadora, que en un momento, en las primeras décadas del siglo XXI, llegó a contar con casi nueve mil millones de individuos. Todos y cada uno de ellos, desadaptados, y en consecuencia rebeldes, permanentemente insatisfechos, ávidos y destructivos.

Si a los seres humanos no se los puede cambiar, es necesario controlarlos, disciplinarlos, someterlos si es necesario. Por eso Ramiro Gajardo se había sumado entusiastamente al movimiento cívico-militar ecologista, que después de la Gran Devastación Ambiental ocurrida durante la tercera década del siglo XXI logró conquistar el poder y establecer la Dictadura Constitucional Ecologista.

La fuerza de su convicción y su pasión por la causa le valieron que fuera nombrado Ministro de Seguridad Interior del Estado, cargo que ejerció con mano dura y sin vacilaciones durante quince años. Dirigir el ‘brazo armado’ y tener bajo su mando a la despiadada Central de Información, Inteligencia y Control Ideológico (la CIICI) a cuya cabeza puso a su fiel amigo el General Conrado Kessler, era perfectamente coherente con sus convicciones sobre la especie humana y sobre la ‘ecología radical’ que postulaba.

Cuando el año 2059 fue sacado del poder en la llamada Restauración de la Política y la Democracia, movimiento económico-cultural encabezado por la escritora Matilde Moreno y por Juan Solojuán, fundador y Presidente del Consorcio Cooperativo CONFIAR, el ex-ministro Gajardo, siempre secundado por el ex-general Kessler, intentó recuperar el poder. Para ello creó clandestinamente el Partido por la Patria, un confuso movimiento político que agrupó a los desplazados del poder, a grupos económicos internacionales de carácter mafioso, y a sectores populares enardecidos por un discurso populista. Pero fracasó cuando cometió el grave error de secuestrar a la joven Antonella Gutiérrez, vinculada por lazos familiares y laborales con las autoridades del Gobierno democrático. Lo había hecho con la intención de exacerbar el descontento ciudadano respecto al nuevo orden democrático y sus autoridades, que demoraban en decidir las formas constitucionales de la política.

Fue en el período de su encierro en la cárcel que concibió el proyecto que ahora realizaba en Los Campos de El Romero Alto. Un proyecto con el que buscaba materializar sus convicciones ecologistas con el empleo de nuevos medios.

Esto era lo que ahora, cuando ya no contaba con el apoyo del fallecido Conrado Kessler, consideraba necesario explicitar ante su Consejo Asesor, donde estaban sus más importantes colaboradores a los que había encargado las diferentes funciones prácticas de la Colonia Hidalguía. Después de lo acaecido con la peste, era imperioso reorganizarse y pasar a otra etapa, lo que solamente podía lograr si su grupo de apoyo más cercano entendiera el proyecto y asumiera con energía y eficiencia las tareas indispensables.

Gajardo cerró su IAI, se puso de pie y se encaminó lentamente hacia la Sala del Consejo. Al entrar, los cinco hombres y la mujer que lo esperaban se pusieron de pie, manifestando de ese modo el respeto, la adhesión y el temor que les producía. Gajardo los saludó uno a uno y se sentó a la cabecera de la mesa, invitándolos a tomar asiento. Sin más preámbulos comenzó la reunión dirigiéndose a Juan Carlos Osorio, el Jefe de Personal.

Señor Osorio, sea usted el primero. Informe sobre los efectos de la peste en el recurso humano de la Colonia.

Buenos días. La situación es extraordinariamente grave en mi área. Según la información que hemos podido recabar, el 28 % del personal fue afectado por la enfermedad. De ellos, un total de 214 personas, esto es, el nueve coma ochenta por ciento del total de los que viven y trabajan en la Colonia fallecieron. La distribución de los fallecidos es similar en todos los sectores de la Colonia, independientemente del área de trabajo, del sexo, del nivel jerárquico o de la profesión. La única excepción, que como se dice confirma la regla, es lo que pasó con el personal femenino del burdel, que fue afectado en un cuarenta por ciento, falleciendo el veinticinco por ciento de las trabajadoras sexuales. Por otro lado, contamos la ausencia de 329 trabajadores que se fueron a la ciudad y que no han regresado. No sabemos cuántos de ellos pueden haber fallecido. Toda la información detallada, con los nombres de las personas afectadas, sus cargos y los sectores de trabajo correspondientes, la pueden ver en los cuadros y gráficos que ven la pantalla.

