XI. ​​​​​​​A Florencia la clase de San Julián le pareció interminable.

XI.


Esta vez a Florencia la clase de San Julián le pareció interminable. Estuvo todo el tiempo desasosegada, inquieta, incómoda en su asiento. No lograba prestar atención a la materia que el profesor explicaba, que le parecía más difícil de entender que las clases anteriores. Cruzaba las piernas, las estiraba detrás del asiento de adelante, las recogía intermitentemente. Había llegado a la sala cuando tanto la primera fila como las dos últimas estaban ya ocupadas, de manera que se sentó en el asiento más lejano de la puerta que encontró desocupado. No había pensado ninguna táctica para usar ese día con el profesor. Lo único que tenía claro era que hablaría con él cuando terminara la lección.

San Julián se percató de la inquietud de Florencia que poco a poco se le fue trasmitiendo a él mismo. Dictó la clase paseándose ininterrumpidamente de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Los alumnos seguían sus pasos con un movimiento rítmico de las cabezas, como los espectadores de un partido de tenis pero en cámara lenta.

Florencia estaba complicada, se sentía confusa. Al ver de nuevo al profesor y sentir la tierna mirada que él le dedicaba cada vez que volvía desde la puerta hacia la ventana, se sintió atraída nuevamente por él con la misma intensidad del primer día. Pero no podía sacar de su mente el recuerdo de sus recientes encuentros y flirteos con Marcel. Un sutil remordimiento, la extraña sensación de haber faltado a la fidelidad, de haber sido desleal, le producían un confuso estado mental. Sin embargo, apenas la idea de infidelidad empezó a tomar forma en su mente la rechazó con un gesto de su mano (como el que hacemos para alejar a una mosca que insiste en posarse en la frente). No tenía ningún compromiso con el profesor, no había hecho nada que pudiera significar deslealtad porque ninguna obligación ni deber había asumido con él. Era libre, completamente libre de hacer lo que quisiera. No podía en consecuencia haberle sido en nada infiel.

Florencia no sabía que la verdadera fidelidad no tiene que ver con la persona del otro ni surge de algún compromiso formal, pues es algo que existe o no existe al interior de uno mismo. Se es fiel o infiel a un sentimiento, a una idea, a un amor que uno alberga en el propio interior. La fidelidad o infidelidad son siempre de uno con respecto a sí mismo, y era esta profunda verdad la que generaba en ella ese sutil remordimiento, aquella sensación de infidelidad, el desasosiego interior.

La clase terminó como siempre y el encuentro entre Florencia y San Julián no tuvo esta vez complicación alguna. Simplemente, ambos se quedaron en sus respectivos asientos esperando que todos los demás hicieran abandono de la sala.

Caminaron hacia el estudio del profesor como si eso fuera obvio para ambos. En el trayecto intercambiaron pocas frases, que dejaron claro los motivos (al menos los motivos exteriores) de que no se hubieran visto por tres largas semanas. Florencia le contó de sus intentos de encontrarlo en el estudio y de su llamado telefónico, frustrados por ese "perro guardián que controla la puerta del santuario". San Julián le contó de su intenso trabajo, para el cual requería no ser interrumpido por "los demás" alumnos y profesores. Naturalmente, Florencia nada dijo de sus relaciones con Marcel, ni San Julián de sus contradicciones vitales por las que había decidido no permitirse una relación más íntima con ella fuera de los asuntos de estudio.

— ¿Pero no va a permitir a nadie conocer el avance de su investigación? ¿Ni siquiera a mí, que estuve presente en el momento en que tuvo la gran idea?

— Tienes razón. No ha de correr para ti el aislamiento que me he impuesto.

— ¡Pero su cancerbera no me deja pasar! ¿Me dejará ahora?

El profesor vaciló un momento, y Florencia intuyó —y la experiencia le había demostrado que rara vez eran equivocadas— que el profesor no se atrevía a decirle expresamente a su secretaria que a ella debía dejarla pasar. Y junto con la intuición, un diablito interior le sugirió la idea de jugar un poco con ese problema de San Julián. Pensó que sería un verdadero triunfo sobre el profesor lograr que le diera a la secretaria instrucciones precisas. Se imaginó a sí misma entrando a su estudio sin hacer caso del letrero en la puerta y mirando con desdén, no, mejor, dispensándole una amplia sonrisa de triunfo, a esa odiosa secretaria que la había tratado en aquella forma...

