Paulina Jara Osorio - Salarios, ingresos y desigualdades de la riqueza en Chile: orígenes y principales características.

Salarios, ingresos y desigualdades de la riqueza en Chile: Orígenes y principales características.

Paulina Jara Osorio

Máster en Políticas Públicas y Sociales

Johns Hopkins University – Universitat Pompeu Fabra

(Ponencia en Workshop "El desafío de una sociedad más horizontal y menos vrtical")

1. Tendencias en los salarios de Chile.

Ante la diversidad de cambios políticos y económicos en Chile, la trayectoria de los salarios ha sido diversa. Durante la dictadura militar (1973-1990) se introdujeron importantes brechas salariales, se enfatizó en la expansión comercial, y a nivel laboral se acentuó la inserción de nueva tecnología, destruyéndose la férrea institucionalidad existente, aumentando las brechas salariales.

Con el fundamento de privatizar la economía, disminuir el aparato estatal y generar un empresariado poderoso, se vendieron empresas públicas, las que fueron generadoras de bases patrimoniales privadas, ya que accedieron a ellas pocos agentes económicos, ligados directamente al régimen militar y a la política de privatización (Meller, 1997).

También se privatizaron empresas públicas, lo que permitió la entrada del capital privado nacional e internacional en actividades generadas por el sector público anteriormente. La apertura comercial afectó a los sectores transables aumentando las diferencias debido a su inserción tecnológica (Arechaga, 2013).

Posteriormente, con el retorno a la democracia (1990) no se puso límite a la concentración patrimonial, se entendió como condición implícita de competitividad. Los procesos de mercado intensificaron esa orientación, reproduciendo una enorme brecha patrimonial entre los grupos y familias que concentran los activos y los pequeños empresarios. Se estabilizó la brecha salarial implantada durante la dictadura.

El diferencial salarial de Chile es similar al de EE.UU., principalmente por la absorción de tecnologías de economías globalizadas (Arechaga, 2013). Al ser desigual la distribución del progreso técnico entre los sectores de la economía en Chile, se ha creado una estructura de empleos y de ingresos diferenciada, que repercute en los salarios.

Es así como en la economía chilena existen sectores dinámicos, altamente intensivos en capital, que pagan remuneraciones relativamente altas y que han crecido de manera más rápida (minería). Pero existen otros sectores más intensivos en mano de obra con remuneraciones que han crecido lentamente, o decrecido (agricultura) (González, 2007).

Los sectores de mayor productividad, tienen límites en la demanda y absorción de trabajo. Las condiciones de competencia y los estándares tecnológicos pueden ser más importantes que el nivel bajo de salarios, en cuanto a la demanda de trabajo. Adicionalmente, los sectores con bajas remuneraciones medias, como el comercio, constituyen proporciones altas de los ocupados (González, 2007).

En cada sector productivo se configuran mercados segmentados, con condiciones de trabajo y salariales muy desiguales. Existen diferentes ocupaciones que se distinguen con calificaciones, responsabilidades y estatus dentro de las empresas y sociedad.

La estructura productiva existente en el país ha generado una alta presencia de ocupaciones de poca calificación, aumentando las distancias salariales entre ellas y las áreas más cualificadas.

Las empresas que compiten en los mercados internacionales, ya sea exportando o compitiendo con importaciones, tratan de reclutar y mantener trabajadores con mayores niveles de calificación y una actitud favorable a la toma de riesgos (Solimano, 2009).

En el rango profesional y ejecutivo estas personas vienen de familias acomodadas, con buenas conexiones sociales, por lo que existe un “premio salarial” a quienes cuentan con mayores niveles educativos, de formación técnica y mejores conexiones sociales.

El factor educativo contribuye en la dispersión de los salarios y por ende en la desigualdad de ingreso, influyendo el capital humano en la determinación de sus salarios. Por cada peso que recibe un alumno de la educación pública (primaria y secundaria), el alumno de colegio privado recibe cuatro pesos chilenos (Solimano, 2009).

