XVII. Florencia se dejó caer de espaldas en la cama.

XVII.


Ya en su departamento Florencia se dejó caer de espaldas en la cama. Algo en su interior la extasiaba. Se sentía mujer con una plenitud hasta entonces no experimentada. Lo que había fantaseado tantas veces se había hecho realidad y tenía la impresión de estar ahora en otro estado. Sus manos se fueron deslizando por cada parte de su delicado cuerpo, su pensamiento puesto en San Julián. En su mente dibujó los dos cuerpos entrelazados, húmedos, deseosos, apasionados, acariciados por una luz tenue y tibia. Respiró hondo, un gemido, relajó su cuerpo, secó sus labios húmedos con los dedos.

Pensó en llamarlo pero se contuvo. No quería darle la impresión de que lo necesitaba en ese instante para dar cauce a sus profundos deseos de mujer que se manifestaban nuevamente. Se sentía impúdica pero no experimentaba culpa alguna. Pensar en Fernando la relajaba. Pensó que la relación con él fue siempre directa, que en toda ocasión le manifestó su interés, sus deseos, sus pensamientos, y que también él le respondía sin mayores vacilaciones. Le agradaba sentirse deseada y amada por ese hombre mayor de ojos claros. No sabía de donde había sacado esa decisión para seguirlo y seducirlo y llevarlo a la cama, y cómo había sentido tanto placer para ella sola. Antes de tenderse en la cama se había mirado al espejo preguntándose si era realmente ella la que estaba ahí, si la que se reflejaba en el cristal era Florencia Solís. Se sentía efervescente y a medida que transcurrían los minutos aumentaban sus deseos de estar con él, de acariciarlo, besarlo. Pero no estaba segura de que esos sentimientos fueran por estar enamorada o porque la curiosidad la había llevado a experimentar lo que fue un exquisito placer corporal. Lo que tenía claro es que todo eso le agradaba enormemente.

Pensó que quería seducirlo nuevamente: era divertido verlo rendirse ante ella. Respiró hondo. Sus grandes ojos azules se fijaron al techo. De pronto dejó de percibir los colores y la luz que inundaba la habitación. Sus ojos se cerraron suavemente para sumergirse en el más profundo sueño.


 

Florencia se había imaginado que después de haber conquistado el amor de San Julián tal como intensamente lo había deseado desde hacía varios meses, podría establecerse entre ellos una estable relación de amantes que se encuentran cada vez que lo desean; mejor dicho, cada vez que ella lo solicitara o buscara. Se había hecho la idea de que en adelante el profesor "sería suyo" y que obtendría de él lo que quisiera.

San Julián por su parte pensaba que esta relación con Florencia no afectaría su vida normal: sus investigaciones y trabajo universitario, su vida familiar, la tranquilidad de su espíritu. No se había imaginado que una relación ocasional como esta podría arrebatarlo como un torbellino, haciendo tambalear la solidez y rompiendo el equilibrio de los mundos personales que había construido con esfuerzo y sacrificio a lo largo de su vida.

Lo cierto fue que San Julián se sintió trastornado interiormente por "lo que había hecho". Lo que él había hecho; así interpretaba lo que en realidad le había sucedido sin que fuera él mismo quien controlara la situación y manejara las decisiones. A lo más, podría decirse que él había dejado que las cosas sucedieran de un cierto modo; porque si hubiera sido él quien mantuviera el dominio de sus actos los hechos hubieran resultado sin duda muy distintos a los que fueron. Este fue, precisamente, el cambio principal que se verificó ese día y esa noche, preparado por un largo período de debilitamiento de su conciencia y su voluntad, en la vida de Fernando San Julián: había perdido el señorío de sí mismo. Y con él, el propio equilibrio emotivo y la paz interior de su espíritu.

Él era, en efecto, un hombre reflexivo, podría decirse espiritual, de moral meticulosa. No era una persona religiosa en el sentido en que suele entenderse esta palabra. No practicaba ninguna religión aunque se sentía vagamente vinculado a la fe cristiana en que fue formado por su madre y el colegio en que cursara tantos años atrás la educación básica y media. No pertenecía a ningún grupo ni comunidad creyente, no apreciaba la difusión publicitaria de modos de pensar y comportarse correspondientes a las exigencias de alguna religión. Ni siquiera se había casado por la Iglesia; pero esto no en razón de un rechazo a lo sagrado sino al revés, por estricta y sagrada consecuencia con su modo de pensar. Es cierto que en ocasiones asistía a la Misa dominical en el templo que estaba a dos cuadras de su casa; pero lo hacía más por escuchar las reflexiones bastante sabias y prudentes que a veces hacía el sacerdote en su homilía, que por un sentido litúrgico de la religión o por participar en un acto de culto.

