XXXII. Llamó a San Julián a su estudio.

XXXII.


Llamó a San Julián a su estudio. El se apresuró a decir después de los saludos:

— Querida ¿nos vemos en la tarde verdad?

— Te propongo encontrarnos a cenar.

— ¡Feliz! Pasaré a buscarte al departamento.

San Julián pasó gran parte del día pensando en tanto que quería decirle. No sólo que la amaba, también cosas concretas. Le diría que él había pensado mucho en los dos, en cómo la haría feliz. Planes concretos, realizables, que la harían crecer, que la harían gozar de la vida en la medida de lo que se puede. Que algún día vivirían juntos enteramente el uno para el otro. Que era sólo cuestión de esperar, total ella era joven y el único que debiera estar impaciente era él. Que mientras tanto podrían arrendar entre los dos un departamento mejor y más grande que el que ella tenía y pasarían allí mucho tiempo juntos. Que todo se arreglaría bien. Que harían tantas cosas. Que si lo echaban de la Facultad no le importaba porque el amor de ella le daba las fuerzas que necesitaba para seguir adelante y que juntos llegarían a hacer grandes aportes a la ciencia, que él le enseñaría todo lo que sabía.

Había pensado decirle tantas cosas, pero ella no le dio la oportunidad. San Julián esperaba hablarle tranquilo durante la cena; pero Florencia se adelantó y mientras iban rumbo al restaurante le fue diciendo que había tomado una decisión, que entre ellos todo había terminado, que lo había pensado a fondo y que era lo mejor para ambos.

San Julián no atinaba a decir palabra, ni siquiera interiorizaba lo que estaba escuchando. Pensaba que todo lo que tenía que decirle la haría cambiar de idea. Sentados en el restaurante pidieron sin pensarlo el menú del día: pescado frito con arroz y ensaladas, que al final quedaron desmenuzados en los platos.

Fernando no se daba por vencido e insistía. Florencia entonces decidió decírselo todo:

— Fernando, tengo un compañero.

San Julián escuchó tranquilo, en silencio. Algo en su mente continuaba negándose a asimilar lo que Florencia le decía.

— ¿Qué quieres decir? Un compañero de estudio...

— No, Fernando. Otro hombre. Lo he pensado bien. Es lo que necesito.

El tono de su voz era gentil y triste. Ella estaba cumpliendo lo que consideraba un deber de lealtad, incluso de amor; y lo estaba haciendo lo mejor que podía.

Fernando no sabía qué más decirle. Pero no se rendía.

— ¿Lo que necesitas? ¿Yo te lo puedo dar?

— ¿No comprendes que debo pensar en mí misma? Lo que quiero es algo normal para mi edad. No tener que ocultar nada, salir con alguien a la vista de todos. Hacer las cosas de mi edad, bailar, pasarlo bien, satisfacer todos mis gustos.

— ¿Y eso te basta?

— Sí, es lo que quiero.

— ¿Y él te ama como yo te amo? ¿Tú lo amas?

— El tiempo me dará también éso. Y yo sólo puedo hacerte daño. Tienes a tu mujer, a tu familia. Ya te hice daño en la universidad. ¡No insistas!

San Julián estaba ahora abismado. Escuchaba a Florencia pensando si sería realmente ella la que hablaba. Todo era real, lo que estaba pasando, lo que ella decía. Pero él no podía reconocer a la verdadera Florencia en las palabras que escuchaba. O sí, pero era sólo una parte exterior de ella la que hablaba, la que había predominado en su conciencia después de haber ocultado, anulado, todo lo demás que seguía existiendo en ella, en su interior, tal vez sin que lo supiera. Una realidad profunda que ella en ese momento se negaba a sí misma y que quería negársela para el resto de su vida. Tal vez lo lograría, tal vez incluso sin demasiado esfuerzo. Afloraría en momentos de soledad y tristeza, ella sabría superarlo cambiando el dial. Pero Fernando sabía que todo aquello más profundo era real, más aún, que era la verdadera Florencia.