Los ingresos de gerentes y directores, dividendos y utilidades de los dueños de grandes empresas –que fueron a colegios privados- tienden a ser mucho más altas que los salarios de los trabajadores y personal administrativo y de servicios de estas mismas unidades productivas, generando una dispersión salarial significativa (Solimano, 2009).

En ese sentido, es posible evidenciar una discriminación de clase o grupo social de referencia. Esto quedó demostrado en un estudio que analizó 12 promociones de egresados de Economía de la Universidad de Chile, y detectó que personas provenientes de la misma facultad, con niveles académicos comparables, mismo nivel de idiomas, eran objeto de diferenciales de hasta un 35% en las remuneraciones, debido a su comuna de origen y apellido (González, 2007).

Los salarios en Chile difieren por razones que no corresponden a capacidades de las personas relacionadas directamente con el trabajo que realizan, ni a las características de los trabajos. Existe una discriminación salarial, pues se castiga o premia a un determinado grupo con un menor o mayor salario por condiciones externas a sus capacidades laborales y que refieren a características inherentes a ellas (Fuentes, Palma y Montero, 2005).

Una importante discriminación corresponde al género. Chile registra una de las tasas más bajas de participación laboral de la mujer en la región y una gran brecha salarial de género, con un salario mensual femenino que representa apenas un 67% del salario mensual masculino (Peticará y Bueno, 2009). Las mujeres perciben un salario menor que los hombres (27%) teniendo el mismo capital humano (Fuentes, Palma y Montero, 2009).

Esta brecha salarial se amplía a medida que aumenta el nivel de escolaridad. Hombres y mujeres de bajos niveles educativos tienen menos diferencias relativas en sus remuneraciones, que hombres y mujeres con ocupaciones calificadas (González, 2007).

La discriminación aumenta del 10% al 40% si el foco se pone en los percentiles de ingresos más altos. La discriminación en contra de la mujer es mayor a medida que éstas tienen más años de escolaridad y experiencia laboral (Fuentes, Palma y Montero, 2005).

También se identifica segregación ocupacional, pues las mujeres tienden a agruparse en labores menos desarrolladas, lo que determina que obtengan menores salarios.

Es evidente que las condiciones sociales y culturales son muy influyentes en la determinación de salarios. Existe una doble implicancia entre ingresos y otras dimensiones de la realidad, en que aquellos determinan calidades y condiciones de vida, pero también son determinados por características socio-culturales que presenta la sociedad.

En el caso de trabajadores que pertenecen a sindicatos, se negocian sus condiciones salariales a través de ellos, por lo que la firma de convenios o contratos colectivos, obligan el cumplimiento de las condiciones pactadas (Marinakis, 2006). Sin embargo ello ocurre en pocas instancias pues en general el empresariado chileno se niega a la negociación colectiva para segmentar las relaciones laborales.

Esto explica la importante dispersión y discriminación salarial que existe en el país, ya que estudios del Banco Mundial y la OCDE han concluido que una mayor cobertura de la negociación colectiva está asociada con una menor dispersión de los salarios, una menor brecha entre salarios de trabajadores calificados y no calificados, así como una menor brecha de salarios entre hombres y mujeres (CPDFAE USACH, 2011). Landerretche, Lillo y Puentes (2011), indican que la sindicalización tiende a vincularse con mejores salarios para aquellos que están en lo más abajo de la distribución de ingresos.

2. Ingresos en Chile: desigualdad de la riqueza.

En Chile existe gran desigualdad en los ingresos, el 10% más rico recibe el 40% de los ingresos autónomos y el 10% más pobre, el 1.7% (González, 2007). El promedio del ingreso laboral monetario en el décimo decil es 2,4 veces el promedio del noveno decil.

Según López, Figueroa y Gutiérrez (2013) el ingreso per cápita del 1% más rico es 40 veces mayor que el ingreso per cápita del 81% de la población. Chile está entre los 4 países de mayor participación del 1% de más altos ingresos entre 21 países con datos comparables1.

Estos autores plantean una forma de medir la desigualdad de los ingresos diferente, incorporan las principales fuentes de ingreso: ingresos del trabajo y utilidades de empresas (distribuidas o no distribuidas). Lo cual no se considera en las usuales técnicas de medición (CASEN e Índice de GINI).

