Luis Razeto - La libertad y la solidaridad como condiciones y caminos hacia la igualdad y horizontalidad.

LA LIBERTAD Y LA SOLIDARIDAD COMO CONDICIONES Y CAMINOS HACIA LA IGUALDAD Y HORIZONTALIDAD.

Luis Razeto

(Ponencia en el Workshop "El desafío de una sociedad más horizontal y menos desigual).

Me propongo precisar los fundamentos de la igualdad entre los seres humanos, e identificar los fines que razonablemente podemos plantearnos en cuanto a la igualdad y la horizontalidad en la sociedad, y decir algo sobre cómo avanzar hacia su logro. Ello sin afectar sino potenciando la libertad individual, y generando una mayor y mejor integración solidaria.

1.- A menudo se contrapone la libertad y la igualdad, como si fueran valores u objetivos que se niegan mutuamente: a mayor libertad mayor sería la desigualdad consiguiente, mientras que un alto nivel de igualdad tendería a impedir la libertad. Porque se ha entendido así, es que la principal diversidad de posiciones, conflictos y antagonismos políticos, se da entre quienes privilegian el valor y el objetivo de la igualdad, y quienes enfatizan el valor y el objetivo de la libertad.

Pero como la afirmación de uno y la negación del otro resultan insostenibles económica y políticamente, se ha buscado conciliar ambos valores y objetivos estableciéndose distinciones entre lo que serían la igualdad de hecho y la igualdad de derecho, o la igualdad de condición y la igualdad de oportunidades. También se ha buscado algún equilibrio entre ambos objetivos, tal que una excesiva igualdad no elimine la libertad necesaria, o una excesiva libertad no destruya la igualdad mínima indispensable. Y una tercera forma de articular ambos valores ha consistido en distinguir ámbitos de validez para uno y otro. Así, algunos ‘luchan’ por la igualdad económica, plantean restricciones a las libertades políticas y de opinión, y promueven la libertad en los derechos civiles. Otros defienden la libertad económica pero buscan restringir el ejercicio de las otras libertades. Entre el extremo liberalismo y el extremo igualitarismo existe una amplia gama de combinaciones.

Estas diferentes “soluciones” conceptuales y políticas no ayudan mucho a clarificar la cuestión, o son claramente insuficientes, toda vez que los valores y objetivos de la igualdad y de la libertad tienen, ambos, algo de absoluto. En efecto, la afirmación “todos los hombres somos iguales” expresa una convicción y un ideal que mueve a buscar el máximo de igualdad posible en todos los campos; del mismo modo que la libertad, entendida como aquello que nos define como seres humanos, mueve a buscar la más amplia y extendida libertad. ¿Es posible un nuevo modo de entender y resolver la cuestión?

2.- Propongo partir considerando algunos hechos básicos.

Un primer hecho es de carácter individual. Yo podría tener más o menos poder político, mayor o menor riqueza económica, y más alto o más bajo reconocimiento y valoración cultural, si mis aspiraciones hubiesen sido diferentes a las que han sido, si hubiera efectuado otras decisiones en mi juventud, si mis opciones éticas fuesen otras. Este es un hecho que puede extenderse a todas las personas. Toda persona que esté consciente de las opciones que ha hecho y que analice con objetividad sus propios comportamientos y hábitos de estudio, de trabajo, de consumo y de entretención, sabe que podría ser actualmente más o menos rica, más o menos poderosa y más o menos culta, de lo que es. Si es así, debemos concluir que las preferencias, las opciones vitales, la ética personal y los modos de vida asumidos individualmente, influyen en el lugar que cada uno ocupa en la estructura social, en la organización económica, en la institucionalidad política y en el mundo cultural. Esta incidencia de las opciones individuales puede ser mayor o menor, según el grado de desarrollo de la libertad alcanzado por cada uno. A mayor libertad, mayor incidencia individual en la riqueza, el poder y el conocimiento.

