XXVIII. Alejandro encontró a Vanessa saliendo de la piscina

XXVIII.

 

Alejandro encontró a Vanessa saliendo de la piscina, radiante y deliciosa, con un diminuto bikini del color y el tono exacto de su piel, tal que parecía desnuda y que resaltaba la hermosura de su figura perfecta. Ella le regaló una sonrisa seductora y un suave contoneo de sus curvas, después de lo cual se acercó a él recogiendo una bata blanca que se puso mientras se le acercaba, pero dejándola abierta por delante para que él pudiera seguir apreciando sus encantos.

Me da gusto verte, Vanessa, tan alegre como siempre, y cada vez más hermosa.

Gracias, querido Alejo, tus cumplidos son siempre bienvenidos porque sé que son sinceros. ¿Cómo está la Anto?

Ella está muy bien, como siempre. ¿Y Eliney? ¿Y la niña?

Él trabajando, la niña durmiendo.

Dime una cosa Vanessa. ¿Eliney no se pone celoso contigo?

Te digo una cosa, Alejandro. Eliney es un hombre maravillo. Yo lo hago feliz, y él no piensa que sea mi dueño. A veces yo soy mala y trato de darle celos, y ¿sabes lo que me dice? Me dice que yo soy mía y que soy libre de hacer lo que quiera.

¿No han pensado en casarse?

Pero si ya nos casamos ...

¡¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cómo?!

Hace mucho tiempo, poco después de que nos conocimos. Nos casamos allá en la montaña a orillas del río. Los dos solitos. Lo llevé un día en la moto y nos casamos ante Dios. La cordillera y la luna fueron los testigos.

¿Y prometieron ser fieles uno al otro para siempre?

Prometimos amarnos para siempre. No es lo mismo.

Después de un momento agregó:

Pero eso es cosa mía y de él. Y oye, tú, guapo ¿viniste a mirarme no más? ¿O quieres algo más de mi?

A Vanessa le gustaba bromear con Alejandro, sabiendo que lo atraía intensamente pero que él no se dejaba seducir. Lo conocía bien y sabía que se mantenía fiel a Antonella... desde aquella única vez que ambos recordaban en secreto y de lo cual no habían vuelto a hablar.

Se sentaron en el césped mirando hacia la piscina.

¿Me mandó saludos mi amiga del alma? ¿O viniste a verme sin decirle a ella, a escondidas y en secreto?

Me pillaste. La verdad es que no sabe que estoy aquí.

Mmm, esto sí que es nuevo e interesante. Dime, entonces ¿a qué se debe esta sorpresa?

Tengo que pedirte un favor, Vanessa, un favor muy grande.

El rostro de ella se iluminó en una amplia sonrisa, incapaz de resistir la tentación de reírse un poco de su amigo.

¿Un favor? ¡Al tiro! ¡Vamos! ¿Cómo lo quieres?

Te ríes de mi.

Sí, un poco. Es que eres demasiado serio y me gusta jugar contigo. Me divierte ver que te pones nervioso y a la defensiva cuando de sexo se trata. Entonces, dime ¿cómo lo quieres? ¿Acaso la Anto ya no ...? ¿O eres tú que no ...?

Era verdad que Vanessa lo turbaba, pero esta vez su tono distendido y jocoso le facilitaba decirle lo que quería pedirle.

No sigas, amiga. Porque esta vez en verdad quiero hablar contigo de eso.

¿De éso? ¿De sexo quieres decir?

Sí, de sexo.

Esto se pone cada vez más entretenido. Cuéntame de qué se trata.

Pero no de mí ni de Antonella, sino del Toño.

Vanessa dejó de lado su sonrisa pícara y preguntó muy seria.

¿Qué le pasa al Toñito? ¿Está bien? ¿Qué problema tiene?

No le pasa nada. Te cuento.

Sí, por favor.

Pasa que dice que quiere ser cura.

¡Ajá! Algo de eso yo sabía; pero ¿por qué te preocupa? ¿Qué tiene de malo? ¿Y qué tiene que ver con el sexo? ¿Y cuál es el favor que quieres que te haga?

Lo que pasa, amiga querida, es que dice que un día se irá al seminario, y ahora está por irse a un retiro, y yo no quiero que se vaya. ¡No quiero que sea cura! No lo soportaría, y la verdad es que me enoja mucho. Y esto me hace pelear con Antonella. Y no sé qué hacer, porque él está decidido. Y pensé que tú puedes ayudarme con él.