Gajardo, después de una rápida ojeada a la pantalla comentó:

Bien, señor Osorio. La situación parece grave pero en realidad no lo es. La única pérdida verdaderamente importante para el desarrollo de Hidalguía es la del general Conrado Kessler. Todos los demás son fácilmente reemplazables. Proceda a despedir a todos los que se fueron y que no han regresado. Y active de inmediato el reclutamiento del personal de reemplazo.

Así lo haré, señor. Tiene usted razón, en pocas semanas tendremos completa la nómina, aunque es probable que nos demoremos un poco en ciertas áreas de especialización en que no hay profesionales adecuados en El Romero y podemos suponer que habrá resistencia a venir a esta zona, debido a que la noticia de la peste y la cuarentena tuvieron gran difusión en el país.

Si lo estima necesario, señor Osorio, puede usted incrementar los beneficios que se otorguen a los nuevos profesionales que vengan de fuera de la región. Ya veremos en qué porcentaje, en base a la información que nos entregue a continuación la Directora de Finanzas. Tiene la palabra señora Susana Rosende. No es necesario que entre en ningún detalle numérico. Envíeme de inmediato el informe completo y limítese ahora a una visión de conjunto sobre lo sucedido durante estos meses con las finanzas de la Colonia.

Muchas gracias señor Gajardo. Buenos días a todos, señores. Les puedo informar que la situación financiera de la Colonia Hidalguía es sólida y que no hay motivos para preocuparse.

Se sintieron unos suspiros de alivio. La directora de finanzas continuó:

Los flujos operacionales experimentaron una disminución del dieciocho por ciento, con cierto incremento marginal de los gastos y una reducción significativa de los ingresos. Esto significa que a nivel interno, durante estos meses la Colonia no obtuvo excedentes sino un cierto nivel de déficit. Sin embargo, éste fue resuelto y ampliamente compensado por los ingresos provenientes del exterior, generados por las actividades que se desarrollan en el Recinto-9, que como ustedes deben saber constituyen …

A este punto fue interrumpida por Gajardo, a quien no le pasó desapercibido el interés que las últimas palabras de la directora de finanzas estaban despertando en quienes la escuchaban.

Es suficiente, señora Rosende. Espero el informe detallado. Tiene ahora la palabra el ingeniero Sandoval.

Es poco lo que puedo informar, señor Gajardo. Las obras de infraestructura no sufrieron daños más allá de los normales en esta época del año debidos a los efectos del clima. Los trabajos de desarrollo de nuevas obras estuvieron paralizados. No obstante hemos continuado trabajando en el diseño de obras. En síntesis, solamente debemos asumir ciertos retrasos en la ejecución de los proyectos en curso.

Muy bien, ingeniero. Gracias. Es su turno Benito Rosasco. Sea breve por favor abogado.

En realidad no es mucho lo que puedo informar sobre lo acaecido estos meses. Los juzgados de la ciudad estuvieron casi todo el tiempo cerrados, y los servicios públicos se abocaron a los asuntos más urgentes, especialmente relativos a los problemas de mayor connotación política. Sin embargo puedo asegurar que se avecina un tiempo de mucha actividad jurídica para nosotros, que nos obligará a un trabajo intenso. Ello por dos razones. La primera razón es que probablemente enfrentaremos demandas y querellas de personas y familias que fueron afectadas por la peste, y que buscarán aprovecharse de las circunstancias para obtener ganancias acusándonos de responsabilidades que no hemos tenido. Pero la política acecha y como bien sabemos, la administración de justicia es bastante más impredecible de lo que la gente cree. La segunda razón que podrá exigirnos intensificar el trabajo del equipo jurídico que dirijo, se debe a la oportunidad que seguramente se presentará, de adquirir nuevos predios en el sector de las parcelas. La muerte de propietarios y de miembros de sus familias, así como el deseo de emigrar hacia otras zonas, probablemente impliquen la puesta en venta de un buen número de propiedades, haciendo además que los precios se reduzcan al mínimo, por las mismas razones. Al respecto espero las instrucciones que me dé usted, señor Presidente.

