XXXI. Debo ser yo quien dé el paso.

XXXI.

 

Debo ser yo quien dé el paso. Seguramente ella ha de estarlo también esperando. Esta idea, que por primera vez pasó realmente por la cabeza de Fernando lo sobrecogió. ¡Que tonto soy! ¡Y qué inconsciente! ¡Cómo he podido hacerla sufrir de este modo! Se imaginaba que Florencia estaría esperándolo en el mismo estado en que él se encontraba. Lo vio con claridad. ¡Claro! Porque no le dí oportunidad de explicarse. Cuando le dije que era descortés ella respondió escuetamente "no lo soy". Tal vez tenía razones valederas y muy serias para no aparecerse ese día, y yo no fui siquiera capaz de escucharla. Y ella también tiene dignidad y espera que mi amor sea más grande que mi orgullo, y que si no lo es con toda razón no lo quiere.

Pensó en ir de inmediato a buscarla. Miró la hora. ¿Estará en la cafetería almorzando? Partió rápidamente pero a mitad del pasillo se detuvo y volvió sobre sus pasos. Seguramente estará con sus compañeros y no podré abordarla y decirle todo lo que quiero. ¿Cómo establecer una cita? ¿Cómo decirle que quería encontrarse con ella y conversar de todo aquello?

Se le ocurrió una idea. Tomó un papel y escribió varias frases. Lo puso en el bolsillo y partió a encontrarla. Allí estaba, sentada sola en una mesa. No sola, se dio cuenta al acercarse, pues en la mesa se veía otro almuerzo servido. Llegó a la mesa, la miró a los ojos y sonriente le pasó el papel.

— Señorita, tiene un recado.

Ella tomó el papel y leyó:

"Te invito esta tarde después de clases a:

* El Arrayán — 7

* Cenar y hacer lo que decidamos — 6

* Tomar onces y conversar — 5

* Ir al cine — 4

* No puedo — 3

* No debo — 2

* No quiero — 1

¡Póngase la nota usted misma!"

Florencia tomó el papel con el ceño fruncido, pero al leerlo su rostro se distendió y dijo alegremente mirando al profesor:

— ¡Qué simpático!

Sacó un lápiz y escribió sin permitir que Fernando leyera. Terminó de escribir pero no le pasó de inmediato el papel al profesor, que esperando ansioso la respuesta le dijo:

— Espero que hayas aprobado este examen.

— Espero que sí —respondió ella con el rostro animado.

San Julián se sintió feliz: todas las angustias de esos días se disiparon: ¡estaría con ella esa tarde! No cabía dudas. ¿O sí? ¿Qué habrá escrito en el papel? ¿No será que estará... No quiso seguir pensando. Se limitó a decir buscando asegurarse:

— Tú sabes, con un tres se reprueba.

— Por supuesto que lo sé —respondió ella con el rostro animado.

Parecía contenta y San Julián se tranquilizó completamente. Seguramente se le habrá ocurrido algún lugar especial donde ir. Por ejemplo, no al motel del Arrayán sino a otro donde hemos ido o que quiera conocer. Ella dobló el papel varias veces y se lo pasó. San Julián lo iba a leer pero en ese instante llegó a la mesa un joven que tomó asiento ante el almuerzo servido. Guardó el papel en el bolsillo y se retiró.

No cabía en sí de gozo. Llegó a su estudio sin leer el papel. No era necesario apurarse. Estaba gozando con las palabras y actitudes de Florencia. Ella había encontrado simpático el modo en que él la había abordado. Se había reído. No tenía de qué preocuparse. Sólo quería estar tranquilo, solo en su estudio para disfrutar a sus anchas el mensaje que ella podía haber agregado. ¡Seguramente concretando más la cita!

Sacó del bolsillo el papel doblado y se sentó. Lo miró. No había marcado ninguna alternativa, pero había escrito: "Me gustaría el número seis, pero hoy tengo algo aburrido que no puedo dejar de hacer".

La tristeza volvió a los ojos de Fernando. ¿Es que juega conmigo? Pero no está jugando, porque la vi verdaderamente contenta, animada. Sí, dice que le gustaría. O sea ese es su deseo; pero no puede. Debo entender que ella quiere pero hoy no puede. ¿Por qué no puede? Porque tiene algo aburrido que hacer, algún compromiso ya adquirido que no puede dejar aunque quisiera. Y para que no me preocupe, me dice que es algo aburrido. ¡Y lo subraya! ¿Por qué lo subraya? ¡Si lo subraya es porque tiene algo que ver con nosotros! Si no, no lo hubiera subrayado. ¿O sí? ¿Me está recalcando que prefiere hacer algo aburrido antes que estar conmigo? No, decididamente no es eso, porque me dice que quisiera pero no puede, y además su cara estaba animada, contenta. ¿Por qué pienso mal de ella?

En la mente de Fernando se introdujo entonces una idea, venida de fuera porque la recibió como una intuición, como un mensaje que Florencia le estuviera mandando. Se le había ocurrido la idea completamente loca de que Florencia esa tarde tenía un compromiso con algún joven pretendiente al que tenía que despachar para quedar después completamente libre para él.

¿Se imaginará Florencia todo lo que un enamorado puede leer en un simple papel de la amada?. Pero le volvió la duda. ¿Estaré interpretando bien el mensaje? No dice nada de encontrarnos en otro momento, nada concreto. ¿Cómo salir de la duda? La llamaré por teléfono apenas pueda. Sólo ella me lo puede aclarar todo.