¿Cómo podría yo? ¿Qué quieres que haga?

Lo único que se me ocurre para sacarle esa idea de la cabeza, es que sepa lo maravilloso que es tener sexo, y que descubriéndolo, ya no quiera hacerse cura. Lo que quiero pedirte, Vanessa, y solamente a tí podría pedírtelo, es que le des una noche de placer, que tengas sexo con él, que lo hagas gozar tanto, tanto, que nunca más se le ocurra renunciar a algo tan fabuloso.

Vanessa se puso de pie. Le dio una mirada que Alejandro nunca había conocido de ella.

¡Tú estás loco! ¡Completamente loco! ¡Desquiciado! ¿Cómo se te ocurre que yo pueda hacer eso con mi niño, al que quiero como si fuera mi hijo?

Vanessa, él ya tiene casi quince años. No es tan niño. A esa edad ...

Tiene catorce. Cuando yo tenía catorce un hombre maldito me inició en el sexo. Yo no haría nunca una cosa así. Ni cuando trabajaba de prostituta lo hice. ¡Tú estás loco!

Perdona, Vanessa. Es que no sé qué hacer. Olvida lo que te dije.

Vanessa se tranquilizó y volvió a sentarse en el césped poniéndose ahora frente a Alejandro. Le dijo:

No entiendo por qué te preocupa tanto. Yo conozco solamente un cura, el padre Anselmo, y es una persona que se ve muy feliz con lo que hace y como es.

Sí, pero hay curas que son gays. A veces pienso que el Antonio ...

¿Crees que el Toñito sea gay?

No lo sé, Vanessa, no lo sé. No lo he visto mucho con amigas.

Alejandro, el Toñito no es gay.

¿Cómo lo sabes?

No es gay. Le gustan las mujeres. Lo sé porque de esto me entiendo ¿sabes? Y lo veo, y he conversado mucho con él.

¿De sexo?

Sí, de sexo. Él me pregunta mucho sobre el sexo ¿sabes? Me pregunta a mí porque Antonella es pacata y santurrona y no le conversa de eso, y tú como eres tonto y crees que pueda ser gay no te atreves a tocar el tema. Sí, yo hablo de sexo con el Toñito, todo lo que él me pregunta y quiere saber, y ahora sabe sobre el sexo mucho más que tú. Yo soy para él en este tema, como su madre y su padre que no han sido capaces de hablar con él. Y él es un niño sano y bien hombrecito. Es todo lo que te puedo decir.

No sabes lo que me tranquiliza saberlo. ¿Puedo preguntarte si ha tenido sexo, si se masturba, si le gusta alguna niña, en fin, cómo es y lo que hace?

¡No puedes preguntarme eso! Jamás te diré nada de lo que converso con el Toñito. Nunca. Él me tiene confianza y yo lo quiero como a un hijo, ya te lo dije. Y es mi amigo, y no te contaré nada. Y tú estás loco de remate. Y no quiero hablar más contigo.

Vanessa caminó hacia la piscina. Al llegar al borde y antes de lanzarse al agua se volvió a Alejandro y le gritó:

Y por si te preocupa y quieres saberlo, el padre Anselmo tampoco es gay.

Se lanzó al agua. Alejandro se quedó mirándola un rato largo, y como ella no daba la menor señal de asumir que el estuviera ahí, finalmente se levantó y se fue, despidiéndose de Vanessa a la distancia, con la mano en alto. Aunque ella había rechazado lo que le pidió que hiciera, estaba agradecido de su amiga y mucho más tranquilo que cuando llegó.


 

