XVIII. ​​​​​​​En la montaña los trabajos continuaban sin descanso

XVIII.


En la montaña los trabajos continuaban sin descanso. El tiempo había mejorado y varios logros importantes mantenían entusiasmados a los distintos grupos de trabajadores, conscientes de que estaban haciendo algo grande por sus familias, por sus organizaciones, por los campos y la ciudad, y por todos los que habitaban su territorio.

En las horas de comida y en las noches antes de irse a dormir, los distintos grupos se juntaban a cantar alrededor de fogatas, se contaban anécdotas y fraternizaban. Incluso Bustamante, Osorio y Sandoval permitieron a los trabajadores de la Colonia Hidalguía que se comunicaran y entablaran amistades con los otros grupos, y ellos mismos empezaban a sentirse compañeros de los otros participantes del Equipo de Coordinación Operativa que se reunía todas las noches para evaluar lo realizado y programar las actividades del día siguiente.

La unión de conciencias, de voluntades y de emociones entre todos los que compartían el objetivo de recuperar la cuenca y salvar El Romero del desastre, constituía una fuerza poderosa que fortalecía a cada uno y potenciaba a los grupos empeñados en las distintas obras. Alejandro en cada ocasión que podía hablaba del Factor C, esa energía poderosa de la solidaridad convertida en fuerza productiva; factor identificado por la C de compañerismo, de comunicación, de comunidad, de comunión, de colaboración y otras palabras que iniciaban con la misma letra todo aquello del factor C. “La C que es también de Cristo”, exclamó un día el padre Anselmo, entusiasmado igual que todos los demás que llegaron a comprender el significado de ese factor que antes no conocían y que ahora experimentaban cada día en los trabajos que realizaban.

El domingo el padre Anselmo dijo misa a su grupo parroquial. No asistió la multitud de la última ocasión, pero entre los que escucharon su sermón se encontraban en primera fila Tathagata, Linconao, Rodrigo y Cecilia, y más al fondo Bustamante, Osorio y Saldoval.


 

Queridos amigos y amigas, compañeros y hermanos, mujeres y hombres.

Seguramente ustedes se habrán preguntado más de alguna vez, cuando les ha sucedido algo importante en sus vidas, por qué las cosas ocurren de la forma en que lo hacen. Nos preguntamos si lo que nos pasa es por azar, o sea por casualidad, o por causas precisas que se pueden determinar científicamente, o bien por alguna razón misteriosa, o quizás porque los hechos respondan a un designio de Dios.

Yo volví a hacerme estas preguntas anteayer, cuando el rodado de piedras cayó sobre un grupo de trabajadores dejando malheridos a varios de ellos. En la tarde fui a ver cómo estaban. Uno me dijo que había tenido suerte porque si se hubiera encontrado apenas diez centímetros hacia un lado la piedra le hubiera caído en la cabeza y estaría muerto. El otro me contó que cuando vio venir el rodado rezó a Dios y que se salvó por un milagro, y no dejaba de agradecer a Dios porque la piedra le cayó en el brazo y no en la cabeza. Días atrás murieron dos personas y se salvaron ocho que estaban con ellos. ¿Qué podemos pensar? ¿Que Dios escuchó al hombre que rezó, y que desvió la piedra para que no le cayera a él sino a los otros? O días atrás, cuando murieron dos y otros cuatro se salvaron, ¿fue que Dios decidió que el rodado cayera sobre unos y los otros quedaran ilesos? Probablemente varios rezaron al ver que el rodado les caería encima. ¿Escuchó Dios la oración de unos y no las de otros?

No, queridos hermanos. Las cosas no suceden así. Antiguamente se creía que los eventos se producían en formas caprichosas o por designios misteriosos incontrolables, o que se podían manejar con ritos y ceremonias. Las ciencias hoy nos dicen que todos los hechos tienen una causa que los produce. Una causa, o varias causas, o un conjunto complejo de causas, que podemos identificar, y que explican lo que sucede.

Cuando cae una roca por la pendiente su trayectoria y desplazamientos son causados por la fuerza de gravedad, el peso y la forma de la piedra, el roce con los elementos que encuentra en el trayecto. Que las personas se encuentren en ese momento en uno u otro lugar, depende de sus movimientos anteriores, del trabajo que estaban realizando, de sus destrezas y de su velocidad de reacción ante la amenaza.

Les decía el otro día que en la realidad existen cinco dimensiones o niveles en que ocurren las cosas. La dimensiones física, biológica, emocional o subjetiva, intelectual o racional, y espiritual. En cada uno de esos niveles o dimensiones de la realidad se manifiestan las causas que producen los hechos y procesos que ocurren en ellos. Los hechos físicos tienen causas físicas de su ocurrencia, como es el caso de la caída de las piedras. Los hechos biológicos tienen causas biológicas. Por ejemplo, las enfermedades se producen por la acción de virus y bacterias sobre las células y órganos del cuerpo. Los hechos y fenómenos sentimentales y emocionales se explican a nivel psicológico, por la subjetividad y la conciencia de las personas. Que una persona se enamore de otra depende de causas psicológicas, de experiencias anteriores, de su formación y sus valores, de cosas que pudieron sucederle cuando niños, de cómo eran y cómo los trataban sus padres, o qué se yo. Entonces, ¿tiene sentido que un enamorado rece a Dios para que la persona que ama le corresponda? Los hechos intelectuales y racionales tienen causas intelectuales y racionales. ¿Tiene sentido que un estudiante pida a Dios que lo ayude en un examen para obtener una buena nota? Lo mismo en cuanto a los fenómenos y experiencias espirituales, que son causados por procesos espirituales que las personas realizan meditando, orando, buscando con dedicación intensa.