Esa es una muy buena noticia, abogado. Mi instrucción es simple. Proceda a comprar todo lo que pueda, todo lo que se venda; por supuesto que en los menores precios posibles. Ahora sigamos con el informe del Administrador de Campo don Onorio Bustamante.

Bustamente carraspeó, se puso de pie y comenzó a informar:

Señores, a diferencia de las áreas de trabajo de ustedes, que experimentaron una reducción de las actividades, en mi área las cosas fueron más intensas que nunca. Atender a los enfermos, enterrar a los muertos, mantener los suministros, asegurar la producción agrícola y el cuidado de los animales, mantener el orden interno, resolver conflictos, controlar la seguridad en los ingresos y en todos los recintos, fueron tareas gigantescas. Por suerte las pudimos ejecutar con elevada eficiencia, y al salir del encierro en el búnker pude comprobar que los daños fueron mucho menores que los que esperaba encontrar.

Cuando el Administrador de Campo concluyó su explicación Gajardo le preguntó:

¿Quién estuvo a cargo de administrar el campo durante este tiempo en que usted estuvo en el búnker?

Mi segundo hombre, el ex-teniente de marina Gustavo Cano, señor.

Gajardo lo miró de arriba abajo. Luego dijo, dirigiéndose al Director de Personal:

Señor Osorio. Proceda a contratar a Gustavo Cano en el puesto que hasta ahora ha ocupado el señor Bustamante. Entiendo que el Teniente de Marina ha demostrado que tiene las capacidades para asumir la Administración del Campo, puesto que todo se mantuvo en orden no obstante el incremento de los trabajos y la ausencia del señor Bustamante.

Enseguida, dirigiéndose a éste:

Usted no se preocupe. Ya le encontraremos un nuevo trabajo en la Colonia. Gracias por su informe. Puede tomar asiento.

Bustamante se sentó visiblemente afectado por la decisión del jefe, pero no se atrevió a replicar.

Enseguida Gajardo dirigiéndose al joven Rudolf Kurnov:

Tengo para usted solamente dos preguntas. La primera: ¿Está operando el sistema normalmente?

Sí señor, prácticamente sin interrupción, si bien las operaciones del Recinto-9 se vieron disminuidas en alrededor del 30 por ciento.

Segunda pregunta: ¿En qué quedó, y en qué estado se encuentra el trabajo con la modelo venezolana?

Señor, el día antes de que se desatara la peste y que llegaran los médicos estableciendo la cuarentena, habíamos terminado todos los registros visuales y hápticos de la señorita Vanessa. Ella terminó su trabajo, fue pagada conforme al contrato, y entiendo que se fue a la ciudad.

Muy bien. Gracias.

Luego, dirigiéndose a todos, adoptando un tono solemne, Gajardo comenzó a explicar a los miembros del Consejo Asesor lo que había decidido.

La peste, como hemos podido comprobar, no afectó demasiado a nuestro proyecto. Pudiera incluso ser que, con el tiempo, se demuestre que nos ha sido favorable. Pero ya no hay mucho tiempo y lo que sucedió es una señal de la naturaleza que debemos saber interpretar. Tengo noticias de que situaciones parecidas, pestes y epidemias, han ocurrido recientemente en varios lugares, en África, en Asia, en Centroamérica. Recordemos cómo ocurrió el cambio climático y la Gran Devastación Ambiental. Comenzó con eventos desastrosos, uno por aquí, otro por allá, otro más allá. No eran fenómenos globales; pero eran señales evidentes de que algo muy grave sucedería en todo el mundo. La gente y los gobiernos no reaccionaron o lo hicieron muy débilmente. Cada uno esperaba que el desastre no llegara a su lugar, o que no se repetiría donde mismo demasiado pronto. Pero poco a poco los desastres se fueron extendiendo. Hasta que afectó al planeta entero, como sabemos ahora todos. Creo que lo mismo podría estar sucediendo con la peste. Una peste aquí, otra allá, otra más allá.