* * *

Antonella acompañó al Toño hasta el lugar del retiro, un antiguo convento convertido en casa de ejercicios, con al centro un parque de árboles autóctonos, jardines y una fuente de agua circular, rodeado por amplios corredores techados, con asientos de piedra y de madera, formando un ambiente especialmente propicio para pasearse en silencio y meditar. Pasando por un gran hall se accede a una hermosa capilla iluminada por dos vistosos vitrales frontales que representan a los arcángeles Miguel y Rafael, y en los costados, la serie de las quince estaciones del Vía Crucis finamente talladas en madera. Entrando al hall del convento por una enorme puerta lateral se entra a un largo y amplio pasillo donde están las habitaciones, dispuestas a ambos lados. Son habitaciones amplias y austeras, con cuatro delgadas camas cada una provistas de sábanas blancas y frazadas grises, un ropero con estantes y colgadores de ropa, y cuatro pequeños escritorios. En las murallas no ve más que un crucifijo y una imagen de la Virgen de Fátima. Una ventana en la parte alta que da a los corredores del parque interior, deja entrar sólo indirectamente la luz del sol mientras se mantengan abiertas las celosías; pero cuelga al centro de las habitaciones una lámpara de tres luces de reducido voltaje, que aseguran una iluminación suficiente para que personas con buena vista puedan leer sin mucha dificultad. Al final del pasillo hay dos baños para uso compartido, con nueve gabinetes y duchas cada uno. En el otro extremo del pasillo, hay dos habitaciones, una frente a la otra, destinadas a los sacerdotes, provistas de cama de plaza y media, baño privado, dos escritorios, un cómodo sillón de cuero, un televisor, y todo lo necesario y conveniente para asegurar al huésped una cómoda estadía y un buen trabajo. Al final del pasillo, un cartel indica que hay otro sector del convento, pero al que está prohibido que entren los huéspedes.

A medida que fueron llegando los muchachos, la mayoría de ellos acompañados por sus padres, iban siendo conducidos al "refectorio", conformado por un gran comedor y una amplia cocina, donde ya se veían trabajar un hombre y tres mujeres. Los recibieron dos sacerdotes que se presentaron como el padre Kádenas y el padre Anselmo. Antonella se sorprendió que Kádenas vistiera una elegante sotana, porque hacía muchas décadas que ese indumento había no se usaba en la Iglesia más que en ocasiones muy especiales. El padre Anselmo vestía una modesta camisa gris y un blujeans.

Al mediodía en punto, la hora fijada para la llegada de los participantes, el hombre que había estado en la cocina dando instrucciones a las tres mujeres se presentó como el diácono Eugenio, prefecto del Convento. Les dio la bienvenida a todos, y procedió a tomar la asistencia leyendo los nombres y apellidos completos de los muchachos. Antonella llevó la cuenta, comprobando que eran 27 los jóvenes presentes y tres los nombrados que estaban ausentes.

Enseguida tomó la palabra el padre Kádenas, que hizo una alocución piadosa en la que terminó refiriéndose a la importancia que atribuye la Iglesia a las vocaciones sacerdotales y al privilegio que significaba para una familia contar con un hijo escogido por Dios. Finalmente el padre Anselmo se limitó a decirle a los niños que esperaba que las dos semanas que estarían en el convento les resultara grata, y aseguró a los padres que estarían bien alimentados y protegidos.

Cuando los padres se retiraron los niños fueron conducidos por el prefecto a los dormitorios, donde estaban ya escritos en la puerta sus nombres, de modo que cada uno encontró rápidamente el lugar que le correspondía. Al Toño le correspondió la segunda de las habitaciones entrando al pasillo, del lado norte, justo al lado de la del padre Kádenas y casi al frente de la de Anselmo. Leyendo los nombres Antonio supo que sus compañeros de habitación serían Gerardo Castro, Alirio Palma y Cedric Benzian. A Gerardo, que llegó casi al mismo tiempo que él, ya lo conocemos. Cedric resultó ser un muchacho de origen haitiano, alto y delgado, de piel negra y ojos grandes. Alirio fue uno de los inscritos que no llegaron. Así, el Toño compartió habitación con sólo dos muchachos, quedando el cuarto puesto sin ocupar.

El primer conflicto entre los dos sacerdotes ocurrió esa misma tarde. Habían almorzado, lavado los platos, y después de una hora en que pudieron ocuparse en ordenar sus cosas, conocer el convento y empezar a conocerse unos con otros, el padre Kádenas los llamó a la capilla para darles la primera instrucción. Comenzó explicando el horario de cada día, que comenzaba a las seis de la mañana en que debían todos presentarse en la capilla bien vestidos, lavados y peinados, para el rezo del rosario y la celebración de la Santa Misa. A las ocho era el desayuno en el refectorio, debiendo enseguida cada uno ordenar sus habitaciones. A las nueve nuevamente a la capilla para la primera lectura e instrucción espiritual. Aquí Kádenas se explayó explicando la importancia y el significado que daba la Iglesia a las horas litúrgicas, que para los sacerdores son siete – maitines, laudes, tercia, sexta, nona, vísperas y completas –, pero que los muchachos tendrían solamente que realizar laudes a las nueve, sexta a las tres de la tarde, y vísperas a las seis y media. Cada día tendrían dos sesiones de meditación espiritual, que serían guiadas, las de la mañana por el padre Kádenas y las de la tarde por el padre Anselmo. Almuerzo a las doce, cena a las ocho. La recomendación general fue que debían todos evitar en lo posible hablar, excepto con los sacerdotes, que estarían constantemente dispuestos a escucharlos, orientarlos y atenderlos en confesión.