Así no es ella, aunque tal vez quiera serlo. ¿Cómo es posible que crea que le basta un hombre al que no ama y que no la ama a ella, o tal vez sí pero no demasiado, y que lo que ella necesita es solamente bailar y salir y tener un compañero "normal" y tal vez mejor sexo que el que él podía darle? ¿Y dónde quedaba todo lo demás? ¿El amor, el verdadero? ¿Los sentimientos por donde se expresa la verdad de uno mismo mucho más fielmente de cuanto pueda decirnos o hacernos creer la razón?

Florencia siguió hablando, frases cortas seguidas de silencios. Ella había pensado decirle más según lo había preparado; pero se dio cuenta de que ya lo había dicho todo, que no le quedaba más que decir. Sólo una cosa le faltaba para que todo sucediera sin recriminaciones ni tragedias, que bien podría haberse esperado de Fernando.

— Fernando, seremos amigos, si tú quieres. Yo así lo espero.

— Cuenta con ello. Tú sabes que te quiero.

San Julián lo dijo sin pensarlo. Por cierto quería seguir siendo amigo de ella, al menos eso. Pero ¿podrían serlo? Florencia quería de verdad conservarlo como amigo. Estaba consciente de que no había sido siempre leal con Fernando en sus relaciones, que lo había hecho sufrir, y tal vez en el fondo, o al menos en un plano algo más profundo que el que aparecía en las explicaciones que le daba y que se daba a sí misma, estaba allí una razón por la que había decidido terminar sus relaciones amorosas con el profesor. Además, lo admiraba y sabía que de él podría aprender muchas cosas y que era entretenido y profundo. Cuando ella le decía que siguieran siendo amigos, no era solamente la frase que siempre se dice para consolar el corazón que queda herido cuando una relación termina. Quería que lo fueran. Sólo que no pensaba realmente lo que eso podía significar para ambos. Ser amigos es contarse lealmente la verdad profunda, y entonces San Julián tendría que decirle cada vez que conversaran que la seguía amando, y ella tendría que hablarle de su real situación interior; pero ella no lo haría porque había decidido negarse a sí misma esa realidad. La comunicación verdadera y profunda no sería posible para ninguno de los dos, porque sería una comunicación hecha de llantos que si se diera se prolongaría en besos y todo volvería a ser como antes. Pero eso ella había decidido terminarlo, y en consecuencia la amistad que podrían tener sería solamente aquella externa en que se encuentran y se cuentan las cosas exteriores de sus vidas: que hice esto o que lo otro o que conocí al fulano y al zutano. Que ¿cómo estás?, bien ¿y tú?, bien también. Y sería mentira. Sería una amistad de aquellas que a San Julián decididamente no le interesaban. Aunque tal vez sí a Florencia que no conocía la amistad profunda y para quien los amigos son los compañeros que rellenan la vida.

Por la mente de San Julián pasaban rápidamente todas estas ideas con una lucidez implacable mientras seguían prometiéndose amistad. Una amistad que Fernando verdaderamente hubiera querido con toda el alma mantener, al menos eso, pero que sabía imposible para él porque la amaba y si quería continuar viviendo, lo único que le quedaba por hacer era alejarse de ella y en lo posible no verla nunca más, porque si no ¿cómo podría olvidarla? Y si no la olvidaba ¿cómo convivir con aquella trizadura metafísica de su alma?

Se lo dijo. Se lo dijo porque no quería que ella pensara nunca de él que era un mezquino que le negaba su amistad, ni un soberbio que aceptaba sólo todo o nada; pero él no quería negársela y se hubiera conformado con muy poco siempre que fuera verdadero. Era sólo que le sería imposible. Se lo dijo.

— Pero yo tendré que alejarme de ti todo lo que pueda ¿lo comprendes?

— Lo comprendo. Pero ¿podré yo invitarte algún día, de vez en cuando? Porque no estoy tan comprometida que no pueda hacerlo.

— Por supuesto Florencia, cuando quieras.

Y mientras decía esto San Julián pensaba que tal vez al menos eso; que por ella estaba dispuesto a tener una amistad exterior, superficial y no verdadera. Que eso sería mejor que nada, mejor que nada.

Pidieron la cuenta y se levantaron. En el camino Florencia continuaba hablando pero Fernando le dijo que no le dijera nada más y que quería estar un rato solo. Se lo dijo porque se había encerrado en sí mismo y ya no la escuchaba y quería llorar pero no delante de ella.