Un segundo hecho que tener en cuenta es de carácter natural y social. La biología nos hace desiguales, determinando que tengamos distinto sexo, diversidad de razas, y diferentes condiciones de salud, de fuerza, de agilidad y de destrezas motoras, nerviosas, emocionales e intelectuales. La geografía, las condiciones climáticas y el medio ambiente causan desigualdades importantes entre los distintos grupos y asentamientos humanos en la Tierra. La historia nos ha diferenciado en etnias, naciones y pueblos. Entre los seres humanos encontramos individuos de poca inteligencia y genios, feos y hermosos, débiles y fuertes, agresivos y tímidos, violentos y pacíficos. Todas las desigualdades entre los seres humanos que se manifiestan y acentúan en las estructuras y procesos económicos, políticos y culturales, nos obligan a reconocer un fuerte condicionamiento geográfico, biológico, histórico y social del nivel de riqueza, de poder, de conocimientos y de cultura que tenemos cada uno. Pero, también en este sentido, el grado que tenga ese condicionamiento que experimenta cada individuo, se relaciona con el nivel de desarrollo de la libertad alcanzado. A mayor libertad, menor determinación geográfica, biológica, histórica y social en la riqueza, el poder y el conocimiento.

Un tercer hecho que hay que tener en cuenta es la interacción e influencia recíproca entre los individuos. Sea por condiciones y talentos naturales, sea por vocación y dedicación especial a determinadas actividades, existen en todas las sociedades personas que destacan por sobre los demás, por la excelencia de sus logros y realizaciones. Científicos y pensadores sobresalientes, artistas eminentes, deportistas excepcionales, políticos pioneros, empresarios notables, creadores, innovadores, precursores. Estas personas, que aportan excelencia, son de enorme importancia para el desarrollo de la humanidad, y también influyen muchísimo sobre las personas que se relacionan e interactúan con ellos. Porque las personas estamos vinculadas estrechamente unas con otras, nos influenciamos, actuamos mirando a los demás y aprendiendo de ellos, nos atraemos y establecemos afinidades y diferenciaciones.

En este sentido, si bien todas las personas realmente libres tienen la potencialidad de alcanzar un alto nivel de desarrollo humano en alguno o varios campos de actividad, hay que tener siempre en cuenta la acción de los otros, de las relaciones sociales y vínculos comunitarios, que predisponen en ciertas direcciones y que facilitan u obstaculizan el desarrollo. Un niño que nace en un ambiente de deportistas, donde se valore el desarrollo físico, se hable de goles y de triunfos deportivos, es probable que esté fuertemente atraído a poner énfasis en esa dimensión. Un hijo que nace en una familia de lectores de libros, cuyos padres hablan de poesía y novelas y reflexionan sobre lecturas, desarrolla esas necesidades culturales. Un gran músico, un gran científico, etc. crecen en el contacto, convivencia e interacción con otro gran músico, científico, etc. Los individuos somos atraídos e impulsados por aquellos que han llegado más arriba o más adelante que nosotros mismos. Para todos es decisiva la relación que tengamos con otras personas, no sólo en las fases infantiles sino también una vez alcanzado un desarrollo maduro. Pero también en este sentido hay que reconocer que el grado de excelencia y la capacidad que tenga un individuo de atraer y de ser atraído por otros, dependen fuertemente del nivel de desarrollo de la libertad por él alcanzada. A mayor libertad, más posibilidades de alcanzar la excelencia en alguna dimensión o actividad, y de atraer a otros a niveles de más alto desarrollo.

3.- Conectando los tres hechos mencionados llegamos a algunas conclusiones relevantes. La primera es que, tanto el condicionamiento geográfico, biológico, histórico y social, como la libertad personal, y las relaciones que entablamos con otras personas, son causantes de desigualdad. La segunda es que esos mismos factores que nos hacen desiguales, son diferentes en unas personas y en otras, de modo que unos están más condicionados y son menos libres, y otros son más libres y se encuentran menos condicionados. La tercera es que el grado de libertad y autodeterminación que permita una sociedad a sus miembros, será determinante de su nivel de riqueza, poder y cultura, y por consiguiente, de lo acentuada o reducida que sea la desigualdad entre las personas. Por último, parece evidente que mientras menor sea el grado de libertad que permita o facilite una sociedad a los individuos que la conforman, menor será el desarrollo humano de ellos, que en su conjunto alcanzarán más bajos niveles de riqueza, poder y cultura, aunque quizás pueda ser menor la desigualdad entre ellos.