 

Florencia estuvo inquieta toda la tarde. Su decisión estaba tomada. Esa noche terminaría con Marcel y quedaría libre para encontrarse con Fernando sin remordimientos. Se dio muchas vueltas en el departamento sin saber cómo hacer pasar el tiempo más rápidamente.. Salió a la calle. No se le ocurrió nada mejor que ir al cine y entrar a ver "El Amante", dirigida por Jean-Jacques Annaud. Se imaginaba que con ese título algo habría de encontrar que le ayudara en la situación en que se encontraba.

La película contaba la tristísima y cruda historia que sucedió en Saigón entre una hermosa adolescente blanca y un chino rico apasionado y gran amante, mayor que ella, que hacen recurrentemente el amor en el departamento del hombre. Él sacia sus pasiones dándole a ella placeres de los que no podrá prescindir. Entre ellos hay puro sexo, sexo fuerte. Ella no sabe por qué llega cada noche a su encuentro. ¿Era sólo buscando el placer o era por conveniencia material? El se enamora de ella, pero no está dispuesto a tomarla para siempre como su compañera porque es débil, reblandecido por la vida regalada y no podría vivir sin el consentimiento de su padre. Ella no reconoce haberse enamorado del hombre con el que hace el amor, hasta cuando se aleja para siempre en un barco y llora por ese hombre que la hizo gozar y sufrir hondamente y que ya nunca más volverá a ver.

Las escenas eróticas del film y la confusión de la protagonista que no comprendía cuáles eran los verdaderos motivos que la llevaban a entregarse cada noche a su amante —si el deseo del placer o la conveniencia o un amor verdadero no reconocido conscientemente— conmovieron a Florencia. Le sucedía a menudo entrar en los personajes de las películas e identificarse con algún aspecto de las historias que veía. Pero esta vez se sintió identificada con la muchacha del film hasta el punto que no sabía si eran los sentimientos y confusiones de ella las que se le habían transferido, o si era su propia y triste historia la que había visto representada en la escena. El amante de la película era para ella el mismísimo Marcel. Lo cierto fue que Florencia entró nuevamente en una gran confusión mental, sentimental y moral, que no la predisponía bien para enfrentar el encuentro que tendría con su propio amante pocos minutos después. ¿Por qué vuelvo siempre a él? ¿Solamente por el placer que me da? ¿No será que igual que aquella adolescente blanca me haya enamorado de Marcel sin saberlo, sin quererlo, sin querer reconocerlo, y cuando ya no lo tenga llegue para mí el momento de llorar?

No tuvo tiempo siquiera para sentarse, porque apenas un minuto después de volver a su departamento y cuando estaba recién tratando de ordenar sus ideas y emociones y de pensar cómo lo enfrentaría, sintió los pasos desgarbados del poeta que se acercaban por el pasillo media hora antes de la hora convenida.

Marcel no le dio respiro. La estrechó en sus brazos diciéndole que hacía tanto tiempo que deseaba verla, estar con ella, hacer el amor. Después de tan larga ausencia, de tanta espera, estaba ansioso de su cuerpo.

— ¿Por qué te fuiste sin siquiera decirme dónde ibas? ¿No estabas también tú deseosa de encontrarme?

Pero no dejó que ella le respondiera: puso su boca sobre los labios cerrados de Florencia y la besó con tanta pasión que ella entreabrió los suyos dejándolo hacer lo que él tan bien sabía. Confundida y excitada todavía por las escenas eróticas del film, Florencia se olvidó de todo lo que había pensado decirle y se le entregó sin saber si era realmente ella la que estaba allí, o si estaba viviendo simplemente la continuación de la triste historia de amor que acababa de ver en el cine y que la había estremecido por dentro.

Esa noche Marcel fue amable con Florencia. Había comprendido que ella había estado a punto de escapársele. De hecho lo había dejado por tantas semanas. Cuando lo llamó por teléfono se había dado cuenta de que al desear ella encontrarlo fuera del departamento, en un lugar donde solamente pudieran conversar, su intención no era otra que dejarlo. Ya había conocido antes esa habilidad de Florencia que por tanto tiempo logró mantenerlo a distancia a pesar de todos sus esfuerzos por seducirla. Él no lo permitiría otra vez. Aún no había concluido con ella, debía terminar la obra comenzada. Por eso actuó como lo hizo y esa noche fue gentil y seductor como sabía hacerlo, aplicando la táctica adecuada a la circunstancia. Incluso le dijo que pronto le daría a conocer su teoría poética, aquella que Florencia le había dicho e insistido varias veces que quería conocer.

Cuando en la mañana Marcel abandonó el departamento Florencia estaba más confundida que nunca. Había tenido sexo con Marcel y tenía deseos de encontrarse con Fernando. Debía decidirse por uno. La situación le parecía insostenible. ¿A cuál de los dos dejaré plantado?

Después de mucho darle vueltas al asunto decidió dejar a Fernando San Julián. Se sentía sin fuerzas para resistirse a Marcel, él la dominaba, no podría jamás liberarse. Pero no quería hacerle daño al profesor. Él era tan bueno y la amaba. Ella también lo amaba, pero ¿qué hacer? No podía seguir con ambos. Pensó que en esas condiciones seguir con Fernando lo haría sufrir, porque ella no era libre para quererlo como él deseaba. Le haría daño cada día más; aún más del que ya le había hecho. Además, él tiene su esposa, su familia, su vida, y yo no he sido más que una intrusa. Lo dejaré, sí, no es justo hacerlo sufrir de ese modo por causa de mi debilidad y mis vacilaciones. Nunca se había sentido más vacía y más triste en su vida.

 

Luis Razeto

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