 

Florencia miró sus ojos tristes. Se despidieron con un beso en la mejilla y caminaron en direcciones opuestas. La calle bullía de gente. El ruido y las bocinas de los automóviles y de la locomoción colectiva retumbaban en la cabeza de Florencia como inmensos martillos que la aplastaban. Sentía un vacío indefinible. Caminó largo rato por las calles del centro de Santiago tratando de orientarse. Necesitaba pensar, sí, pensar. De pronto sintió angustia. ¿Y si se había equivocado con la decisión tomada? ¿Qué haría? Tenía miedo de quedarse sola. Se había acostumbrado a Fernando. Le quedaba Marcel, es cierto; pero él no la amaba, y estaría ahora más sola que nunca. ¿Y si se devolvía y le decía a Fernando que todo había sido un error, que no deseaba abandonarlo, que lo necesitaba? ¡Pero no! Ella había tomado ya su decisión y no haría eso.

Llegó a su departamento caminando. Se dejó caer en el sofá. Estaba agotada, se sentía mal, algo dentro de ella le decía que la vida es triste. Sí, sentía una pena inmensa por todo lo ocurrido. ¿Qué era realmente lo que deseaba de la vida? Hacía tiempo que no era feliz; pero ahora pensaba que no volvería a serlo nunca más. Puso en la grabadora un cassette de K.D.Lang. Una voz armoniosa y un ritmo suave la acompañaron esa tarde. Sus mejillas se humedecieron.


 

Los días siguientes Fernando San Julián, el profesor emérito, deambuló por las calles de Santiago como un vago. Pensando. Sólo le quedaba el pensamiento para enfrentar el dolor y la soledad. Pensaba en Florencia. No en él ni en lo que le estaba sucediendo, no en que estaba por ser expulsado ignominiosamente de su querida Facultad, no en que su pequeño mundo familiar estaba también por derrumbarse. No en lo que habría de hacer de su vida que tendría que empezar otra vez desde el principio. Sólo en Florencia.

Se sentó en la única banca desocupada que quedaba en el parque lleno a esa hora de jóvenes enamorados. Sintió un pequeño malestar al tener que instalarse tan cerca de un joven desgreñado que se había tendido en la banca que estaba a su lado. Lo vio levantar el brazo para dejar caer una pequeña cápsula en su boca. Pensó que tal vez había hombres más desgraciados que él mismo, una idea que le hizo tener un ligero sentimiento de resignación. Por su mente pasaban apresuradamente y sin concierto ideas y recuerdos. Poco a poco su mente científicamente conformada formuló la pregunta exacta: ¿Quién es ella? Y esa mente habituada al análisis fue desglosando las alternativas, como hipótesis que se formulan en base a los indicios, desde los datos más simples hasta los más complejos y confusos de la experiencia vivida.

Es verdaderamente curioso que no lo haya hecho antes, que no se hubiera detenido a pensar en la única pregunta decisiva, la importante, la profunda. Es cierto que en todos los meses que pasó junto a Florencia no había dejado de pensar en ella, pero su intelecto agudo se había hecho solamente preguntas secundarias: ¿por qué se vistió de esta manera? ¿se habrá dado cuenta que le miro las piernas mientras doy la clase? ¿qué estará estudiando a esta hora? ¿cuáles serán sus amigos en el curso? ¿por qué me hace esperar? ¿por qué no aparece? ¿qué pensará de mí? ¿qué querrá que hagamos esta tarde? ¿a qué lugar le gustaría ir? ¿habrá quedado satisfecha? e infinitas otras interrogantes transitorias en las que se devanaba los sesos cuando no estaba con ella. Ahora que todo había terminado y que ya no tendría ninguna decisión que tomar, analizaba los mismos detalles que antes, pero bajo la nueva luz que provenía de la pregunta clave: ¿Quién es ella?