Esta secuencia de conclusiones nos lleva a re-plantearnos lo que podamos o no podamos, y lo que debamos o no debamos, plantearnos respecto a la cuestión de la igualdad y desigualdad de los individuos en la sociedad. Y nos plantea una primera cuestión decisiva: si todo nos hace desiguales ¿de dónde proviene y qué justifica la pretensión, la demanda, la exigencia de la igualdad? ¿Cuál es el fundamento de esta?

Esta pregunta no puede obviarse. El nazismo, que sostenía la superioridad de una raza sobre las otras y que llevó a políticas de exterminio étnico; el marxismo, que sostenía la superioridad de una clase social sobre las otras y que llevó al exterminio de enteras clases sociales durante el estalismo y el maoísmo; el nacionalismo, que sostenía la superioridad de una nación sobre las otras y que llevó a guerras que buscaban avasallar a las naciones enemigas; son fenómenos muy recientes, y si bien fueron derrotados militar y políticamente, no han dejado de tener una consistente presencia cultural y política hasta hoy. Todavía existen las guerras étnicas. El darwinismo social es una ideología que sigue viva y activa en muchos planos y espacios de la actividad humana, por ejemplo en políticas de control de la natalidad, y en ciertas orientaciones de la medicina. Hay algunas ideologías ecologistas extremas que, al sostener que “somos demasiados” y que “la especie humana es depredadora por naturaleza”, incuban tendencias altamente peligrosas. Consideremos, entonces, el fundamento de la afirmación de la igualdad de los seres humanos, en qué sentido tiene un carácter absoluto, y cuáles son sus implicaciones.

4.- La naturaleza - física y biológica - es determinista, está sujeta a condiciones y leyes que no controlamos, y genera desigualdades que nos afectan inevitablemente. De aquí se sigue – y esta es una conclusión importante –, que el plantearnos la igualdad y la libertad como valores y objetivos por alcanzar, se origina en algo que es exclusivo de los seres humanos: la conciencia, el espíritu. Son la conciencia y el espíritu los que nos llevan a plantearnos fines y a buscar los medios para realizarlos. De hecho, la afirmación de que "todos somos iguales", que “compartimos la misma dignidad humana” y que "tenemos los mismos derechos y obligaciones", es una conquista cultural, moral y espiritual de la humanidad.

Que somos parte de una misma especie, es una realidad biológica; pero ella no es suficiente para fundamentar la igualdad de todos los individuos de la especie, en cuanto la misma biología establece diferencias entre estos, y despliega mecanismos de selección, de reproducción y de sobrevivencia que privilegian a unos miembros de la especie en detrimento de otros. El ser parte de un conglomerado natural no fundamenta la igualdad entre los miembros del mismo. El hecho de compartir con otras especies el ser vivos, o el ser animales, o el ser mamíferos, o el ser homos, no determina igualdad entre tales géneros y especies ni entre los miembros de ellas, que la misma naturaleza ha puesto en lucha y conflicto por la sobrevivencia.

La igualdad no se funda en el concepto biológico de ‘especie’, sino en el concepto filosófico de ‘humanidad’. Que somos parte de una realidad moral que llamamos ‘humanidad’; en la cual nos definimos como ‘personas’, que compartimos la capacidad de amar, de conocer, de emocionarnos, de crear y de efectuar opciones libres; y que formamos ‘comunidad’, son realidades morales. Es en y por nuestra condición de personas morales, con conciencia, razón y libertad, que conformamos una humanidad, articulada en comunidades, donde nos concebimos como personas iguales.