Gajardo observó a los que lo escuchaban, atentos a cada una de sus palabras. Se sirvió un vaso de agua y continuó:

La gente se mueve de un lugar a otro. Las migraciones no cesan, y la población se sigue concentrando en las grandes ciudades. Se juntan multitudes en recintos cerrados. ¿Qué pasará cuando venga una pandemia? Serán millones los que morirán. Si el cambio climático redujo la población mundial en casi un quince por ciento, una pandemia, si fuera una peste mortífera como ésta, podría matar más de mil millones de humanos.

Se produjo un silencio, perfectamente calculado por el orador, que después de unos segundos continuó:

Hemos agredido a la naturaleza, y lo seguimos haciendo. Y ella se defiende de nosotros, nos ataca. La biósfera terrestre es como un gran animal herido, que se agita y reacciona ante los que siguen golpeándolo sin conciencia del daño que hacen. Por eso, yo no amo a estos seres humanos; pero sí creo que hay que salvar a la especie humana, que vale tanto o más que cualquier otra de las especies que estamos extinguiendo.

Gajardo tomó aliento. Enseguida continuó:

Poco antes de resultar también ella herida de muerte por la peste, pobrecita, mi asistente personal la señorita Nubia me preguntó si lo que estamos haciendo aquí en la Colonia Hidalguía, construyendo viviendas, levantando una represa, generando energía eléctrica, canalizando las aguas, no sería también una agresión a la naturaleza. Quizás también alguno de ustedes se lo haya preguntado alguna vez. Yo le dije, y es la respuesta que puedo darles a ustedes, que no hay comparación entre la pequeña modificación de la naturaleza que realizamos aquí, en una territorio pequeño y acotado, y los grandes beneficios que generará el Proyecto Hidalguía una vez que se encuentre plenamente funcionando, para la protección del medio ambiente en todo el mundo.

Carraspeó, tomó otro sorbo de agua y continuó:

Los humanos no amamos la naturaleza. O mejor dicho, somos una especie desadaptada, tal vez un error de la naturaleza. En cualquier lugar en que nos instalamos, destruimos el entorno y generamos desequilibrios ecológicos. Para proteger la naturaleza tendríamos que luchar contra nosotros mismos, y considerar nuestra propia especie como el enemigo. Un gran científico noruego, biólogo y ecólogo, enseña que la especie humana podrá sobrevivir, como especie, cuando la naturaleza nos haya reducido a un tercio de los que somos. Por eso a mí no me importan los muertos. Los desastres naturales, las pestes, no son más que los esfuerzos que hace la naturaleza por restablecer los equilibrios ecológicos. Ahora bien. Siguiendo a otros importantes científicos, pienso que la eliminación de dos terceras partes de nuestra especie es demasiado, y que mucho podríamos hacer si logramos detener la actividad humana. Cuanto más logremos detener la acción de los hombres en la tierra, tanto menor tendrá que ser el holocausto. Menos actividad humana en la naturaleza, más cantidad de humanos podremos sobrevivir sin destruir aún más los equilibrios ecológicos. ¡Ése es el sentido de nuestro proyecto en Colonia Hidalguía!

Otro sorbo de agua, otra mirada extendida sobre cada uno de los que lo escuchaban ya con la boca abierta.