Sus reflexiones partían siempre de aquella última conversación, que no terminaba de interiorizar pero que se había grabado en su memoria con extraña fidelidad. "Dijo que quería una relación normal, o sea aspira a ser como cualquier mujer de su edad en esta época espantosamente mediocre; pero ¿por qué quiere ser "normal" si no es porque está terriblemente preocupada de lo que podrían pensar de ella los demás? ¡Como si los demás pensaran mucho en uno, y lo que pensaran fuera importante y la felicidad se asentara en el reflejo que de nosotros se forma en la superficie de la conciencia de quienes nos rodean! ¿Qué se habrá hecho la reina? Pero no, no es eso, porque si eso fuera no sería tan desinhibida para vestirse y se habría preocupado de que no nos vieran abrazados en el Club Hípico, ni me hubiera propuesto que viviéramos juntos en su departamento. ¿Y por qué se viste así tan seductora si no es porque quiere seducir y disfruta haciéndolo? Y si me sedujo a mí ¿en razón de qué pude creer que yo era el único con que andaba? ¿Por qué no me dí cuenta de lo que era obvio, que cada vez que no quería salir conmigo era simplemente porque tenía citas y amores con otros hombres? Pero no, no es eso, porque si fuera no me hubiera dicho que terminaba conmigo porque tenía ahora un compañero. ¿Y por qué lo habrá preferido a él, cuando yo le daba lo que se le antojaba, y era sólo cuestión de esperar un poco para que se lo diera todo? ¿Por qué? No por amor, me lo dijo. Lo que dijo fue que le convenía. ¿Qué significa eso? ¿Acaso él le dará bienestar y seguridad material, que yo ahora no puedo darle porque sabe que lo he perdido todo? ¿Pero cómo es posible que ella esté dispuesta a dar su cuerpo y su alma a alguien que no quiere y que la aburre, porque nadie me saca de la cabeza que ese compañero que ahora tiene es el mismo que escribió en el mensaje que la aburre, sólo porque le proporcionará comodidades e ir a fiestas? ¿No sería eso algo parecido a prostituirse por dinero y bienestar, sólo que hacerlo con uno solo es más cómodo que andar buscando pequeñas cantidades de uno en otro? Pero no, no es eso, porque yo conocí la potencia de su erotismo natural y de esa líbido tremenda que para ella es sin duda una necesidad mucho más fuerte que el deseo de cualquier comodidad y bienestar. Sí, ha de ser una pasión incontenible que la mueve hacia él y la subyuga. Tal vez se trate de un pintor bohemio que le da placeres superiores que la sacian mucho más de cuanto yo pudiera hacerlo. ¿Prostituta entonces? ¡Pero qué pienso! ¿Acaso he vuelto a pensar como mi madre? ¿Acaso la pasión del cuerpo y la libido sentiende no son una maravillosa fuerza de la naturaleza humana donde se asienta la vida misma? Si así fuera, yo no tendría nada que objetar sino solo lamentar haberme dejado llevar tanto por la libido sciende, dejando inexperta mi propia capacidad de hacer el amor. Pero no, no es eso, porque si lo fuera ella no hubiera rehuído durante tantas semanas mis invitaciones que la hacían gozar de verdad con mi cuerpo que yo ponía en sus manos a su completa disposición y del que ella sabía extraer y darnos a ambos placeres exquisitos. ¿Es que se habrá enamorado? No, porque me lo dijo claramente y en esto sí que no hay razón para no creerle, porque hubiera sido lo más fácil de decir para explicarlo todo. ¿Pero entonces qué? ¡Qué!? Tal vez el amor tenga que ver en esto, de alguna forma diferente a las que pueden ser las obvias. Nunca la verdad está en la superficie, por eso que es tan ridículo dejarse llevar por lo que otros piensen o puedan decir de uno. ¿Será que me ama todavía de verdad si es que alguna vez llegó a amarme, y que por ese mismo amor ha decidido ahora abandonarme? A ver... ¿cómo podría ser esto? Que piense, como también lo dijo, que ella no es para mí y que me ha hecho daño y seguiría haciéndolo. Que me ha hecho perder dinero y dañado mi trabajo en la Facultad y que de seguir así también todo mi prestigio acabaría enterrado en el suelo. ¿Habrá tomado conciencia de lo que me ha hecho sufrir con su modo de ser tan inestable y sus vacilaciones y cambios de estado