Según la medición conservadora del ingreso de los súper ricos, su participación en el ingreso personal total es alta, llegando a más del 30% para el 1% más rico, 17% para el 0,1% más rico y más de 10% para el 0,01% más rico en promedio (periodo 2004-2010).

La encuesta CASEN presenta que la participación en el ingreso total del país del 1% de los chilenos más ricos fue solamente de 15,1%, mientras que las estimaciones de estos investigadores, a partir de los datos del Servicio de Impuestos Internos (SII), muestran que dicha participación fue de 21,1%. La participación del 1% más rico calculada con datos de la encuesta CASEN implica una subestimación de casi 40%.

Asimismo, el coeficiente de GINI para el período 2004-2010 calculado con los datos de la encuesta CASEN resulta ser de 0,55, mientras que con los datos del SII es 0,58, lo que indica que la desigualdad en Chile es significativamente mayor a la reportada oficialmente.

Otro hallazgo interesante es que el real problema de distribución en Chile está en lo más alto de la distribución y no tanto dentro del grueso de la población (90% o aún 99% de ella) donde la distribución tiende a ser relativamente pareja. Es realmente en el 1% más rico y sobretodo en el 0,1% y 0,01% más rico donde se concentra el ingreso (López, Figueroa y Gutiérrez, 2013)

En general, la participación del 1%, el 0,1% y el 0,01% de los más ricos en el ingreso total del país es más alta en Chile que en otros países para los que existen estas estimaciones; salvo dos excepciones: las participaciones del 0,1% y el 0,01% más ricos en EE.UU.

López, Figueroa y Gutiérrez (2013) indican que para el año 2010, casi un tercio (31,1%) del ingreso de Chile llegó al 1% más acaudalado de la población, mientras que sólo algo más de los dos tercios (68,9%) restantes se distribuyó entre el 99% de los demás chilenos.

Si se analiza la evolución de las participaciones 1%, 0,1% y 0,01 más ricos de Chile en el ingreso total para el período 2005-2010, se evidencia que el 0,1% más acaudalado varió entre 18,2% y 23%, y fue, en promedio, de 19,9% para dicho período. Es decir el 0,1% más rico capturó en promedio más de la mitad del ingreso que capturó el 1% más rico.

A su vez, la participación del 0,01% más rico, fue en promedio (11,5%) más de la mitad de la participación del 0,1% (19,9%). Todo esto manifiesta la regresividad de la distribución del ingreso al avanzar desde el percentil 1 a los más ricos de la distribución, lo que explica que Chile se encuentre entre los países de peor distribución del mundo.

A partir de estos datos, se puede estimar que el ingreso per cápita mensual de los 1.200 individuos más ricos de Chile es estratosférico, alcanzando ingresos per cápita de casi más de USD 10 millones al año. Ingreso que equivale a más de 1.200 veces el ingreso per cápita del 99% más pobre de la población y casi 3.000 veces mayor que el ingreso promedio del 80% más pobre de la población (Ver tabla 1 en anexo).

En ese sentido, el 85% de la propiedad de las empresas cuyas acciones se transan en el mercado accionario chileno pertenece a sólo 12 personas naturales (López, Figueroa y Gutiérrez, 2013). En Chile hay cuatro familias/personas que poseen activos valuados sobre un billón de dólares, las cuales corresponden a Luksic, Matte, Angelini y Piñera. La riqueza combinada de estas cuatro familias (en una población de cerca de 16 millones) representa cerca del 12.5 del PIB chileno en el 2008 (Solimano, 2009).

González (2007) identifica dos tipos de desequilibrios que han favorecido la concentración de ingresos en Chile. La transferencia de poder de los trabajadores a los empresarios ha generado circunstancias deficitarias de negociación hacia los asalariados, produciendo una brecha mayor entre el valor que crean y los salarios que reciben. Además, la heterogeneidad de pequeñas y medianas empresas les ubica en una posición desmedrada.