Este ser ‘personas’, que formamos comunidad y humanidad, es una convicción que históricamente han sostenido las religiones que afirman precisamente que no somos seres puramente biológicos, sino también espirituales, hijos de un mismo Padre, creados a imagen y semejanza de Dios. Es también lo que han argumentado las filosofías metafísicas, que afirman que cada individuo humano comparte con todos los otros una misma 'naturaleza humana’, una misma esencia. Así, pues, es desde el plano moral que surge la demanda de igualdad. Podemos decir que la conciencia y el espíritu se rebelan contra las desigualdades que establecen entre nosotros la biología, la geografía, la naturaleza y la sociedad.

De esto deriva una conclusión fundamental, a saber, que la calidad moral y espiritual de una sociedad, y también de una comunidad menor, o incluso de una persona, se manifiesta especialmente en el modo en que trate y en que se relacione con las personas más débiles y desprotegidas, reconociendo que la inferioridad económica, política y cultural de ellas no reduce, ni afecta en lo más mínimo, su radical igualdad con uno mismo y con todos.

Pero debemos avanzar en el análisis de las implicaciones de todo lo que hemos dicho, respecto a la igualdad y la libertad posibles y deseables en la sociedad.

5.- Si es verdad: 1) que mientras mayor sea la libertad y capacidad de autodeterminación de una persona, menor es el condicionamiento biológico y social que genera desigualdades de riqueza, de poder y de cultura. Y 2) que también la conciencia y la libertad nos hacen desiguales, en cuanto de nuestras decisiones depende en importante medida la riqueza, el poder, la cultura y los conocimientos que alcanzamos; se concluye que la igualdad en cuanto a la riqueza, el poder, la cultura y el conocimiento de las personas es imposible, y que ello no sería deseable, no sólo porque iría contra la biología y la naturaleza, sino también contra la libertad, o sea, contra la conciencia y el espíritu.

¿En qué queda, entonces, aquello de que la igualdad es un derecho humano esencial, fundamento de la civilización, aspiración y demanda de la conciencia y del espíritu? Para responder esta pregunta examinemos los contenidos de esa reivindicación ética, religiosa y filosófica de igualdad de todos los seres humanos.

Lo que tenemos en común, lo que nos hace iguales, y que fundamenta la exigencia del reconocimiento social de nuestra igualdad, es que todos los seres humanos somos personas, esto es, individuos conscientes, racionales y espirituales, que es de donde surge la exigencia de libertad y autodeterminación. Esa es la igualdad esencial, fundamental, que es necesario fundar y defender en la sociedad, en el marco de todas las desigualdades biológicas, geográficas, económicas, sociales y culturales en que vivimos. En este sentido cabe advertir que precisamente aquello que suele contraponerse a la igualdad, a saber, la libertad, es precisamente el fundamento y la justificación última de la igualdad humana esencial.

Así, la respuesta a la pregunta: ¿qué igualdad es conveniente? encuentra una nueva respuesta. Es la igualdad que consiste en que seamos todos libres y autónomos, para decidir nuestras vidas, con nuestras propias éticas, que nos conducirán a los niveles de riqueza, poder político, conocimiento y cultura que obtengamos cada uno como resultado de nuestras opciones, decisiones y acciones, con el menor condicionamiento geográfico, biológico y social que se pueda, y con el máximo desarrollo moral y espiritual que podamos alcanzar.

Si todos fuésemos igualmente libres, las desigualdades económicas, políticas y culturales que de ese modo se generen, serán legítimas y convenientes, y no afectarán sino que serán manifestación de nuestra igualdad humana fundamental, esencial. Entre personas libres no hay dominación ni subordinación sino relaciones horizontales, pues las personas libres se reconocen iguales entre sí y saben que no son subordinables unas a otras sin consentimiento. La libertad no genera igualdad económica y política, pero genera horizontalidad, que es lo que debe buscarse en las relaciones humanas.