de ánimo personales, y que no puede con eso porque sabe que es así y que entonces terminaría convirtiendo mi vida en un infierno? ¡Si fuera esto, Dios mío, si fuera así! Entonces su amor por mí sería inmenso, mucho mayor que el que yo siento por ella, porque estaría por mí sacrificando su propia felicidad. Pero si me ama tanto ¿por qué no se da cuenta que ya estoy en el infierno? ¿Por qué no me deja decidir yo mismo en qué infierno prefiero vivir? ¿O pensará que este amor y esta pasión que siento por ella pasarán fácilmente y que el tiempo que todo hace olvidar me dará el equilibrio que he perdido? ¿Tiene sentido esto? ¿Será así? Debo pensar de nuevo en nuestra última cena. A ver. Ella fue muy gentil, pero no cálida. Terminó conmigo en forma estudiada, con técnica eficiente que quería ser lo menos dolorosa que fuera posible. Sí, no era frialdad, era técnica estudiada. Y eso ¿qué significa? ¡Cualquier cosa! Desde lo más profundo a lo más superficial. Dios mío ¿comprenderé algún día quién es ella? Pero sigamos pensando, no te detengas Fernando, porque tal vez te estás acercando a la verdad. Supón que ella te ama con ese amor profundo y que está dispuesta a sacrificarse por tu bien y que por eso fue que quiso ser gentil y fría al mismo tiempo. Pero entonces significa que para terminar conmigo se ha buscado un compañero. ¿Pero tienen algún asidero estas locas ideas, o son sólo las fantasías inauditas que engañan al enamorado cuando su amor está herido de muerte? Tengo que seguir pensando, porque debo comprender. ¡Ay mi terrible y fascinante libido del conocimiento, héla aquí aplicada a tratar de comprender lo incomprensible: el amor! ¿Tiene algún posible asidero todo esto? ¿Por qué puedo pensar que ella haya llegado a amarme tanto? ¿Por qué? ¿No estaré siendo sólo fatuamente presuntuoso? ¿Por qué habría de amarme tanto a mí? Pero no, el amor es algo extraño y no tiene que ver tanto con la persona amada sino con el mismo que ama. El amor sale de dentro del corazón, no de quién lo atrae, y llega a ser más profundo o superficial, más puro o engañoso, según lo sea la persona que ama, no el ser amado. ¡Pura lógica perfecta! Entonces la pregunta rigurosamente científica es la siguiente: ¿de dónde pudo brotar en Florencia un amor así? Nada de lo que hemos hecho los dos podría explicarlo. Sólo cabría una hipótesis posible: que ella haya amado antes, tal vez en la adolescencia, con un amor tremendo y que de ese amor salió su alma trizada. No me refiero a un sentimiento herido sino a un alma metafísicamente trizada, como está la mía en este instante. Pero ella nunca me ha dicho que algo así le hubiera ocurrido, de manera que las mías son puras fantasías. Sí, ella no es más que una joven como tantas, hermosa y caprichosa como ninguna, producto de esta sociedad arribista, hedonista y consumista. Y sin embargo ¿por qué nunca quiso hablarme de sus amores juveniles que no es posible suponer que no los tuviera? Y si fuera una muchacha como tantas ¿por qué no obstante su ardorosa sexualidad y su desenvoltura y los modos directísimos que tuvo conmigo para seducirme y llevarme a la cama, era virgen hasta que yo la conocí? ¡Qué enigma entre las aguas! como dijo el poeta. Supongamos que su alma estaba trizada por un amor incomprendido. Si era así, ella no quería enamorarse nunca más y así lo habría decidido porque el sufrimiento tiene que haber sido tremendo. Entonces, no se enamoró de mí porque ella no quería hacerlo, temerosa de pasar nuevamente por lo que había ya pasado. No se enamoró, pero estuvo a punto de hacerlo, y cuando se dio cuenta de que si seguía conmigo acabaría por enamorarse de la misma manera apasionada que la había hecho sufrir tanto anteriormente, entonces decidió recluírse para siempre en la normalidad sin emoción, para defenderse. Ya había logrado anular todo sentimiento el otro día, y tal vez todas estas idas y venidas y el no llegar a nuestras citas y rehuirme, no eran sino el esfuerzo consciente que hacía para no amarme. ¡Sí, fue por eso que me dejó! ¡Cómo la entiendo en este momento en que el cristal de mi alma está hecho trizas!