Entre la vacilación del profesor y las fantasías de la alumna se produjo un curioso silencio. San Julián buscaba cualquier idea que le permitiera cambiar el tema de la conversación, pero no se le ocurría siquiera una frase. Ella, mirándolo maliciosamente a los ojos, dijo, divertida:

— Tendrá, pues, ilustre profesor de esta eximia casa de estudios, que ir a decirle a su obediente secretaria que yo, bendita entre todas las mujeres y hombres de la Facultad, dispongo de un salvoconducto especial, único, emitido y firmado personalmente por usted, por el cual tengo acceso liberado a este sagrado lugar de la ciencia.

San Julián se rió de buena gana, dejando ver a Florencia casi entera su bien dispuesta dentadura. (Ella se fijaba siempre en los dientes de los hombres, que no sabía por qué influían tanto en sus sentimientos y en la opinión que se formaba de ellos. Quizá por aquello de los caballos...). La mirada y las palabras maliciosas de Florencia, lejos de molestarlo, la hicieron parecer a sus ojos aún más interesante. Le encantaba la juvenil desenvoltura de Florencia con la que ella atravesaba sin dificultad alguna, como si no existiera, aquella capa exterior de seriedad que siempre inhibía a las personas que lo conocían poco. Con su comportamiento espontáneo y directo ella llegaba hasta el fondo de su alma, que se conservaba alegre y vital como la de un adolescente.

— Muy bien, lo haré, lo haré, no debes preocuparte. Pero —agregó de inmediato —debes saber que en verdad necesito aislamiento y concentración en esta fase de mi investigación.

— No se preocupe tampoco usted profesor, que no tengo intención de venirme a vivir, por ahora, a este austero lugar.

Una nueva pequeña tentación se evidenció en los ojos de Florencia, que adquirieron un brillo más de alegría que de malicia.

—A propósito, ¿permitiría usted que me encargara de poner en este estudio suyo un "toque" de vida? No se preocupe, se trataría sólo de algo para poner aquí o allá, que haría de su estudio un lugar más acogedor que podría animar sus largas jornadas de encierro.

San Julián vaciló nuevamente, pero se decidió pronto pensando que no le sería fácil hacerla desistir de su idea.

— Está bien; pero ha de ser algo muy sobrio y, por favor, que no te signifique gasto alguno, porque entonces no podría permitirlo.

Por la cabeza de Florencia pasaron rápidamente varias ideas. Pensó en plantas, afiches, fotografías, adornos de varias clases y tamaños, pero se limitó a decir:

— Sí, algo muy sobrio y chiquitito, que pasará desapercibido hasta para su secretaria; no se preocupe.

El curso intrascendente pero de extraña intimidad que había tomado la conversación empezó a inquietar a San Julián, que acercó un libro con un gesto que Florencia supo interpretar en su exacto significado.

A través de las pocas conversaciones que habían tenido, Florencia estaba adquiriendo rápidamente un conocimiento bastante a fondo del carácter y el modo de ser de Fernando. A medida que iba descubriendo nuevas facetas del profesor —su inteligencia, su ternura, la fuerza de su espíritu no obstante la cual evidenciaba rasgos de inseguridad en los aspectos delicados de las relaciones humanas, su jovialidad escondida detrás de su expresión y sus gestos severos—, le iba gustando cada vez más. Junto con el conocimiento adquirido iba sintiendo creciente curiosidad, intuyendo que habría todavía mucho más que descubrir en ese hombre, y cada nuevo pequeño descubrimiento le provocaba secreto placer. Existe, pensó para sí, una tercera libido además de las dos que menciona Fernando: el placer del conocimiento concreto de una persona especial.

Temiendo, pues, que el profesor tomara cualquier iniciativa que pudiera poner término a este encuentro se apresuró a cambiar el tema de la conversación. Dejó caer el mechón del cabello que retorció entre los dedos ocultando con él uno de sus ojos y dijo:

—Profesor, la última vez que conversamos aquí usted comenzó a explicarme la evolución de la física moderna. Me iba a contar cuál fue esa hipótesis capaz de fundar un nuevo paradigma científico, la idea que tuvo en un momento de iluminación aquí en mi presencia. Estoy profundamente interesada. ¡Continúe por favor, por favor, esa explicación!

El gesto de obvia coquetería encantó a San Julián, al tiempo que el vuelco que con sus palabras dio Florencia a la conversación fue sentido por San Julián como un alivio. No es que le hubiese desagradado la conversación anterior, enteramente dominada por los alegres y maliciosos comentarios de ella; pero se sentía incómodo, porque la liviandad e intrascendencia de lo dicho por ambos no correspondía a lo que él estimaba un adecuado intercambio entre un profesor y una alumna. Las últimas palabras de la jóven, además, correspondían exactamente a la imagen que quería formarse de ella: una estudiante destacada, apasionada por la ciencia, destinada a consagrarse como él al saber puro y desinteresado. Sí, Fernando San Julián entendía la dedicación a la ciencia como una verdadera consagración, una vocación a la que tal vez muchos eran llamados pero muy pocos los felices elegidos. Una consagración que no se satisface con tiempos parciales y pequeños trabajos aislados, pues requiere la plenitud de la entrega personal, una resolución de la que no es posible sustraerse.