Ahora bien, como esos niveles o dimensiones de la realidad se encuentran entrelazados, los superiores emergiendo de los inferiores y los superiores absorbiendo e integrando a los inferiores, sucede que las causas físicas, biológicas, psicológicas, racionales y espirituales se entrelazan, produciendo hechos complejos en una causalidad que es también compleja. Esto explica que muchas veces no entendamos qué ha producido un hecho o evento, y entonces muchos lo atribuyen a un milagro. Por ejemplo, una persona enferma se mejora o se recupera más fácilmente de lo que la medicina esperaba, no por causas biológicas sino porque su estado de ánimo subjetivo la hace estar optimista y llena de esperanzas, o porque está motivada por proyectos que quiere realizar. Vemos ahí que en un hecho biológico influye un fenómeno subjetivo y mental. La dimensión espiritual, que algunas personas han desarrollado en niveles muy altos, les permite curar enfermos imponiéndoles las manos.¿Son milagros de Dios? No, son obras del espíritu humano.

Entonces ¿no existen los milagros? Creemos a veces que algo que sucede a nivel físico, biológico o subjetivo es un milagro cuando no lo podemos explicar por las causas que ocurren en ese nivel o dimensión en que ocurre. Hay sucesos que parecen inexplicables porque no tienen todas sus causas en el nivel propio de esos hechos. Muchas cosas que se consideran milagros, son producidos por la acción que ejerce el nivel espiritual sobre elementos materiales, biológicos o psicológicos. Así como la mente puede contribuir a sanar una enfermedad biológica, el espíritu puede producir sanaciones y otros fenómenos singulares en las dimensiones material, biológica, psicológica y mental. El mismo Jesús, que sanaba a los enfermos, le decía a los discípulos que ellos podrían hacer cosas prodigiosas aún mayores que las que él mismo realizaba.

¿Debemos, entonces, concluir que Dios no influye en nada, y que en consecuencia no tiene sentido alguno pedirle por la salud de nuestras personas queridas, o que las proteja de los peligros y males que los amenazan? ¿Estoy yo, sacerdote católico, haciéndoles perder la fe?

No es esa mi intención. Lo que pienso es que debemos pasar de unas creencias religiosas infantiles a una fe adulta, madura, consciente, y capaz de resistir los argumentos que en su contra se esgrimen desde el conocimiento científico.

Lo que yo pienso, y en lo que creo, es que Dios está presente en todas las cosas, en toda la evolución de la materia y de la vida, y en toda la vida humana, y en toda la historia. Pero ¿cómo es esa presencia, y cómo actúa Dios en el mundo y en nosotros?

Las ciencias enseñan que los eventos de la realidad, en sus diferentes dimensiones y niveles, ocurren por causas deterministas, como ya dije, pero también por azar. El azar se hace presente en las dinámicas del universo físico, en la evolución de las especies, en los acontecimientos humanos. En realidad, la causas deterministas y los eventos azarosos se entrelazan permanentemente en la realidad cambiante.

La vida de una persona está llena de hechos casuales, de encuentros fortuitos. Algunos banales, otros muy significativos, que nos cambian la vida. Y no sabemos por qué suceden. El azar articula, conecta y crea simultaneidades entre hechos diversos que no están relacionados por causa y efecto.

Yo tiendo a pensar, por cosas y experiencias que me han sucedido en la vida, pero es solamente una creencia que no puedo demostrar, que el azar es a veces la mano de Dios en el mundo que él ha creado. Que Dios puede a veces intervenir mediante esas imprevisibles coincidencias azarosas que forman parte de la realidad, conectando hechos, situaciones y eventos de formas que no se pueden explicar causalmente, porque no están relacionados entre sí.

Dos personas se suben al vagón de un tren en estaciones sucesivas. No se conocen. Nada las relaciona. Los motivos de que se encuentren allí son enteramente diferentes y no tienen conexión alguna entre sí. Es por puro azar que se encuentran, y en una frenada brusca del tren por alguna causa mecánica que nada tiene que ver con ellos, se golpean uno contra el otro. A partir de esos hechos fortuitos ellos entablan una relación que les cambia la vida. En todo eso han operado causas y efectos, pero también aquello que llamamos casualidad o azar. Un gran psicólogo del siglo pasado, Carl Gustav Jung, estudiando estos hechos formuló el concepto de “coincidencias significativas”. Así llamaba a dos o más hechos que ocurren simultáneamente, que no guardan ninguna relación causal entre ellos, pero que tienen un significado singular, que cambian el curso de los acontecimientos y desencadenan procesos imprevisibles. ¿Por qué no podemos creer que en esos hechos fortuitos pueda estar presente la mano de Dios?

¿Solamente de ese modo podría Dios actuar en el mundo y en nuestras vidas? Demás está decir que Dios, puesto que es omnipotente, si quisiera podría intervenir sobre cualquier situación o suceso. Pero no es lo que hace, porque en cada nivel de su creación, él mismo estableció una racionalidad, unas causas y efectos, y unas conexiones fortuitas y azarosas

Lo que yo pienso y creo, es que Dios está presente de otro modo, y que actúa a través de lo que los antiguos filósofos llamaban la “causa final”. Causa final significa que en la realidad todo lo que sucede se orienta hacia un fin, por lo que podemos suponer que hay algo que atrae, que mueve. Esa finalidad opera como algo hacia donde se orientan las cosas, los hechos, lo procesos. Pienso que es así que Dios actúa: atrayendo, invitando, llamando, uniendo. Es la manifestación del amor de Dios que todo lo atrae para unirlo a él. La única acción de Dios en el mundo y en nuestras vidas es su amor, porque Dios es amor. El amor une lo amado al amante. El amante hace que lo amado se le asemeje, y llegue a ser como él. Es así que aquellas personas que se dejan penetrar por el amor de Dios y en cierto modo se hacen como él, actúan en el mundo y son la presencia de Dios entre nosotros. Dios actúa a través de ellos.