Kádenas concluyó diciendo que el retiro comenzaría formalmente en ese momento, con la confesión de los pecados, que era muy importante para que cada uno pudiera iniciar con el alma limpia y el corazón puro el que debía constituir una ocasión tan especial de encuentro e intimidad con Dios. Y que para ello debían comenzar inmediatamente a hacer un examen de conciencia, tratando de recordar todas las veces que habían hecho algo malo desde la última confesión.

Fue ahí que el padre Aselmo reaccionó. Había estado inquieto y molesto todo el tiempo en que Kádenas instruía a los muchachos. Lo habían conversado antes de iniciar el retiro y había logrado que en vez del rezo de sextas, entre las tres y las cinco de la tarde, habría un tiempo de libre disposición, de conversación, de juegos y deportes. Y también habían acordado que las horas de silencio se limitarían a aquellas en que estarían en la capilla y durante las meditaciones de sólo cuarenta minutos después de las instrucciones espirituales. Kádenas no había respetado esos acuerdos; pero lo que finalmente indignó a Anselmo fue cuando escuchó decir que las confesiones eran una actividad programada y que se realizarían enseguida, y vio al Toño que lo miraba con cara de pregunta. Se levantó del asiento y afirmó enfáticamente:

Debo decirles, muchachos, que las confesiones no son obligatorias, en ningún momento y durante todo el retiro. Incluso yo personalmente no les recomiendo confesarse durante estos días. Si alguien siente que tiene deudas con Dios, mi consejo es que se recoja en oración, sabiendo que Dios escucha y limpia el alma de quienes lo buscan en su interior y lo aman. Mi consejo, además, es que no piensen en lo malo que puedan alguna vez haber hecho, sino en las cosas positivas y en los ideales de cada uno. Estoy seguro que son esas cosas buenas la que los han motivado y decidido a venir hasta aquí.

Anselmo alcanzó a escuchar que a su lado Kádenas bufaba; pero ya había tomado la palabra y agregó:

Además, el padre Kádenas olvidó decirles que en las tardes, entre las tres y las cinco, hay tiempo libre, y que pueden conversar y jugar y hacer lo que ustedes quieran. Y también sepan que no está en absoluto prohibido que conversen entre ustedes, al contrario, es bueno que se conozcan e intercambien ideas y experiencias, si lo desean. Por supuesto, no en la capilla. Sería lindo que todos ustedes terminen este retiro siendo buenos amigos.

Para evitar enfrentarse con Kádenas delante de los muchachos que lo escuchaban sorprendidos, concluyó:

Y ahora, como son más de las tres, es tiempo libre. Vayan a pasear, a conversar y a jugar, si quieren.

Cómo te atreves a contradecirme – espetó Kádenas apenas los muchachos terminaron de abandonar la capilla.

No, Hernando. Solamente les aclaré el horario que acordamos tú y yo.

Y para mayor gravedad, los desorientas, alejándolos del sacramento de la confesión. ¿Cómo te atreves a recomendarles que no se confiesan, a ellos que serán los futuros sacerdores encargados de administrar el perdón de Dios?

Porque tú, contraviniendo la doctrina de la Iglesia, los querías obligar a confesarse. ¡No tienes derecho a hacerlo! Menos aún con niños. ¡Son sólo niños, Hernando!

Son jóvenes, que tienen uso de razón. Y sabes que la Iglesia recomienda la confesión desde que se tiene uso de razón. Eres tú el que no se comporta según enseña la Iglesia.

Son menores de edad. Hay que respetar su conciencia.

Porque son menores de edad es que deben obedecer. Nosotros somos padres para ellos.

No, Hernando. Sus padres son otros. No porque nos llamen 'padre' lo somos de ellos.

¡Esto no va a quedar así! – dijo enfático, amenazante, el padre Kádenas, saliendo iracundo de la capilla.