Sí, señores. Cuando yo era Ministro durante la Dictadura Constitucional Ecologista, intenté convencer muchas veces, sin resultado, a los colegas del gobierno, de que no sacábamos nada con los intentos de plantar árboles, limpiar aguas, controlar los emprendimientos económicos, si no íbamos más a fondo en la detención de la actividad humana. Creían que protegíamos la naturaleza actuando sobre ella para restaurarla, pero en los hechos continuábamos agrediéndola. Nunca quisieron comprender que la biósfera es un gran ser vivo, que se cuida a sí mismo, que por sí mismo busca sus equilibrios. Siempre dije que en vez de acción ecologista sobre la naturaleza, debíamos actuar sobre el ser humano, para que abandone la soberbia y, humillado, actúe menos. A los humanos hay que encerrarlos en sus casas, en los edificios de las ciudades, y alejarlos lo más posible de la naturaleza. Y para lograrlo, el modo más eficaz que se conoce, y que casi se logró hace unas décadas, es la tecnología informática, con la que se podría encerrar voluntariamente a la gente en sus casas y pequeños departamentos, dejándolos frente a una pantalla por tiempos interminables, de modo que se limiten a accionar los dedos sobre un teclado y a mirar lo que ocurre en la pantalla. Casi se logró. Pero el Levantamiento de los Bárbaros, la Gran Devastación Ambiental, el Derrumbe del Poder y el Colapso Tecnológico, que ocurrieron entre los años 2030 y 2060, lo impidieron. Los grandes avances de las tecnologías de la información y las comunicaciones se vieron interrumpidos. La mayoría de los aparatos y dispositivos de comunicación fueron discontinuados y terminaron apagándose. No hubo más avances, e incluso se retrocedió enormemente por los costos de la energía y por la destrucción de las grandes empresas y universidades. La Dictadura Constitucional Ecologista nunca entendió el problema, y no dispuso recursos para recuperar las tecnologías y avanzar en ellas. Pues bien – y con esto termino – ése es el sentido profundo de la Colonia Hidalguía. Por eso, lo más importante es lo que estamos desarrollando en el Recinto-9. Todo lo demás que hacemos, es para sostener, resguardar, financiar y apoyar el avance tecnológico que, con los mejores cerebros informáticos del mundo, estamos desarrollando aquí, a pocas cuadras de donde nos encontramos. Si para ello es necesario desviar algunos cauces de agua, hacer algunas construcciones, contratar empleados y obreros pagándoles lo menos posible, comprar propiedades a precio vil, todo eso es para sostener nuestro proyecto, el cual requiere, para mantenerse en el tiempo, que lleguemos a ser independientes del Gobierno, conquistando el nivel de Colonia Comunal Autónoma, cosa que aún no hemos logrado.

Se produjo un silencio que acalló no sólo las palabras sino hasta la respiración de los presentes. Ramiro Gajardo se puso de pie y terminó la reunión con estas palabras:

Eso es todo lo que puedo decirles. Ahora vayamos a trabajar, en bien del planeta, de la biósfera y de la sobrevivencia de nuestra especie.


 

* * *


 

El personal de guardia en la entrada de la Colonia conocía y cumplía protocolos claros y rigurosos cuando se acercaban diferentes tipos de personas solicitando que se les permitiera entrar a Hidalguía. Sabían perfectamente cómo proceder cuando se trataba de autoridades políticas, de burócratas municipales, de policías, de investigadores científicos, de estudiantes, de cesantes buscando empleo, de parientes de trabajadores, de invitados oficiales o de simples curiosos. Pero la persona que al medio día se presentó solicitando ser recibido por alguna autoridad del lugar no correspondía a ninguna de las categorías incluidas en el manual.

Era un hombre muy delgado, con el cabello rapado pero que lucía una larga barba de color castaño claro, ligeramente canosa. Estaba envuelto en una amplia capa amarilla que le cubría desde los hombros hasta los tobillos, ceñida por una especie de cuerda retorcida de color gris. Su edad era difícil de determinar visualmente, aunque en ningún caso pudiera ser menor de cincuenta años. Se presentó como un monje budista, y solicitó ser recibido por alguna autoridad o responsable del lugar. El guardia que salió a recibirlo nunca había visto una persona de tan curiosa y extraña apariencia.

– Pero ¿qué es exactamente lo que busca, señor? – le preguntó el guardia.