La causa final no la podemos descubrir investigando las causas eficientes de los hechos y de los fenómenos, porque no es una causa de ese tipo. Por eso la ciencia no cree que exista una causa final; pero es porque se basa en una concepción lineal del tiempo, en una concepción del tiempo que es constante y sin retroceso. Así es el tiempo lineal que se manifiesta en el mundo físico, y lo prueba esa tendencia de toda realidad y energía física hacia la permanente dispersión, lo que los físicos llaman “entropía”. Allí no parece haber finalismo. Pero que hay finalidad se aprecia en que el mundo físico generó el mundo biológico, y el mundo biológico es claramente finalista, por ejemplo, el apareamiento genera la reproducción de las especies. Más claro aún es la finalidad en la conciencia humana, donde nos ponemos fines y metas que después realizamos.

Queridos amigos y amigas, ya me extendí demasiado. Termino invitándoles a orar; pero no para que pidan a Dios que les haga milagros o que venga a realizar lo que nos corresponde a nosotros, sino para que nos llame y nos atraiga con su amor.

Ahora, con todos los que quieran seguir, continuemos la misa.


 

* * *


 

Helena Videla se presentó en el ingreso de la Colonia Hidalguía acompañada por tres policías fuertes y jóvenes. Les había advertido que podrían encontrar resistencias para cumplir la orden emanada por la Fiscalía. La instrucción era acceder libremente a los recintos de la Colonia y requisar los equipos que pudieran contener información sobre el secuestro del menor Antonio Donoso. El principal sospechoso era el Administrador de Campo, Gustavo Cano, sobre el cual requerirían la mayor información posible, interrogando a todas las personas que pudieran saber de él.

Los detuvo la guardia en el ingreso. Helena observó la cantidad de elementos de seguridad que habían instalado. Gruesos portones de fierro, una caseta de cemento armado con almenas desde donde asomaban armas militares de alto calibre, una segunda barrera metálica, y una serie de alarmas y aparatos de vigilancia electrónica. No era habitual que estuviera todo activado; pero esta vez Gajardo, que a través de las cámaras de vigilancia que había instalado Kessler en el Camino de los Campos de el Romero Alto había visto acercarse el vehículo policial, dió la orden de dificultar el acceso de la policía. Cuando llegaran, los instruyó para que exigieran que les mostraran las credenciales y una orden judicial de allanamiento. Si las tenían se la harían ver a él a través de una de las cámaras de comunicación interna, de modo que él comprobaría su veracidad y les daría las instrucciones pertinentes. En el caso de que la policía no tuviera la orden judicial de allanamiento, los guardias debían impedirles el acceso y él acudiría personalmente a hablar con la policía en el ingreso.

Videla prefirió no hacer valer de partida sus prerrogativas. Le sonrió al guardia que se acercó a ella, demostrándole confianza. Los tres policías permanecían dentro del automóvil. Preguntó, como si se tratara simplemente de informarse sobre un amigo.

Buenas tardes, señor. ¿Estará Gustavo Cano? Es el administrador de campo de la Colonia. Quisiera conversar con él.

El guardia no tenía instrucciones al respecto, y optó por responder con la verdad.

Don Gustavo salió ayer en la tarde y no ha regresado.

Helena decidió tutearlo para darle confianza, pero hablando en un tono que demostraba autoridad.

¿Sabe adónde fue?

No, señora. Él no dice aquí en la guardia adonde va ni cuándo regresa. – Y explicó: – Es nuestro jefe, señora.

Por supuesto, te entiendo. Es que necesito conversar con él. Pero seguro sabes a qué hora llegó ayer y a qué hora salió ¿verdad?

¡Eso sí! Espere un momento, que voy a ver los registros.

El guardia entró y salió enseguida.

Entró ayer a las 18.25 y salió a las 18. 48.

En su camioneta roja ¿verdad? – probó Videla adivinar.

Sí, él siempre va y viene en esa camioneta.

Y no ha regresado ¿estás seguro?

Al menos yo no le he visto, y no aparece registro de que haya entrado.

¿Se registran todas las entradas y salidas?

Todas.

Entonces, ¿puede decirme cuando fue la última vez que estuvo aquí Vanessa Arboleda.

Hace tiempo que no viene. Más de un mes, porque no aparece en este registro que se lleva mes a mes.

Entiendo. Muy bien. Ahora te pido que nos dejes pasar porque tenemos que hablar con el jefe, don Ramiro Gajardo. ¿Puedes decirme si él se encuentra?

Sí, señora. Pero no puedo dejarles pasar. Son las órdenes. A menos que me muestre una …

¿Una orden judicial?

Sí, señora.

El guardia miró hacia dentro, inquieto, preguntándose si no habría hablado demás. Vio que a lo lejos se acercaba Gajardo.

Miré, señora, allá viene el señor Gajardo. Será mejor que hable con él.

Helena Videla, por precaución, indicó a los policías que bajaran del auto y se acercaran.

Cuando el jefe llegó al ingreso saludó cordialmente.

Buenas tardes señora y señores. ¿Qué los trae por aquí? ¿Acaso alguien se escapó en el Romero y creen que puede haber llegado hasta acá? Ya ve que aquí todo es muy seguro y nadie entra sin su credencial.