Pero tonta ¿no te das cuenta que si te hubieras permitido enamorar de nuevo, la trizadura oculta de tu alma, que sólo has olvidado y sacado de tu conciencia pero no curado, dejaría de existir y tu alma volvería a ser como antes, perfecta y transparente? ¿No te das cuenta que sólo si amas de verdad podrás crecer como persona? ¿Que si te niegas al amor te quedarás pequeña porque solamente el amor nos lleva a realizar las potencialidades que tenemos dentro? ¿Que sin sentimientos profundos la vida se convierte en un pasar sin sentido, aunque obtengamos ciertos logros exteriores, materiales y sociales?

¡Qué será de ella, Dios mío! ¿Irá de tumbo en tumbo, de "compañero" en "compañero" encontrando en sucesivos amantes satisfacción a sus poderosas necesidades sexuales, pero sin amar nunca de verdad, y en consecuencia sin encontrar tampoco la verdadera felicidad del sexo? ¿O se aferrará a aquél que haya elegido para el resto de su vida, y con fría decisión se dispondrá a ser con él amable y amorosa: sacaría adelante esa nueva relación con la misma técnica perfecta y eficiente con que terminó conmigo, pero al revés? En este caso, se casará muy pronto. Le hará creer que lo ama y lo hará bastante feliz porque ha decidido entregarse resignada sin amor y sin pasión, seguramente con cariño porque lo habrá escogido bien: él seguramente será un hombre bueno. Capaz que llegue el día en que ella misma se convenza que lo ama, tal vez no mucho pero lo suficiente, como se estila en estos tiempos. Me conviene, dijo, y así también esto se aclara. Me conviene, dijo, porque ella decidió terminar conmigo pensando en mí, pero una vez decidido con el corazón e incluso sin saberlo claramente, no le quedaba otra cosa que pensar en sí misma, en qué haría para no quedar tan terriblemente desolada. ¿Qué será de ella, Dios mío? ¿Se secará por dentro negándose para siempre al sentimiento profundo y la pasión, para defenderse por siempre del amor? ¿Se ha secado ya para siempre? De hecho, me habló sin emoción. Terminó con nuestro amor como se termina un paseo. ¿Será este su nuevo estilo de relación de ahora en adelante? ¡Dios Mío! ¿Qué será de ella? Se convencerá de que no es reina. ¡Y sí lo es! Y no lo será, porque se convertirá en una esposa eficiente y abnegada como tantas normales plebeyas que llenan este mundo y que se sienten satisfechas con tan poco; o bien en una mujer que andará detrás de uno y otro buscando compañía para su soledad. ¡Dios mío! Pero si es verdad que me dejó por temor a enamorarse debo concluir que no está enamorada de mí y en consecuencia que lo que he pensado tampoco es completamente cierto, sino sólo que me quiere bien pero no tanto y que ha decidido dejarme no porque me ama sino porque cree que eso será lo mejor para ella misma, y tal vez por una mezcla de todas las razones que se me han ocurrido. ¡Qué confusión en mis pensamientos! Pero ¿quién es ella entonces, finalmente? Una mujer, sí, una mujer maravillosa y cobarde al mismo tiempo, que supo amar pero que perdió la valentía para hacerlo de nuevo, y que piensa ante todo en ella misma. ¡Una mujer! ¿y quién podría entenderla? De todos modos para mí seguirá siendo para siempre ¡una reina!

Pero en verdad reina no era, porque en ese mismo momento en que San Julián desarrollaba sus alucinadas elucubraciones, Florencia se sentía y se sabía esclava de Marcel. La inteligencia poderosa de San Julián hecha clarividente por el amor no estaba muy lejos de la verdad: ella lo había dejado porque su alma estaba rota. Sólo que él no tenía cómo saber que la trizadura en el alma de Florencia no la había provocado un amor anterior sino la maldad incontrolada de Marcel, el mismo que en ese instante estaba en el Parque Forestal, en el banco del lado al que ocupaba el profesor San Julián, haciendo otras también lúcidas combinaciones cerebrales bajo el efecto de la droga.

San Julián se levantó, lo miró de soslayo, pasó delante de él y se fue a su casa.

 

Luis Razeto

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