El hombre respondió con una venia y con una cortesía a la que no estaban acostumbrados los guardias.

– Señor, lo que busco en la vida no es otra cosa que el equilibrio, el desapego y la iluminación. Soy un seguidor del noble camino y del sendero óctuple. No sé si eso le dice algo ...

– Perdón, señor. Me parece que anda usted perdido. Por donde usted ha venido se llama Camino de los Altos de El Romero. Es el único camino que hay por aquí. Es un antiguo camino campesino, y no sé que haya sido nunca de algún noble. Además, no conozco en los alrededores ningún sendero que se llame óctuplo. Este es el ingreso a la Colonia Hidalguía. Pero es una propiedad privada y no está permitido el ingreso de personas extrañas.

El hombre se inclinó en una venia y juntando las manos explicó:

– Me disculpo ante usted, señor. Lo que busco es solamente encontrar un lugar en la montaña, una fuente de energía donde pueda encontrar la iluminación. Entiendo que usted me vea como una persona extraña; pero en la India, en China, en Japón, muchas personas se visten como yo. Me disculpo con usted. En verdad quisiera solamente poder hablar con el dueño o con alguna autoridad de este lugar.

– Entiendo. Espéreme un momento, que debo consultar si alguien de arriba lo puede atender.

El guardia entró a la caseta de recepción y accionó el Intercomunicador Audiovisual Integrado (IAI). Tocó dos teclas y esperó la respuesta, que tardó sólo unos segundos:

– Aquí Rosendo, el guardia del ingreso principal. Señor don Gustavo, hay aquí una persona, un viejo, que parece que viene, no sé bien si de Japón o de China. Es un tipo distinguido, cordial, pero que habla cosas que no entiendo, por lo que no sé si está loco o cuerdo. A mí me parece que está chiflado; pero pudiera ser una persona importante, distinguida. Por eso lo llamo, señor Cano, porque no se qué hacer, si dejarlo entrar o echarlo a patadas.

– A ver, tranquilo Rosendo. ¿Dijo algo más el hombre?

– Sí. Algo de la fuente de la energía y de la iluminación, donde se llega por un sendero de un nombre raro.

– Hmm. Eso es sospechoso. ¿Están los otros guardias ahí en la caseta?

– Sí, señor. Aquí estamos los tres.

– Bien. Entonces, hágalo pasar, acompáñelo hasta mi oficina. Vigílalo bien, ya sabes, nada de fotos, que están prohibidas.

El guardia llamó al hombre que permanecía inmóvil en el ingreso:

– Venga. Lo llevaré donde una persona a la que puede explicar lo que busca.

El recién nombrado Administrador de Campo escuchó al hombre y entendió lo que quería. Lo encontró inofensivo, simpático, y hubiera querido ayudarlo; pero no podía dejar que el viejo se instalara en la Colonia sin que el jefe lo supiera y lo aprobara. Sabía lo estricto y duro que era, y no quería arriesgar su nuevo cargo en la Colonia por una decisión equivocada. ¿Qué hubiera hecho Bustamante en este caso? Seguro que lo hubiera despedido a patadas. Él no era igual. En la Marina había tenido experiencias y aprendido cosas que habían hecho de él no sólo un organizador eficiente sino también un mejor hombre. Lo único que podía hacer por el viejo budista era presentarlo a don Ramiro Gajardo y que él decidiera. Lo llamó y le explicó brevemente de qué se trataba.

Gajardo se encontraba distendido, en traje de baño, tomando whisky frente a la piscina, mirando a varias prostitutas que se bañaban desnudas. Las invitaba a hacerlo a menudo en horas de trabajo en la Colonia, que eran para las mujeres del burdel las de su descanso. Será divertido ver a ese monje aquí. Me entretendré un rato con él.

Mándalo para acá, Gustavo. Estoy en la piscina.

Gajardo se sonrió al ver acercarse al hombre, que avanzaba lentamente mirando de un lado a otro, y que abrió grandes los ojos al ver lo que sucedía en la piscina. La figura del monje superaba todas sus expectativas de diversión.