Entiendo – respondió la detective, y agregó: – Aquí puede ver mis credenciales, y ésta es la orden de allanamiento.

Gajardo tomó el papel que le mostró Helena y después de revisarlo exclamó sorprendido.

¿Allanamiento? ¿Y cuál es el motivo? – inquirió poniendo cara de asombro.

Gajardo estaba de verdad sorprendido. No se esperaba que la fiscalía actuara tan rápidamente.

Recién en ese momento Helena Videla cayó en la cuenta de que el Ramiro Gajardo que tenía al frente era el mismo que en los tiempos de la Dictadura Constitucional Ecologista fue Ministro del Interior y Seguridad del Estado, y que estuvo involucrado en complicados hechos subversivos que lo llevaron a cumplir condena en la cárcel. El recuerdo de esos hechos la predispuso contra el hombre al que iba a interrogar; pero comprendió que debía contenerse y no prejuzgar. Aquellos hechos eran del pasado, Gajardo había pagado su culpa manteniendo en la cárcel una conducta intachable, y sostuvo siempre que fue condenado por motivos políticos y no por haber cometido un delito.

Helena Vidal cambió el todo de la voz y replicó enérgicamente:

Háganos pasar y le explico. Si no lo hace de inmediato tendré que denunciarlo por obstaculizar la labor de la policía en un caso extremadamente grave.

Gajardo obedeció, dando la orden al guardia. Helena Videla instruyó al policía más joven:

Requise el registro de las entradas y salidas, y toda la documentación que encuentre en la caseta.

Sí, señora.

No tiene derecho a requisar nada. – protestó Gajardo. – La orden de allanamiento no le da derecho a requisar. Llamaré a mi abogado.

Está en su derecho, señor. Pero lea la orden que le mostré. Dice claramente “allanamiento con incautación de elementos probatorios”.

Al menos dígame ¿cuál es el delito que andan persiguiendo? Porque aquí ha estado todo en calma y que yo sepa no ha ocurrido nada que se parezca ni de lejos a algo que pueda interesar a la policía.

Secuestro. Delito de secuestro de un menor. Y usted es sospechoso de complicidad.

A Gajardo le cambió la cara. Por primera vez tuvo miedo. Como la detective habló de secuestro pensó que quizás el niño no había sido encontrado, como había supuesto cuando Cano le mandó el mensaje de que el niño se había escapado; pero nunca supo si lo habrían encontrado. Imaginó que incluso pudiera estar muerto, y en tal caso el asunto se complicaba enteramente. ¿Por qué no se me ocurrió preguntarle a Cano si lo había encontrado y qué fue de él? ¿Será que el estúpido lo encontró y temiendo que lo delatara se deshizo de él?

Si el niño no aparecía la policía lo buscaría por cielo y tierra y recorrerían cada metro de la Colonia. Y si se descubriera que está muerto, la pena por complicidad y como autor intelectual del secuestro y asesinato de un menor era cárcel de por vida. Pensó que era el momento de llamar a Rosasco; pero tuvo un momento de lucidez. Llamar a un abogado lo haría aparecer culpable, y era mejor continuar mostrando que no tenía idea del asunto que investigaba la policía. No hay prueba alguna que me pueda incriminar, y por más que busquen nada encontrarán. Entonces entró un momento a la caseta y pidió a un guardia que llamara a Rosasco y le dijera que lo requería en su despacho en cinco minutos.

Helena se dejó guiar por Gajardo, acompañada por uno de los policías. A los otros dos les encomendó que tomaran declaración a todas las personas que encontraran, indagando especialmente sobre los movimientos, los hábitos y todo lo que pudieran saber sobre Gustavo Cano y Vanessa Alvarado. En el despacho los esperaba Benito Rosasco. Gajardo lo presentó a la detective como el abogado de la Colonia con el que estaba tratando asuntos jurídicos relacionados con los negocios. Y a Rosasco les explicó que la detective estaba investigando un delito de secuestro sobre el que él nada sabía.

Helena comprendió que debía ser cuidadosa porque su experiencia era que los abogados ponían siempre dificultades en las investigaciones de los crímenes. Eso no le impidió ordenar al policía que requisara el IAI y el computador personal de Gajardo que estaba sobre el escritorio.

Ahí fue que Rosasco tuvo su primera intervención en favor del jefe. Protestó enfáticamente argumentando que era un abuso policial porque nada relacionaba a don Ramiro Gajardo con algún secuestro y que el daño económico y moral para él y para toda la Colonia podría ser inmenso.

Helena Videla lo pensó y, encontrándole razón, extrajo de su maletín una memoria y se limitó a hacer una copia de todos los archivos contenidos en el IAI y en el computador de Gajardo. Se los devolvió y revisó el escritorio, pero no encontró allí nada que pudiera relacionar a Gajardo con el secuestro. Después exigió a Gajardo que abriera la caja de fondos que descubrió, empotrada al muro, detrás de un hermoso cuadro que representaba a unas jovencitas desnudas seduciendo a un hombre maduro. Allí encontró numerosos documentos y un maletín con dinero.

Helena pidió al policía que contara el dinero, mientras ella fotografiaba con su IAI cada hoja de los documentos. Estaba consciente de que se estaba excediendo; pero la instrucción del fiscal Morgado era que se empeñara al máximo, y confiaba en que la defendería en caso de ser necesario. El policía, al terminar de contar los billetes dijo:

Son seis millones de Globaldollards.

¡Séis millones! – exclamó Videla. – Séis millones es justamente el monto que el secuestrador pidió por el rescate. ¿Se da cuenta de que esto lo relaciona directamente con el crimen?