6.- Lo anterior nos permite comprender que el gran problema de la sociedad moderna, la gran desigualdad que da origen a todas las manifestaciones injustas de ella en la economía, en la política, en la educación y la cultura, consiste en que la libertad ha sido alcanzada por una porción relativamente pequeña de las personas, por un segmento de la sociedad que se constituye como una élite dirigente, mientras la gran masa permanece subordinada y dependiente. Ello genera una verdadera fractura en la sociedad, entre los organizadores y los organizados, los dirigentes y los dirigidos, los gobernantes y los gobernados, los empresarios y los trabajadores, los conocedores y los ignorantes, los cultos y los vulgares.

En efecto, simplificando la realidad pero sin falsear su configuración básica, podemos decir que en el mercado existen dos situaciones o modos en que las personas se encuentran en él: 1. Como organizadores o protagonistas económicos, esto es, personas que actúan con autonomía, como es la situación de los empresarios y de los que ejercen profesiones liberales o se desempeñan trabajando de manera autónoma; 2. Como dependientes y subordinados, como es el caso de los trabajadores asalariados, de los empleados dependientes, de los pensionados, etc.

También en el Estado existen dos modos principales de estar: 1. Como dirigentes, que es la situación en que están los miembros de la llamada ‘clase política’ y de la alta burocracia pública, o sea los gobernantes, parlamentarios, magistrados, autoridades y funcionarios de la administración central, dirigentes de los partidos políticos, etc.; 2. Como dirigidos, que es la situación en que se encuentran los ciudadanos comunes y corrientes, que son objeto de las decisiones gubernativas, que aceptan o se conforman pasivamente a lo que deciden las autoridades, o que en el mejor de los casos buscan incidir en las decisiones a través de las movilizaciones y presiones sociales.

Igualmente en la cultura se dan los dos modos de participar: 1. Como creadores, que es la situación en que están los artistas, científicos, pensadores, protagonistas y organizadores de cultura. 2. Como público que se limita a apreciar y seguir el conocimiento, el arte, la cultura que otros les ofrecen.

Todos participamos del mercado, del estado y de la cultura; todos somos parte de esos tres sistemas que proveen en distintas formas los bienes y servicios que necesita la población; pero en ellos se manifiesta la división social que separa a los que participan y están insertos en calidad de protagonistas y, en consecuencia, que gozan de los mayores privilegios; y los que se encuentran en condiciones de subordinación y dependencia, marginados de los procesos decisionales, y cuyo acceso a los bienes y servicios es más precario. Cabe señalar, además, que los de arriba, los que son organizadores y autónomos sea en el mercado, en el estado o en la cultura, tienen normalmente un nivel educativo y de acceso al conocimiento y a la información que podemos considerar elevado o de excelencia, según los estándares del propio sistema; mientras que los de abajo, los que operan como subordinados o dependientes sea en el mercado como en el estado y en la cultura, suelen tener un inferior nivel educativo y un reducido acceso al conocimiento y a la información.

7.- Ahora bien, para comprender correctamente el modo en que se configura y se reproduce la estructura social hay que tener en cuenta dos hechos, que mitigan o reducen y que en parte ocultan, pero no eliminan, la separación cualitativa existente entre los autónomos de arriba y los dependientes de abajo.

El primero es que en ambos niveles se manifiesta una gradación, de tal manera que los peldaños inferiores de ‘los de arriba’ se encuentran muy cercanos a los peldaños superiores de ‘los de abajo’ en términos de su situación socio-económico-cultural. Gradación que da la apariencia de que se tratara de una única estratificación o escala social en que se distribuyen los distintos niveles sociales, económicos y culturales; apariencia reforzada por el hecho que la situación socio-económico-cultural de las familias y personas se mide con parámetros y datos puramente cuantitativos, cuales por ejemplo, los niveles de ingresos, los años de escolaridad, la cantidad de bienes y servicios a los que se accede, etc.