El viejo se detuvo frente a él a tres metros de distancia. Juntó las manos y se inclinó tres veces. Gajardo se sintió halagado. Pensó que todos los hombres y mujeres que trabajaban en la Colonia podrían hacer lo mismo al presentarse ante su persona.

Acércate, buen hombre. Siéntate aquí a mi lado.

El hombre obedeció. Tomó asiento en una silla al otro lado de la mesa donde estaba la botella, el vaso y una bandeja con varios platillos.

Sírvete un vaso, es whisky del mejor. Y toma lo que quieras de los platillos.

El monje abrió lo ojos, y sin dejar de mantener la cabeza al frente respondió:

Mi señor. El Buda prohíbe a los monjes ingerir sustancias estimulantes. Sólo a los monjes, señor, como yo. Usted sírvase lo que quiera sin problemas.

Gajardo levantó las cejas y arqueó la cara. ¡Me da permiso! Esto sí que es divertido.

Me haces un desaire, monje. Te estoy invitando a servirte.

El viejo, sin inmutarse: – Y yo le estoy muy agradecido, señor. Si le parece bien me serviré algo de la bandeja.

¿Es lo que te dije, no? Adelante.

El monje extendió el brazo y cogió una semilla de maní. Cerró nuevamente los ojos, musitó unas palabras inentendibles y se la echó a la boca.

¿Por qué cierras los ojos? ¿No te parecen buenas esas muchachas desnudas en la piscina?

Sí, señor. Son buenas y bellas. Un regalo del cielo, señor.

¿Quieres que llame a una para gozar y hacer con ella lo que quieras? ¿O eso también te lo prohíbe tu Buda?

No, señor. El Buda enseña que el sexo es una manifestación de la energía vital del universo, un instinto natural capaz de unir a dos personas y de crear nueva vida. El sexo es bueno para la salud del cuerpo y de la mente, cuando es fuente de gozo, de comunicación, de éxtasis. Pero puede también generar dolor, pesadumbre, inquietud e infelicidad. El sexo no es bueno ni malo en sí. Todo depende del estado de conciencia interior de las personas, señor.

Entonces, si no es malo, te invito a tener sexo aquí con cualquiera de esas mujeres que prefieras.

El placer sexual es una experiencia frágil y transitoria, señor.

¿Y qué? ¿También lo tienes prohibido?

No, señor, el Buda no prohibe el sexo, aunque aconseja a los monjes que seamos célibes.

Ellas son prostitutas. No te estoy invitando a casarte, sino a tener sexo. ¿O tu Buda prohíbe también la prostitución?

Esas son buenas y bellas mujeres, señor. Venden su cuerpo para salir de la penuria. Eso no las hace malas mujeres ni justifica humillarlas. Prostituirse es malo sólo si se hace por avidez. Incluso así, deben ser tratadas con consideración y respeto al tenerse sexo con ellas, cuando sea una necesidad que el hombre no pueda controlar o no tenga una forma de canalizar su energía con una mujer estable o de otro modo.

Después de un momento de silencio el monje se levantó:

Lo que es muy malo es tratarlas sin consideración y respeto.

Diciendo esto el monje hizo una venia respetuosa a Gajardo y comenzó a alejarse.

¡Detente! – le dijo éste.

El viejo se giró inclinándose levemente. Respondió:

– Yo estoy detenido, señor. No me muevo. Me mantengo en mi centro. Es usted el que no para y se agita, señor.

Gajardo, sorprendido y descolocado por esta respuesta le dijo:

– Está bien, vuelve acá. Siéntate. Si no quieres lo que yo te ofrezco, dime qué es lo que quieres, y por qué viniste hasta aquí.

El viejo se sentó y comenzó a hablar:

– Lo que busco, señor, es un lugar tranquilo y solitario donde continuar mi búsqueda de la luz, siguiendo el Camino Noble y el Óctuple Sendero que enseña el Buda.

– ¿Por qué crees que éste es un lugar apropiado para hacerlo?