Gajardo entonces tuvo el primer momento de alivio, comprendiendo que el hecho de que ahí estuviera el dinero era una clara demostración de su inocencia. Respondió sonriendo y con un dejo de sarcasmo:

¿Usted cree que es el dinero de un rescate que yo recibí?

Yo no creo nada, señor. Es usted quien debe explicar por qué tiene esa enorme cantidad de dinero en su caja de fondos.

Esos séis millones eran para comprar, a una socia de la Colonia Hidalguía, su participación accionaria. Su nombre es Vanessa Arboleda. Ella quiso venderme sus acciones apresuradamente, pidiendo seis millones por ellas, y exigió que le pagara en billetes puestos en un maletín. Para mí eso era muy extraño, extravagante; pero ella insistió y a mí me daba igual, pues se trataba de un buen negocio y una oportunidad que no podía despreciar. Eso ocurrió el martes pasado. La señorita Vanessa Arboleda quiso hacerlo todo apresuradamente y exigió que le entregara los billetes en un maletín. Puedo demostrar el origen de esos fondos, que no los recibí chantajeando a nadie sino trabajando duro.

Helena Videla se quedó pensando. Lo que decía Gajardo era razonable. ¿Por qué iría a pagar el rescate por el niño si estuviera él mismo involucrado en el secuestro? No tenía sentido.

Eso hizo bajar la tensión entre Helena Videla y Ramiro Gajardo. Ella comentó:

Lo que me dice usted lo encuentro razonable. Creo que lo sacaré de mi lista de sospechosos. Usted sabe, un buen policía debe investigarlo todo y no descartar ninguna pista. En todo caso, puedo informarle que el principal sospechoso del secuestro es un tal Gustavo Cano, que entiendo que es quien lo sigue a usted en la jerarquía de la Colonia Hidalguía. Cuénteme todo lo que sepa sobre él.

Pregunte usted. Todo lo que quiero es ayudar a la policía, y si Cano quiso engañarme y es culpable del secuestro de un niño, merece ser duramente condenado.

¿Notó algo raro o no habitual en el comportamiento de Cano en los últimos días o semanas?

No. Nada de que me haya dado cuenta. Yo no vigilo a mis ejecutivos. Quizás estuvo ausente más de lo acostumbrado, pero no estoy seguro. Pero eso lo puede ver usted en el registro de entradas y salidas que incautó en la caseta de ingreso. Comprenderá que yo no me ocupo de esas nimiedades.

¿Puede contarme cómo llegó Gustavo Cano a ocupar el cargo que tiene en la Colonia?

Cano, en realidad, no era el segundo en la jerarquía de la Colonia como usted afirmó recién. El era solamente el Administrador de Campo, un empleado que no posee participación accionaria. Ahí en mi computador, que usted copió, están los registros de todos los nombramientos, y verá que Cano no tenía la jerarquía que usted dice.

Algo en la respuesta de Gajardo hizo ruido en la mente inquisidora de Videla, pero no se le ocurrió qué podía ser, por lo que continuó preguntando:

Bien, pero es su Administrador de Campo. ¿Desde cuándo lo conoce? ¿Desde cuando trabaja en la Colonia? Supongo que usted lo conoce muy bien, para haberle dado una responsabilidad tal alta.

No en realidad. Es curioso, pero ahora que me lo dice, me doy cuenta de que fui imprudente y que lo nombré Administrador de Campo sin investigar su pasado. Hace tres meses yo ni siquiera sabía que trabajaba aquí. Pasó que, cuando fue la peste, fallecieron aquí muchas personas, entre ellas varios ejecutivos. Muy lamentable fue la muerte de don Conrado Kessler, que me secundaba en todo. Yo viví entonces una aguda depresión psicológica que me tuvo postrado durante varias semanas. Cuando finalmente retomé las actividades, me contaron que Gustavo Cano se había destacado en los trabajos de organización para hacer frente a la emergencia. Supe que había sido teniente de la Marina de Guerra, y eso fue para mí un antecedente decisivo. Necesitaba con urgencia un nuevo Administrador de Campo y lo contraté.

¿Cómo se comunicaba usted con él?

Ramiro Gajardo recordó que había eliminado a Cano de sus contactos en el IAI. Pensó también que fácilmente cualquier empleado que los policías interrogaran les diría que eran muy cercanos y que se juntaban a conversar y beber frente a la piscina e irse juntos con las prostitutas. Decidió corregir la información que había dado.

Tengo que disculparme. Le diré la verdad. Es cierto que a Cano lo conocí solamente hace tres meses y que conozco muy poco sobre su pasado. Pero, en verdad, nos hicimos compinches. Espero que usted me comprenda. Compinches de juerga. Nos encontrábamos muy seguido y varias veces pasamos la noche juntos, acompañados por señoritas, trabajadoras sexuales para decirlo claramente. Nos veíamos en las tardes frente a la piscina, y ahí hablábamos del trabajo. Creo que nunca tuve que darle instrucciones que no fueran verbales. Me parece que ni siquiera lo tengo en mis contactos.

Muy bien, señor Gajardo. Creo que es todo lo que tenía que preguntarle. Entiendo que Cano vivía aquí. ¿Puede indicarme donde se encuentra su casa, o lo que sea el lugar donde vivía?

Por supuesto. La acompaño.

Gajardo tomó un manojo de llaves y acompañó a la detective y el policía al palacete donde vivía Gustavo Cano. No encontraron nada. Videla notó que la casa no tenía cuadros ni elementos decorativos y todo era limpio y nuevo, de lo cual dedujo que efectivamente Gustavo Cano estaba viviendo allí desde hacía muy poco tiempo. Eso corroboraba la información que le dio Gajardo.