Pero antes de salir se volvió y le dijo, casi gritando:

¿Cuántos seminaristas y cuantos sacerdotes le has conseguido tú a la Iglesia?

Ninguno ¿por qué?

Veo que no tienes idea de cómo se obtienen vocaciones, ni cómo se forma un sacerdote. Yo, en cambio, tengo más de cincuenta a mi haber, entre seminaristas y sacerdotes consagrados.

Diciendo esto, satisfecho por haber puesto las cosas en su lugar y afirmado su autoridad ante ese cura novato y presuntuoso que se había atrevido a contradecirlo en público, Kádenas continuó su camino y se encerró en su habitación. Tomó su IAI y comenzó a escribir una nota a su amigo el arzobispo Erigurren, Presidente de la Conferencia Episcopal.


 

* * *


 

Los días siguientes no sucedió ningún hecho nuevo, aparte del notorio distanciamiento que se había producido entre los dos curas, y las muy diferentes orientaciones espirituales que ambos entregaban a los muchachos. El cuarto día del retiro ocurrió sin embargo un hecho que habría de cambiar el curso de los acontecimientos.

Después de la hora de vísperas y antes de pasar al comedor, Antonio fue a dejar a la pieza una nueces que había cosechado de un añoso nogal al que se había subido para meditar. Encontró a Gerardo sentado en su cama, con la cabeza sobre las rodillas, sollozando.

¿Qué te sucede, Gerardo? ¿Por qué lloras?

No es nada. No te preocupes.

Pero estás llorando. Puedes contarme, si quieres.

No es nada, Antonio. No te puedo decir

El Toño le pasó un pañuelo diciendo:

Ya, sécate las lágrimas y vamos al comedor, que es hora de comer.

No voy a ir. No tengo ganas de comer.

Entonces, mira, te dejo estas nueces para que te alimentes. Come todas las que quieras. Están muy buenas.

Gerardo le dio las gracias sin dejar de sollozar. Se escuchó la campana que llamaba a la cena. Antonio le dio una palmada amistosa en la espalda y salió rumbo al comedor. Se fue pensando que después de comer, su amigo ya estaría más tranquilo y pudiera ser que le cuente lo que le pasa.

En el refectorio le extrañó ver que en la mesa de los curas el padre Anselmo estaba tranquilamente cenando, mientras que el asiento de enfrente en que se sentaba el padre Kádenas estaba vacío. Habitualmente se sentaban así, uno frente al otro, pero no intercambian palabras. Algunos lo interpretaban como que los santos varones estaban viviendo el retiro espiritual en el más estricto silencio, como decía Kádenas que debía ser. El Toño en cambio sabía que los curas estaban enojados y distanciados entre ellos desde el primer día, cuando Anselmo contradijo a Hernando en la capilla.

Antonio terminó rápidamente la comida y no esperó comerse el postre. Tomó la manzana, se la echó al bolsillo y fue corriendo a su habitación. Estaba preocupado por su compañero y quería tratar de ayudarlo. Entró a la pieza sin avisar.

¿Qué haces aquí? ¿No debes estar en el refectorio?

Era el vozarrón del padre Kádenas que, tendido en la cama del niño que no había llegado al retiro, y con una mano en la pierna de Gerardo que estaba sentado a su lado, lo reprendía como si fuera un intruso, aunque esa era su habitación y no la del cura.

Ya terminé de comer, señor. Vine a ver a Gerardo que estaba triste.

Está bien. Ya me voy. Gerardo ya se encuentra repuesto. Yo vine a consolarlo – se justificó Kádenas, levantándose y abandonando la pieza, no sin antes hacer llevar su índice a los labios para advertir a Gerardo que debía guardar silencio.

Gerardo había dejado de llorar; pero no podía disimular que continuaba triste. Por más que Antonio le preguntó qué le pasaba, el muchacho no quiso hablar.


 

* * *


 

La mañana siguiente después del rezo de la instrucción espiritual que hizo el padre Kádenas, Antonio en vez de irse a meditar como correspondía a esa hora se dirigió a las habitaciones. Golpeó la puerta de la pieza del padre Anselmo, que se asomó de inmediato.

Quiero hablar con usted, padre. ¿Puede ser ahora?

Por supuesto. Vamos al patio.

¿No puede ser aquí en su pieza? No quiero que Kádenas nos vea. Él se está paseando en los corredores.

No importa, hijo. Los curas no debemos recibir a los muchachos en la pieza.