No deja de sorprender que San Julián se equivocara con Florencia. La imagen de ella que se había creado interiormente no correspondía a las verdaderas motivaciones de Florencia al acercársele. Es cierto que ella era una buena alumna, inteligente, que aprendía con rapidez y que le interesaba el conocimiento. Pero el profesor la idealizaba al atribuirle una vocación científica superior, tal vez sublimando los deseos que la belleza sensual de la joven había despertado en algún pliegue reprimido de su propia naturaleza.

Pero el hecho de que hubiese sido ella la que volviera la conversación al cauce adecuado; de que hiciera aquello que él mismo no supo cómo lograr no obstante ser quien tenía todos los recursos para hacerlo, tuvo en el profesor, una vez más, el efecto de confirmarlo en su imagen. Aún más, de acrecentar su admiración por esta joven desenvuelta que muestra poseer la libertad de los espíritus superiores, elegidos por la Ciencia para ser sus portadores en la tierra.

Fernando San Julián sintió entonces el llamado del deber: el destino había querido que fuera él quien forjara ese espíritu, quien tallara el diamante en bruto que habría de convertirse en una preciosa joya capaz de recibir luces magníficas. Él, conocedor de que ese feliz resultado no se alcanza con lecturas vagas y conocimientos aislados sino con estudio metódico, con dedicación constante, con tenacidad concentrada, con larga paciencia, ningún bien haría a Florencia con explicarle sus últimas y todavía inseguras intuiciones y descubrimientos. Sabía que obtener sin pagar es un anhelo general, tentación que amenaza especialmente a los jóvenes impetuosos. No. Él no le daría a conocer su reciente teoría hasta que la maduración intelectual de Florencia llegara al punto en que sus nuevas ideas significaran para ella, no ya simple curiosidad juvenil sino auténtica necesidad científica.

Además, si en el momento inicial de la gracia en que había recibido gratuitamente el don superior, estuvo dispuesto a compartir aquel milagro de felicidad, ahora que el éxtasis había dejado paso al trabajo de construcción, a la técnica de los análisis y de las relaciones teóricas, lo que Florencia le pedía se había convertido ya en su tesoro de avaro, del que no podía desprenderse sin gran sufrimiento.

— Mi querida Florencia, no puedo explicarte los fundamentos de un nuevo paradigma científico si aún no dominas las complejas estructuras teóricas de la física contemporánea. No lo entenderías bien. Aún más, llevaría confusión a tu espíritu y pondría una dificultad adicional al estudio de varias materias de tu carrera.

Florencia se sintió ofendida. No esperaba esta respuesta. Tampoco la aceptaba. Su certera intuición le mostraba la otra razón de la negativa, aquella no expresada por el profesor. Se dio cuenta también, por el tono doctoral que adoptó San Julián, que su voluntad era firme y su decisión irrevocable. Pero ella tampoco era fácil de vencer y, cuando se proponía algo, siempre lo conseguía. Decidió atacar.

— ¡No sabía que fuera un profesor egoísta! ¿No es acaso el deber de los profesores transmitir sus conocimientos a los alumnos deseosos de aprender?

Cualquier profesor se habría ofendido con las impetuosas palabras de Florencia y con su tono enojado. ¿Con qué derecho...? Pero San Julián no podía enojarse con Florencia, ni quería hacerlo. Al contrario, interpretó sus palabras como expresión de aquella pasión por el saber que domina a los espíritus superiores elegidos para ser portavoces de la Ciencia. Pero esto mismo lo confirmó en su decisión: él tenía una responsabilidad principal en la formación de la joven.

Le explicó entonces, pacientemente, que la ciencia es como una catedral que se levanta sobre cimientos que no deben ser descuidados aún cuando se estén colocando las cúpulas; que todo nuevo desarrollo teórico, aún cuando supere y corrija los conocimientos anteriores, aún cuando sea completamente revolucionario e implique una ruptura con todo el saber acumulado, encuentra en éste sus fundamentos y razones. Que una vocación científica verdadera requiere disciplina y método en el proceso de aprendizaje, durante largos años, antes de que esté en condiciones de acceder a los vértices.