Fueron después al palacete que ocupaba Vanessa. Helena Videla no encontró nada que le sirviera en su investigación, excepto que revisar la ropa, los cosméticos, los objetos y las chucherías que encontró repartidas por todas partes, le permitió formarse una idea bastante clara de la personalidad y de las costumbres eróticas de la joven, que le hicieron, por primera vez, sentir simpatía por ella. En un momento a Gajardo le pareció oportuno poner al tanto de la policía que Cano y la muchacha mantenían estrechas relaciones.

Alguien, no recuerdo quien, me contó una vez que Vanessa y Cano eran amantes; pero yo no lo sé porque, aunque yo le pregunté y le hice bromas al respecto, él nunca lo quiso reconocer.

Fue un error, porque eso llevó a Videla a preguntarle cómo, cuando y donde había conocido a Vanessa y qué relación mantenía con ella..

La conozco muy poco, casi nada – mintió Gajardo.

Pero ¿no es que son socios?

Desde hace muy poco, quizás un mes.

¿Cómo así?

Gajardo le informó entonces que Vanessa trabajó durante tres meses como modelo en un proyecto de Hidalguía. Que seguramente ahí fue que Kessler la conoció, y que éste, antes de morir a causa de la peste, dejó a Vanessa como la heredera de todos sus bienes, incluidas las Acciones que poseía en Hidalguía. Aseguró que eso era todo todo lo que sabía sobre ella. Solamente al terminar se dio cuenta de que había cometido un error. Sin duda entrevistarían a Vanessa y ella confesaría haberlo conocido mucho antes en el palacio de Kessler en Santiago, donde habían tenido sexo varias veces. Pero se tranquilizó pensando que siempre podría explicar que cuando trabajó en la Colonia apenas la vio, y que cuando se encontraron en la Notaría no se dio cuenta de que era la misma mujer. Para él las putas eran todas iguales.

Videla pensó que tal vez el fiscal Morgado tenía razón cuando dijo que la chica le parecía una aventurera que empleaba su belleza y sus atractivos sexuales para seducir, engañar y aprovecharse de hombres ricos y poderosos. Se retiró de la Colonia Hidalguía convencida de que Ramiro Gajardo era inocente. Aunque algo de lo que había declarado, no sabía exactamente qué, le hacía ruido.


 

* * *


 

Antonella y el Toñito se levantaron temprano, y después de alimentar a los animales de la granja partieron en bicicleta hacia El Romero con la intención de visitar a Vanessa, que imaginaban que estaría triste y amargada por la acusación tan injusta que le hacían. La encontraron, en cambio, tranquila y alegre.

Cuando la encerraron junto a otras dos mujeres Vanessa conversó largo rato con ellas, que estaban muy acongojadas por haber sido pilladas vendiendo drogas. Una de ellas era viuda y la otra tenía un marido que era un inútil borracho, que incluso a veces le pegaba. Le contaron que las dos se habían conocido tratando de ganarse unos pesos trabajando en la calle, pero como no eran muy agraciadas y ya tenían más de cuarenta años, apenas ganaban para sobrevivir con hambre. Ése era el único medio que tenían para ganarse unas monedas y poder alimentar a sus hijos. Hasta que un día se les acercó un hombre y les ofreció cambiar de vida trabajando en las drogas. Estaban sumamente acongojadas, no tanto por estar ahí encerradas sino porque no sabían nada de sus hijos.

Vanessa les contó que también había trabajado con su cuerpo, y les enseñó unas cuantas cosas que enloquecían a los hombres sin que les importara mucho como fuera la mujer que se las hacían. Las hizo reir contándole anécdotas que recordó o inventó en el momento, hasta que finalmente las tres se quedaron dormidas una al lado de la otra.

Vanessa durmió completamente tranquila y, si bien le molestaba que hubieran pensado que podía ser cómplice del secuestro del Toñito, entendió que el fiscal Morgado podía tener razón en pensarlo, porque ella no había sido capaz de explicarle todo claramente. Ya una vez había estado encerrada, y en esa ocasión Antonella le había enseñado a confiar en Dios, y después todo había sido para mejor. La verdad es que ahora estaba contenta, muy contenta de haber salvado al Toñito, y también de no haber vendido las Acciones al maldito Gajardo. En cuanto a Gustavo Cano, ya lo había puesto en el pasado, prefiriendo quedarse con el recuerdo de las noches ricas que pasó con él. Espero que lo encuentren y que lo encierren muchos, muchos años, y entre puros hombres.

Cuando fueron a buscarla porque tenía visitas Vanessa se arregló el cabello como pudo y con unas palmaditas en la cara trató de darse color. Debieran tener un espejo en las celdas para mujeres, se dijo mientra seguía a la policía que la guiaba.

Apenas la vieron Antonella y el Toñito corrieron a abrazarla. Toñito llegó primero y no la soltaba mientras le decía:

¡Te quiero, te quiero mucho! ¡Tú me encontraste! ¡Tú me salvaste!

A Vanessa se le nublaron los ojos y lo besó, dejándole las mejillas mojadas con sus lágrimas. Antonella se emocionó y los abrazó a los dos. Pero no alcanzaron a conversar porque en ese momento llegó Helena Videla a interrogar a la detenida.

Cuando estuvo a solas con ella comenzó preguntando por su relación con Gajardo.

Ayer estuve investigando en la Colonia Hidalguía. Me informaron que tu trabajaste ahí como modelo. Dime una cosa ¿sabes que Ramiro Gajardo fue Ministro y miembro del Triunvirato durante la Dictadura?