¿Y cómo el padre Kádenas lo hace?

¿Qué dices?

Digo que el padre Kádenas recibe todos los días a Gerardo en su pieza. Gerardo me dijo que es su director espiritual y su confesor.

Humm! Pero está mal. Un cura no debe recibir a un muchacho en su pieza.

Te entiendo. Entonces conversemos en mi pieza.

Tampoco Antonio. No es un lugar apropiado.

¿Y cómo ayer encontré al padre Kádenas acostado en la cama que quedó vacía en mi pieza?

Mira, Antonio. Algunas cosas que hace el padre Kádenas no están bien. Vamos a conversar a la calle si no quieres encontrarte con Kádenas.

Ya en la calle, caminando alrededor del convento que ocupaba toda una manzana, el Toño le contó al padre Anselmo lo que lo tenía muy inquieto.

Ayer en la tarde antes de la comida fui a dejar a la pieza unas nueces que saqué del árbol. Encontré al Gerardo llorando. No me quiso decir que le pasaba. Estaba tan triste que ni siquiera quiso ir a comer. Cuando volví fue que vi al padre Kádenas tendido en la cama. Gerardo estaba sentado a su lado. Ya no lloraba, pero seguía muy triste. El cura le acariciaba una pierna. Me retó porque salí del comedor antes de la hora. Al verme, se levantó, y me dijo que estaba consolando a Gerardo. Pero no le creo mucho, porque antes de dejar la pieza le dijo a Gerardo con un gesto que guardara silencio, que no me dijera nada. Y así fue. Yo le pregunté mucho, y solo me dijo que Kádenas era su director espiritual y su confesor.

Anselmo lo escuchó atentamente y se quedó pensando. Finalmente preguntó:

Dime, Antonio, ¿qué es lo que piensas? Porque creo que no me lo estás diciendo todo.

Sí, Anselmo. Lo que pasa es que creo que el padre Kádenas es malo.

¿Por qué dices eso?

No le quería decir a nadie, pero te voy a contar solo a tí. Lo que pasa es que Alejandro, mi padre, antes de dejarme venir al retiro, me dijo que tuviera mucho cuidado porque hay curas abusadores con los menores. Curas que abusan sexualmente con los niños, especialmente si son gays. Me dijo que los tocan, les piden que les hagan cosas obcenas, y que incluso algunos son tan malos que los violan.

¿Y tú crees que el padre Kádenas ...?

No sé; pero me parece muy raro lo que le pasa a Gerardo. Que creo que es gay ¿sabes? No me lo ha dicho, pero me parece que es gay.

Anselmo se quedó pensando todo el tiempo que ocupó dar una vuelta alrededor del convento. Cuando estaban llegando al ingreso, mirando al Toño a los ojos, le dijo:

Mira, Antonio. Lo que me dices es muy preocupante de verdad. Vamos a hacer una cosa. Pero dime primero ¿tu eres amigo de Gerardo?

Si, nos hemos hecho algo amigos, aunque habla poco; pero como estamos en la misma pieza, hemos conversado algo.

Bien. Vamos a hacer una cosa. Primero, te vas a mantener lejos de Kádenas. No le vas a decir nada de nada. ¿Está bien?

Sí. Ese cura no me gusta y no hablo con él.

Bien. Segundo, trata de conversar mucho con Gerardo. Ayúdalo todo lo que puedas. Pregúntale qué le pasa. Trata de no dejarlo solo ¿ya?

Lo haré.

Tercero. Vas a estar alerta, atento a todo lo que pase aquí en el convento. Y si ves cualquier cosa que te parezca raro, me lo vas a contar. ¿Confías en mí, Antonio?

Sí, claro. También Antonella, mi madre, me dijo que confiara en usted.

Y cuarto. De esto que me contaste no vas a decirle nada a nadie. Por ahora. Después, veremos qué vamos a hacer.

Está bien, padre.

Bien. Ahora entremos, que ya debe estar comenzando la meditación de la mañana.

Cuando entraron al convento encontraron todo revuelto. Había sucedido que mientras ellos caminaban por la calle, había llegado el arzobispo Erigurren acompañado de dos sacerdotes, uno joven y otro bastante anciano. Kádenas conversaba animadamente con ellos, mientras que el prefecto Eugenio y todos los muchachos los rodeaban, curiosos de ver un personaje tan raro que, vestido de rojo, parecía aún más gordo de lo que era.

 

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