El segundo hecho es que la separación entre los de arriba y los de abajo no está dada por una barrera infranqueable, por una valla impermeable, existiendo ciertas formas, conductos y mecanismos que permiten ‘perforar’ la línea que los separa. En efecto, existe la posibilidad del ascenso de algunos de los abajo hacia el nivel superior, y a la inversa, el descenso de algunos de los de arriba al nivel inferior, en cantidades mayores o menores según cuan rígida o abierta sean las estructuras e instituciones del mercado, del Estado y de la cultura. Cuando la movilidad social es más amplia y está disponible para un mayor número de personas se dice que estamos en una ‘sociedad abierta’, y en ella crecen y se desarrollan los grupos sociales definidos como ‘aspiracionales’.

Es en este sentido que interviene de manera relevante la educación y el acceso al conocimiento y a la información. Pues una diferencia decisiva que establece la separación entre los que pertenecen a uno u otro de los niveles sociales es precisamente el dominio del conocimiento y de la información. Porque la educación, la cultura, el conocimiento y el dominio de la información son factores claves que determinan la posibilidad de que las personas sean libres, autónomas y organizadoras, o que se mantengan en condición subordinada y dependiente. Dicho más directamente, para ser dirigente, organizador, autónomo, hay que tener el conocimiento, los saberes, la cultura, la información y las competencias requeridas para ello.

8.- De esta comprensión de la relación entre la igualdad y la libertad derivan consecuencias trascendentales sobre la organización de la vida económica, política y cultural de la sociedad. Si se lo entiende cabalmente, nos daremos cuenta de que el origen de todas las desigualdades injustas y que es necesario remover, son causadas por limitaciones a la libertad, en el sentido de que no todos los humanos somos libres, iguales en libertad. Se comprenderá la exigencia ética de una transformación muy profunda del orden social, económico, político y cultural, orientada a favorecer y promover la libertad de los oprimidos y subordinados, en un proceso de largo aliento que conducirá progresivamente a la eliminación de todas las desigualdades injustas e inaceptables que existen en nuestras sociedades.

En este sentido, una primera, elemental y fundamental consideración, nos lleva a afirmar que, tener capacidad de autodeterminación y ejercicio de la libertad, supone disponer de un cierto nivel mínimo y suficiente de salud, de capacidades físicas y mentales, de recursos económicos, de poder, de conocimientos y de cultura, bajo cuyo umbral la libertad y capacidad de autodeterminación es inexistente o muy escasa. Para ser libres y tener capacidad de autodeterminación, es necesario encontrarnos adecuadamente alimentados, disponer de un lugar donde vivir y protegernos de las inclemencias del clima, tener una razonable seguridad de no ser asaltados, disponer de salud y de alguna suficiente atención ante las enfermedades, haber alcanzado algún nivel de conocimientos y de cultura.

Todo esto no lo proporcionan, no la aseguran la geografía, la biología y la naturaleza. Todo eso debe ser construido socialmente, por obra de emprendimientos y organización económica, de orden y organización política, de actividades culturales y sistemas educativos, etc. En otras palabras, todo ello son exigencias que la ética personal y social, la conciencia y el espíritu (que nos hacen reconocernos personas humanas, viviendo en comunidad, formando la humanidad), ponen a la economía, la política, la organización cultural y educacional. Todo ello es fruto de la libertad, al mismo tiempo que establece condiciones y límites a la libertad con el fin de que todos alcancemos aquella libertad y capacidad de autodeterminación mínimas que nos constituyen como personas humanas formando humanidad.