Sí lo sé.

¿Estuviste alguna vez con él en la Colonia?

Estar con alguien” para Vanessa significaba haberse acostado. Respondió enfáticamente.

No. ¿En la Colonia? Nunca.

Al menos en eso Gajardo no mintió, pensó Helena mirando a Vanessa, sorprendida de que estuviera tan tranquila. Pero justo en ese momento percibió rabia en sus ojos, que la muchacha expresó de inmediato:

¡Es un baboso!

¿Por qué dices eso si no lo conociste?

Me agarró del poto en la Notaría cuando fui a firmar.

La detective sonrió. También ella había observado que la chica era una mujer deliciosa con la que feliz pasaría una noche de pasión. Pero sus preferencias sexuales, que eran conocidas y que el fiscal aceptaba sin hacerse ningún problema, no debían interferir en la investigación. Videla continuó interrogándola sobre el asunto de la herencia de Kessler y de la venta de las Acciones a Gajardo. Vanessa esta vez explicó con detalles, y más claramente de cuando la interrogó el fiscal Morgado, todo lo que había sucedido.

Háblame de tu abogado Iturriaga. ¿Cómo lo conociste?

Lo conocí cuando fue contratado por la Cooperativa Renacer en un problema con el agua, creo, que nos peleábamos con la Colonia Hidalguía. Lo contraté por lo de la posesión efectiva de la herencia que me dejó Kessler. Lo hizo todo bien y le tenía confianza. Pero, al final, creo que me jugó sucio porque estando en la Notaría, Gajardo le pasó un cheque.

¿Un cheque? ¿Por qué lo haría si era tu abogado y no de él?

Por eso te digo que creo que me estaba jugando sucio, jugando doble ¿lo entiendes?

¿Hay algo más que te haga sospechar del abogado?

Vanessa se quedó pensando hasta que se le ocurrió algo.

No sé. Wilfredo quería mucho que yo vendiera. Claro, porque él ganaba plata con la venta. Sólo que …

¿Qué?

Es que me trataba de convencer de que bajara el precio, y eso no le convenía porque, lo que le iba yo a pagar, era el dos por ciento del precio.

Mmm. Entiendo.

Videla no quería terminar el interrogatorio porque le gustaba mirar a esa jovencita tan bella y que ya ahora le parecía que era inocente. Que era heterosexual lo había entendido por la relación que mantuvo con el ex-teniente Cano. Pero ¿no podría ser que, siendo tan sexy, pudieran también gustarle las mujeres? Se le ocurrió preguntarle por sus relaciones con Antonella, que la defendía tanto y con la que parecían muy íntimas.

Las respuestas que le dio Vanessa ponían de manifiesto tanto amor entre las dos que, finalmente, se atrevió a hacerle directamente la pregunta, a sabiendas de que se estaba sobrepasando en sus atribuciones y yendo más allá de lo que la investigación justificaba.

¿Intiman Antonella y Tu?

No te entiendo. ¿Qué quieres saber? ¿Si tenemos sexo entre nosotras?

Bueno, si quieres ponerlo así …

A ella le gustan los hombres – y agregó, sospechando, por el modo en que ahora Helena la miraba, que pudiera ser lesbiana: – Y a mí también me gustan los hombres. ¡Lo siento!

La detective se sonrojó y dio por terminado el interrogatorio, decidida a informar al fiscal que no había descubierto nada que incriminara a Vanessa y que la creía inocente, mientras que todo indicaba que el culpable de los hechos era Gustavo Cano.

En base a este informe el fiscal Morgado dio orden de detención de Gustavo Cano en cualquier lugar en que se encontrara. Dos fotografías que le había tomado Vanessa, una en que aparecía en primer plano sonriente, y otra en que estaba apoyado en el capot de una camioneta roja en la que se veía el número de la patente, fueron ampliamente difundidas en los medios y en las redes sociales.


 

* * *


 

El próximo paso de la investigación sería interrogar al abogado Iturriaga. Helena Videla lo encontró cuando estaba dejando el hotel y se disponía a viajar de regreso a Santiago. Después de la fallida operación de compra-venta de las Acciones de Vanessa, que concluyó con el arrebato de ella rompiendo la escritura y desparramando los billetes, el abogado quedó descolocado. Sin entender los motivos de la joven, su clienta, y debiendo devolver a Gajardo el cheque que éste le había extendido, decidió esperar el curso de los acontecimientos. Nada supo del secuestro del niño y nadie le dio explicaciones, por lo que prefirió intentar recomponer las negociaciones que, si llegaban finalmente a buen puerto, le esperaban pingües ganancias tanto por los servicios a la vendedora como al comprador. Solamente comprendió que estaba en un serio aprieto cuando se difundió por la prensa que Gustavo Cano era buscado por un supuesto crimen de secuestro a un menor. Fue entonces que pensó en volver apresuradamente a Santiago para evitar verse involucrado.

Helena Videla le mostró su credencial como teniente de investigación policial diciéndole que debía interrogarlo, en calidad de testigo, “por el momento”, en el caso de secuestro del menor Antonio Donoso, que involucraba a su clienta Vanessa Arboleda, actualmente detenida como supuesta cómplice del delito.

El abogado comprendió que la situación se presentaba extremadamente delicada para él y que debía cuidarse mucho al entregar la información que poseía. Pensó que su deber y su mejor modo de no despertar sospechas era defender firmemente a su clienta, y que al mismo tiempo debía ser muy cauto en lo que diría respecto de sus relaciones con Ramiro Gajardo. No se esperaba que la detective fuera directamente al punto más débil y en realidad delictivo de su comportamiento en el caso.