Florencia lo escuchó con interés pero no quedó convencida. El sermón de San Julián lo entendía como justificación de su negativa a compartir con ella el placer espiritual que había sentido en aquél momento de éxtasis. Hizo un último intento, adoptando la más seductora actitud que le fue posible, reprimiendo el enfado que asomaba en el color que adquiría su rostro y que, sin embargo, acentuaba su belleza. Le dijo fijando sus ojos en los suyos, dulce y maliciosamente a la vez:

— Está bien mi querido profesor. Estoy de acuerdo con todo lo que dice. Pero creo que en este caso particular, merezco que usted comparta conmigo, aunque no llegue a entenderla completamente, esa iluminación que usted tuvo en mi presencia mientras me miraba a los ojos. Después de todo ¿no le parece que tuve algo que ver también yo en el íntimo placer de su éxtasis, y que debiera al menor compartir aunque sea unas migajas conmigo, unas pequeñas chispitas de aquella luz?

San Julián cayó rendido ante la dulce embestida de Florencia. Tomó en las suyas la mano que ella le extendía seductora, e inclinándose hasta dejar sólo unos centímetros de distancia entre ambos le dijo muy quedo:

— Tienes razón. Te lo enseñaré todo. Pero no de una vez. Si te explicara en este momento la idea, pensarías que no vale gran cosa, que no tiene sentido, que es una manera de ver la realidad que vale tanto como su contraria. Es preciso que tengas paciencia y que te explique cuidadosamente la trayectoria que ha seguido la física en las últimas décadas. ¡Lo haré con mucho gusto, si quieres!

¿Se hubieran besado si en ese momento la secretaria, impaciente por la excesivamente larga entrevista de San Julián con la joven, no se hubiera decidido finalmente a golpear con sus nudillos la puerta del estudio del profesor? Tal vez sí porque Florencia, al ver a Fernando vencido, sintió que su corazón también se hacía todo agua y luz mientras sus labios se entreabrían y sus ojos se cerraban inconscientes. Pero no tenemos como saberlo, pues ambos oyeron la manecilla de la puerta que comenzaba a girar obligándolos a alejarse.

— ¡Estupendo! No podría querer algo mejor —fue la respuesta de Florencia que Cecilia alcanzó a escuchar mientras abría la puerta.


 

Las explicaciones de San Julián comenzaron ese mismo día y continuaron en las semanas siguientes. San Julián le explicó que la concepción del mundo como una máquina compuesta de partículas infinitesimales relacionadas causalmente se desmoronó bajo el impacto de dos teorías revolucionarias, la cuántica y la relatividad, que condujeron a una visión de la materia como un todo extraordinariamente complejo, al mismo tiempo armonioso y caótico, como una red de relaciones dinámicas en permanente movimiento y transformación. Le explicó largamente cómo la física puso de manifiesto que las partículas subatómicas no existen con certeza en lugares definidos sino que más bien evidencian "tendencias a existir en el espacio-tiempo".

Así fue como Florencia llegó poco a poco a comprender y no sólo a imaginar, por qué los objetos materiales sólidos de la física clásica se disuelven en pautas de probabilidades; y no de cosas sino de interconexiones de energías. Poco a poco fue introduciéndose en el misterio de las interconexiones dinámicas entre interconexiones dinámicas.

San Julián se entusiasmó especialmente explicando que la física, habiendo sido por varios siglos una disciplina especializada entre tantas, se había convertido actualmente en la "ciencia madre", una ciencia general fundante de las otras disciplinas, capaz de mostrar la unicidad básica del universo como una trama cósmica imposible de descomponer en unidades que existan independientemente. Decía esto con tanta convicción y orgullo que a Florencia le pareció que lo que en realidad estaba afirmando, era que toda la Universidad con sus diferentes facultades y escuelas se levantase sobre la Facultad en que se encontraban y, aún más exactamente, sobre el mismísimo Fernando San Julián, representante eximio de la disciplina.

Estas explicaciones siguieron un curso irregular. Florencia volvió el día siguiente; pero a una hora inapropiada porque el profesor debía dar una lección. Las visitas al estudio se sucedieron durante tres semanas, al principio bastante seguidas, pero luego se fueron distanciando a medida que Florencia se iba cansando de tan largas explicaciones, que parecían no acercarse al momento esperado en que Fernando finalmente considerara llegado el momento de explicarle su éxtasis, que era aquello que en realidad quería saber. Además, el interés por la ciencia era en ella más débil que el que tenía por el hombre. Además, como sabemos, ella tenía otras entretenciones y estaba incubando en su cuerpo una pasión muy distinta.


Luis Razeto

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