– Estaba yo meditando, mi señor, cuando algo interior me indicó el camino que me trajo hasta este lugar.

– Mmm. ¿Y qué es lo que harías, si te dejo quedar y buscar ese lugar?

– Señor, caminaré en dirección a la montaña. Creo que en algún lugar allá arriba debe haber un campo de energía, un lugar donde la energía universal se concentra. Lugares así existen pocos en la tierra, pero es en ellos donde se facilita la iluminación, que no es otra cosa que el encuentro y la unión de un hombre con la energía universal.

A Ramiro Gajardo, aunque no creía en nada que no fuera material y biológico, le gustó la idea de que en sus campos pudiera haber tal concentración de energía universal. Si ese hombre descubriera algo así, sería pura ganancia para la Colonia. Ya decidido a aceptar al monje tenía sin embargo dudas que resolver:

– Dime qué harías en esa lugar.

– Muy poco, señor. Construiría un pequeño domo para vivir allí en soledad y meditar.

– ¿Qué es un domo?

– Un domo como el que necesito, señor, es una casa, una pequeña estructura de unos cuatro metros de diámetro, en forma de media esfera, como una cúpula. Yo lo construiría con piedras, barro, maderas y pajas secas, cosas que se encuentran fácilmente en el campo. Por su forma semi-esférica, los domos son estructuras que se auto-soportan, por lo que no necesitan cimientos ni columnas, y son lo más resistente que puede construirse frente a las inclemencias atmosféricas. Tienen, además, la ventaja de que son fáciles de construir. Idealmente entre dos personas; pero yo puedo construirme el domo sin ayuda, en cuatro o cinco semanas. Por su forma esférica, la circulación del aire es perfecta en su interior, la calefacción se reparte de modo homogéneo, y hay poca transferencia de temperatura, sea frío o calor, entre el interior y el exterior.

– Mmm, entiendo. Te dejaré hacer lo que quieres. Puedes ir a buscar ese lugar de energía y construir allá tu domo; pero debe ser lejos de aquí, allá arriba, en el área de bosques o en los faldeos de la montaña. Y ¡mucho cuidado al hacer fuego!

El hombre, juntando las manos e inclinándose nuevamente.

– Muchas gracias, señor. No se preocupe usted, que si yo pudiera, ni siquiera pisaba el pasto.

– ¿Necesitas algo?

– No, señor. Solamente mis bártulos y unos sacos vacíos y unas cuerdas que dejé en la portería. Los necesito para construir el domo, señor. Tal vez tenga que bajar después al pueblo a buscar otros más, señor.

– ¿De qué vas a vivir allá arriba?

– Eso es fácil, señor. No necesito gran cosa. En mis bártulos tengo semillas, para comer y para sembrar. Además, sé recoger muchas hierbas, hongos, frutos, semillas y otros comestibles que se encuentran en todas partes y que la gente cree que son malezas.

Gajardo llamó a Gustavo Cano, que no tardó en presentarse.

– Dejemos entrar a este hombre. Solamente quiere construirse una casucha redonda en la montaña y vivir como un monje solitario. Pero no sería bueno que se muera en nuestro campo si llegara una tormenta, por lo que ponga a dos obreros fornidos para que le ayuden a construir la casa de piedra y de barro que quiere. Pásele unos cuantos sacos y más cuerdas como las que tiene, y mándelo con provisiones para él y los dos obreros, para que sobrevivan durante quince días.

El viejo se levantó, se acercó a Gajardo, se inclinó y tomó su mano izquierda entre las suyas:

– Muchas gracias, señor. No se arrepentirá de haber ayudado a un monje budista.

– Eso espero. Tal vez algún día llegue a visitarlo para conocer su domo. Me interesó lo que me cuenta de las cualidades de su estructura.

Sin decirse nada más, el monje se retiró a paso lento. Gajardo se sirvió otro vaso de whisky y continuó mirando a las prostitutas que estaban ahora tendidas en el césped al lado de la piscina. Se sintió aliviado. Notó que, por primera vez desde que terminó la peste, lo abandonaba la depresión.