Para ser libres y tener capacidad de autodeterminación, es necesario, además, la participación activa en la comunidad. En esta nos retro-alimentamos mutuamente en el proceso de desarrollarnos. Por eso es esencial la experiencia colectiva, la convivencia, la participación en grupos, redes y organizaciones. Los humanos nos asociamos porque individualmente somos incompletos y no auto-suficientes. Las necesidades las satisfacemos, y las capacidades las desarrollamos, cada uno desplegando sus propias energías y proyectos de realización; pero también las desplegamos en el compartir, en el convivir y en el asociarnos con otros para enfrentar necesidades que tenemos en común. Si uno quiere desarrollar las necesidades espirituales o las necesidades de conocimientos tiene que encontrar personas que quieran lo mismo, porque así van a poder alimentarse en esa búsqueda, en ese trabajo, en esa construcción común de los satisfactores de esas necesidades; si uno quiere desplegar su espíritu musical o deportivo, tiene que vincularse a personas que compartan esas dimensiones. Y si nos articulamos en una organización, en una experiencia humana donde se encuentren personas de distintas cualidades, de distantes personalidades, de diferentes niveles de excelencia, nos enriquecemos también cada uno y a los demás mutuamente, con lo que cada uno haya desplegado más. En comunidad, cada uno aporta a los otros en la medida de lo que ha llegado a ser y a tener. Y mientras mayor sea el logro que hayamos alcanzado, en riqueza, o en poder, en cultura o en conocimientos, más elevada será la exigencia moral que tenemos, de compartir, libremente (no por coacción) y en solidaridad con los menos desarrollados, aquello que hayamos desarrollado..

8.- ¿Cómo serían la economía, la política, la educación y la cultura, si todos los humanos fuéramos libres, y participáramos en organizaciones y comunidades de personas libres y solidarias, donde aprendamos y nos impulsemos unos con otros? Dadas las restricciones de espacio y de tiempo, me limito aquí a una consideración general sobre los ámbitos de la actividad y organización en que es más importante la libertad, y a una particular sobre la economía.

En lo general, si asumimos que la libertad de todos es el objetivo esencial al que se debe aspirar, los ámbitos más importantes en que la libertad debe ser asegurada y garantizada son, el de la libertad de educación, porque es a través de la educación que las personas desarrollan su libertad, y el de la libertad de conciencia, de expresión y de comunicación de las ideas y conocimientos, que es donde se manifiesta primera y originalmente la libertad de las personas. Es obvio que la libertad sólo puede expandirse, perfeccionarse y desarrollarse en un ambiente de libertad, que ha de proyectarse hacia todos los ámbitos de la actividad humana, y especialmente en la economía, la política y la cultura.

En lo particular sobre la economía, sostengo en mis libros sobre el desarrollo, la transformación y el perfeccionamiento de la economía, que una organización fundada en la libertad y en la asociatividad y solidaridad, que genera las condiciones óptimas de igualdad y horizontalidad entre las personas que en ella participan, es aquella que se aproxime a las condiciones de la llamada ‘competencia perfecta’, que los economistas clásicos identifican en la atomización de los oferentes, la ausencia de barreras y el libre acceso, la plena movilidad de factores y productos, la transparencia e información abierta; lo que desde la óptica epistemológica y teórica de la economía comprensiva llamamos ‘mercado democrático’, y que implica la liberación de las fuerzas productivas, incluído por cierto el trabajo, pero también el dinero, el financiamiento y la empresarialidad.

La efectiva realización de la libertad económica implica que todas las personas estemos en condiciones de ser empresarios, individual y/o asociativamente, lo que se cumple en la economía de solidaridad y cooperación. En ésta, la distinción fundamental propia del capitalismo, entre empresarios y trabajadores, se disuelve, haciendo que todos seamos (podamos ser) empresarios, aportadores de factores, y trabajadores a la vez; o bien, que podamos optar libremente entre la condición de empresario, de aportador independiente de factores, o de trabajador dependiente. En el mercado democrático y en la economía solidaria se vive un máximo de libertad económica, y un óptimo de vinculación social mutuamente enriquecedora, generándose condiciones de horizontalidad en las relaciones entre productores, intermediarios y consumidores, y entre empresarios, aportadores independientes de factores, y trabajadores.

Es obvio que todo esto supone que las personas hayan alcanzado un nivel suficiente de desarrollo de su libertad y capacidad de autodeterminación. En tal sentido, es preciso entender que el mercado democrático y la economía solidaria son, al mismo tiempo, condiciones que permiten y facilitan el desarrollo de la libertad, y manifestaciones de la libertad lograda progresiva y crecientemente por las personas.