Señor Iturriaga, usted mantuvo muy estrechas conversaciones con Ramiro Gajardo, en las que me parece claramente que se excedió en su favor, teniendo en cuenta que su representada era la señorita Arboleda, contraparte de aquél en la fallida operación de compra-venta de un importante paquete accionario.

Negociar con el señor Gajardo fue lo que la señorita Vanessa me encargó hacer, y creo que lo hice adecuadamente. No tengo nada que reprocharme al respecto.

Sin embargo ella afirma que usted demostraba demasiado entusiasmo no sólo en que vendiera, sino también en que redujera el precio.

Puede haber sido esa su impresión; pero el problema era que el señor Gajardo no estaba dispuesto a bajar su oferta de compra.

Mire, abogado. Para que no afirme algo de lo que después se arrepiente durante el juicio, le informo que tenemos una grabación de todas las conversaciones que mantuvo usted con Gajardo, y en ellas cualquier juez podrá percibir complicidad con el comprador y descuido de los intereses de su clienta.

Wilfredo Gajardo acusó el golpe y carraspeó. Después de un momento de reflexión replicó:

A veces, para negociar, hay que mostrar que uno comprende y simpatiza con la posición de la contraparte.

Escuchando las conversaciones mi impresión es que en ellas hay más que comprensión y simpatía. Le recuerdo que este es un caso gravísimo de secuestro de un menor. No lo estoy acusando de complicidad; pero le aconsejo que me informe claramente sobre el curso de las negociaciones, y cómo se llegó a fijar los términos de la misma.

Como abogado, señora, usted sabe que estoy a las órdenes de la justicia. Pregúnteme y le responderé exactamente cómo ocurrieron los hechos.

Bien. Vanessa sostiene que usted le informó que la compra se haría a nombre de Gustavo Cano.

Es efectivo. Don Ramiro Gajardo me dijo que sería así y yo se lo informé.

¿Sabía usted que Cano y Vanessa eran amantes?

Iturriaga dudó un momento y luego respondió:

Nunca nadie me lo dijo; pero en una ocasión en que fui al departamento de mi clienta a entregarle información, estaba con ella el señor Cano. Me sorprendió pero no dije nada y no pregunté, porque no me corresponde meterme en la vida privada de mis clientes.

Sin embargo, en una de las conversaciones que usted sostuvo con Gajardo, tanto él como usted se referían a ella como ‘la putita’.

Pues, creo que así la trataba Gajardo. Yo no recuerdo haberla llamado así, pero tal vez, en alguna conversación, para ganarme su confianza, pude haberla llamado del mismo modo en que lo hacía él. Supongo, pero no lo recuerdo.

¿Supo usted por qué la escritura que se preparó en la Notaría dejaba a Ramiro Gajardo como comprador y no Gustavo Cano?

Nunca supe, ni pregunté. Usted comprenderá que lo normal es que quien pone el dinero compre a su nombre y no al de un testaferro.

¿Cree usted que Gustavo Cano era un ‘palo blanco’ de Gajardo?

No lo sé. Sé que Cano era Administrador de Campo y que tenía un alto rango en la jerarquía de la Colonia. No sé más sobre él.

Bien. Detálleme ahora la negociación y cómo llegó a fijarse el precio de la compraventa de las Acciones.

Wilfredo Iturriaga, a esas alturas de la declaración y sabiendo que la detective contaba con mucha información, decidió contar todo lo que llegó a saber y que involucraba a Gajardo. Explicó que éste nunca aceptó las condiciones del precio que pedía Vanessa, manteniéndose desde el comienzo y hasta el final en su oferta de pagar seis millones de Globaldollards. Finalmente dio la estocada que podría involucrar a Gajardo y liberarlo a él mismo de toda responsabilidad.

Mi clienta se mostró siempre reticente a vender, y aceptó solamente cuando le informé que el comprador sería Gustavo Cano. Pero nunca aceptó bajar el precio que pidió inicialmente. Fue evidente para mí que no tenía verdaderas intenciones de negociar. Era como sí le interesara mantenerse como socia de la Colonia Hidalguía. No obstante ello, que se lo hice saber reiteradamente al señor Gajardo, éste parecía totalmente seguro de que finalmente la joven aceptaría no solamente venderle, sino también su oferta de los seis millones, que a todas luces eran un precio inferior al valor real de las Acciones. No sé de dónde sacaba esa seguridad. En algún momento llegué a pensar que …

¿Qué?

Que la podía chantajear, u obligar de algún modo, que por supuesto yo no tenía elemento alguno para conocer.

Bien – exclamó Helena Videla. – Escuchando las grabaciones de las conversaciones de Gajardo con usted y con su abogado personal, tuve la misma impresión. Esto que me dice ahora es muy importante. Seguramente será llamado a declarar en el juicio en calidad de testigo. Recuerde que sus declaraciones de hoy han sido grabadas.

Videla continuó indagando los detalles de las negociaciones, interesándose especialmente en el modo en que el abogado se relacionó con su clienta y con Gajardo. Cuando, finalmente, dio por terminado el interrogatorio, Iturriaga explicó a la detective que debía viajar a Santiago a retomar sus trabajos en el Consorcio Cooperativo Confiar, pero que se mantendría a sus órdenes y vendría a El Romero si era requerido nuevamente por la policía o por la justicia. Le entregó su tarjeta.

Ella se despidió fríamente sin siquiera extenderle la mano. No le gustaba en absoluto que el abogado hubiera actuado con deslealtad con su bella clienta; pero quedó convencida de que él no llegó a saber nada específico relativo al secuestro del Toñito.

 

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