Los ingresos del 10% más rico de chilenos se derivan en gran medida de la propiedad de activos físicos y financieros: empresas, tierras, dinero. Estos activos permiten generar ingresos denominados rentas, utilidades o intereses. De esto se deriva que una distribución muy desigual del capital físico y financiero tienda a propiciar una desigualdad correspondiente de los ingresos (González, 2007).

Por tanto, la extrema riqueza (propiedades, medios físicos de producción, capital financiero) es uno de los ejes que explican la regresiva distribución del ingreso (Fazio, s/f: 24). También, esta concentración patrimonial está asociada a familias y grupos económicos que operan en la actividad económica: exportadores (forestal, pesquero, minero); financiero (bancos y Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP)); en el social (instituciones de salud previsional); y en otros de gran dinamismo comercial, como farmacias y supermercados, generándose una concentración de la distribución de los ingresos (flujos) tales como utilidades, dividendos e intereses (Solimano, 2009).

Entonces, la desigualdad de ingresos en Chile se debe, principalmente, a una concentración en la parte alta de la distribución, más que a una pobreza muy acentuada en la base de la distribución de ingresos. Además, la distribución es relativamente uniforme (baja disparidad de ingresos) desde los deciles 1 al 9, que incluye a sectores pobres y distintos gradientes de la clase media. La diferencia más importante está en la participación de ingreso de los más ricos en relación con el resto de la población.

Los círculos liberales (grupos de la clase alta chilena), explican que el origen de las diferencias de los ingresos recibidos radican en la educación (Lehman y Hinzpeter, 2001). Ésta determina niveles de productividad, y de esto se derivan los ingresos que se reciben.

No obstante, si se observa lo que ocurre con la educación formal, se identifica una relación entre el volumen de años educacionales y los diferenciales de ingresos, a más años de estudios hay un mayor ingreso. Sin embargo, desde la visión de González (2007) esto constituye una parte de la explicación y no la más importante, pues el acceso y rendimiento educacional están influidos a la vez por la desigualdad en los ingresos.

La manera en que las condiciones y realidades de ingreso influyen en el “capital humano” adquirido es doble. Quienes tienen niveles de ingreso bajos, acceden a la recepción de dicho capital deficientemente, hijos de hogares de padres con bajos ingresos y niveles educacionales, con difíciles condiciones de vida, lo reflejan en su rendimiento escolar.

Adicionalmente, el contar con menos ingresos impide disfrutar una educación de alta calidad, pues al tener un costo elevado es inaccesible. Las diferencias de ingresos, producen diferencias de educación, lo que reproduce o amplifica la desigualdad inicial.

También es criticable que la educación sea el único instrumento para producir más equidad, ya que la productividad de los trabajos en una economía no está determinada sólo por la cantidad de capital humano de cada trabajador sino, de manera muy central, por los tipos de empleos existentes en la economía. La creación de muchos trabajos precarios y de productividad baja tiende a hacer estéril o incierta la formación.

Consiguientemente, la mayor igualdad o desigualdad de ingresos se relaciona, con lo que esté pasando entre las familias más ricas y más pobres. La mayor cifra que alcance la tasa de dependencia puede influir en el bajo ingreso per cápita de ciertas familias.

Usualmente, en los sectores de menores ingresos existe un mayor número promedio de perceptores de ingreso por hogar. En cambio, los hogares más ricos son más pequeños.

Lo anterior se agrava por la presencia de inestabilidad laboral, lo cual hace que, en un año, el número de ocupados promedio del hogar pueda ser menor que uno. Si se considera al 20% de la población de menores ingresos, sólo el 44% forma parte de la fuerza laboral, existiendo correlación entre la estructura de la distribución de los ingresos y el número de miembros de la familia que posee fuerza de trabajo (González, 2007).

Es evidente que las relaciones sociales producen reglas y normas generales que juegan un rol en la manera en que se distribuyen los ingresos generados en el proceso productivo.

Chile es uno de los países que lidera los rankings de desigualdad económica a nivel mundial y regional (Figura 1). El índice de GINI lo ubica dentro de los 15 países con la peor distribución del ingreso a nivel internacional (UNDP, 2010). Chile tiene la décima peor distribución de la riqueza del mundo, sobrepasado por países sudafricanos y Brasil.

Consiguientemente, existe una situación muy baja de movilidad social integeneracional, las personas tienden a persistir en las situaciones “de origen”. Hay una transmisión de padres a hijos de las condiciones socioeconómicas, predominando las movilidades horizontales por sobre las verticales, existiendo una desigual distribución de oportunidades que se agrega a la desigualdad de ingresos (Núñez y Risco, 2004).

3. Desequilibrio de poder: fuente de desigualdad chilena.

En el país existen grupos económicos poderosos que manejan las decisiones económicas y en gran parte políticas del país. Estas elites cuentan con un desproporcionado peso político, cultural y de acceso a los medios de comunicación que les permite mantener el estatus–quo de concentración de poder económico (Solimano, 2009).

El poder del Estado, disminuido acorde a los principios del Neoliberalismo, no interviene para decidir cuál es el nivel de consumo, ni desarrollo tecnológico de la sociedad; tal decisión está en manos de los actores económicos (Tello, 2005).

De esta forma, las políticas económicas y sociales desarrolladas se han restringido a la focalización del gasto público, enfatizándose en la reducción de la pobreza, pero sin considerar la desigualdad, excluyendo a las clases medias de sus acciones, junto a una creciente privatización de la educación, salud y pensiones, que han creado un alto grado de segmentación social y exclusión en el acceso a servicios sociales.

La política no permite una inflexión hacia una igualdad más importante de los ingresos (González, 2007), pues las Políticas Públicas no favorecen una igualación y/o compensación de las condiciones iniciales respecto a variables como estatus socio-económico, dotación de activos productivos, genero, y otros atributos determinantes de flujos de ingreso y riqueza de las personas (Solimano, 2009).

Por consiguiente, Chile es un reflejo de democracias liberales, las cuales funcionan como un libre mercado y “muchas de las decisiones económicas y políticas cruciales están en manos del capital y no del pueblo” (Benach y Muntaner, 2005, p. 116).

La sociedad civil no se ha logrado consolidar como un actor clave en el proceso de decisiones políticas frente a otros actores fuertes como el Estado y empresariado.

No obstante, a raíz de la injusta distribución del ingreso, de las altas cifras de pobreza y desigualdad, del creciente enriquecimiento de Chile por las millonarias ventas del cobre, las inmensas ganancias del sector privado, sobre todo AFP, bajos salarios, mala educación, transporte público insuficiente, se ha evidenciado una lenta recomposición del tejido social, que aunque todavía es emergente, se ha manifestado para exigir un modelo de desarrollo más justo y solidario, poniendo el dedo en la llaga a los problemas fundamentales que vive la gente común, que en su mayoría es pobre (Cleary, 2007).

En este plano, lo que muestra la realidad chilena es un desequilibrio de los poderes en el Nivel Macrosocial, que guarda una correspondencia con la inequitativa distribución del ingreso, en particular, relativa al patrón concentrado de la desigualdad. A su vez, esa mala distribución del ingreso tiene efectos negativos para el logro de otras igualdades en el plano político y social (González, 2007), debiéndose implementar significativos cambios para lograr mayor equilibrio en el poder que detenta cada actor de la sociedad del país.

4. Referencias Bibliográficas

5. Anexos

Tabla 1: Participación en ingreso total de grupos más ricos de Chile

Participación en el ingreso total de Chile del:

1% más rico

0,1% más rico

0,01% más rico

30,5%

17,6%

10,1%

Fuente: Estudio la ‘parte del león’. Nuevas estimaciones de la participación de los súper ricos en el ingreso de Chile.

Figura 1: América Latina (18 países): evolución del índice de Gini 2002-2011

 


 


 


 


 


 


 


 

Fuente: Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), sobre la base de tabulaciones especiales de las encuestas de hogares de los respectivos países.

1 EE.UU, Sudáfrica, U.K, Singapur, Canadá, Irlanda, Italia, Japón, Australia, Francia, España, Nueva Zelanda, Noruega, Finlandia, Suecia, Mauricio y Dinamarca.