Fernando se guiaba por su conciencia, una conciencia generosa y cuidadosa que había aprendido a discernir lo que estaba bien y lo que no lo estaba tanto. Una conciencia en la que se había establecido sólidamente el principio de que los hombres debemos siempre hacernos el bien mutuamente. "Las personas debemos ayudarnos a vivir unas a otras", era lo que siempre repetía cuando se tocaban temas de moral. Pero no sólo eso. El creía que los hombres nos debemos a algo superior que nos guía y nos atrae, a valores absolutos que no llegamos nunca a poseer y comprender plenamente, pero que quieren poseernos y a cuya voluntad superior es preciso subordinarse para alcanzar la verdadera felicidad. En resumen, una suerte de interpretación laica del evangelio cristiano del amor a Dios y al prójimo.

Sí, guiarse por la propia conciencia; pero comprendiendo que esta no puede ser la última norma y palabra, porque bien sabía que la conciencia que uno mismo maneja puede ir a la deriva si no se rige por algún absoluto superior. Y ese absoluto intuía que existía: se lo recordaba cada vez su propia ciencia, en la que el conocimiento humano avanza a tientas y cayendo en innumerables errores antes de acceder a una minúscula partecita de verdad, que siempre resulta ser, por lo demás, tan insegura. Así, Fernando San Julián había desarrollado una conciencia fuerte pero humilde a la vez, porque se sometía a lo que él llamaba la Sabiduría del universo y de la vida que su propia disciplina científica le hacía entrever, especialmente en momentos de éxtasis como aquél que había tenido mientras su mirada se había posado en el azul infinito del mar reflejado en los ojos divinos de Florencia Solís. Una moral, pues, que lo tensionaba internamente hacia alguna forma especial de perfección.

Todo eso tenía en él una traducción práctica en su trabajo científico y en su labor docente. Ya lo hemos visto enteramente entregado a la ciencia y a la Universidad, las manifestaciones más concretas de aquello absoluto que creía necesario buscar apasionadamente para que la vida tenga verdadero sentido, y que en ocasiones le producía los más intensos placeres intelectuales.

La relación erótica y sensual con Florencia no eran, pues, tan fácilmente aceptables por la moral de este hombre que más parecía extraído del primer Renacimiento italiano que ser parte de la más avanzada modernidad de la ciencia contemporánea. ¿Cómo había terminado en increíbles placeres del sexo lo que para él había comenzado como búsqueda de comunicación de los sublimes placeres del espíritu? ¿Cómo se había trocado la superior libido sciende de que hablaban los sabios antiguos en la muy inferior libido sentiende que buscan afanosamente los estudiantes modernos? ¿Cómo había llegado él, que tanto se había afanado por hacer que Florencia llegara un día a alcanzar los superiores placeres del intelecto, a ser el hombre que la introdujera por primera vez en los carnales placeres del sexo? ¿Y cómo se había dejado llevar él mismo por ese camino que antes menospreciara, y por el cual hoy se sentía atraído con tanta fuerza que ya no le parecía posible merecer nuevamente los dones y gracias de aquella Verdad superior que busca dificultosamente hacerse presente entre los hombres?

¿Habría una relación entre ambas expresiones del placer y la felicidad que los antiguos llamaban líbido, utilizando para ambas la misma palabra genérica? ¿Habría entre ellas alguna forma de complementación superior, hasta entonces por él desconocida, por la cual no debamos ponerlas una sobre la otra sino aparejadas en el proceso de realización más plena del hombre?

Una cosa le hacía pensar que tal vez fuera esa la respuesta a sus interrogantes. ¿No había sido la misma Florencia al salir de aquél maravilloso éxtasis sexual en el motel del Arrayán, la que sin dejar de abrazarlo en la cama le pidió que finalmente le contara la iluminación que tuvo en su estudio "cuando miraba sus ojos azules intensos"?

Pero no estaba seguro de ello. Su conciencia, formada por su madre en estrictas normas morales le decía otra cosa. Y aunque él había superado intelectualmente aquellas enseñanzas estrechas, quedaba en algún recóndito pliegue de su inconsciente la herida dejada por su madre aquella vez que lo había abofeteado en la hacienda de Talca, en que había prohibido además a Alejandra volver a entrar en su casa, porque lo que estaban haciendo los llevaría a los dos al infierno.

Aquél hecho le había inhibido por años la exploración adolescente del amor y el afecto sensible. E incluso siendo ya mayor, antes de esposarse, el trauma reapareció en algunas ocasiones en que no logró dar curso satisfactorio a relaciones sexuales iniciadas con gran excitación. Lo había pensado otras veces: tal vez en aquella bofetada se encontraba el verdadero secreto de su entrega final y total a la ciencia.

Pero, por cierto, estas eran reducciones psicologistas de realidades inmensamente más complejas y en nada ayudaban a Fernando a salir del desequilibrio y la confusión mental en que había caído. Experimentaba respecto a Florencia todas las contradicciones vitales imaginables.

Deseaba verla y esperaba ansiosamente que ella apareciera en su estudio. Pero también temía encontrarse con ella y sentirse nuevamente atraído por una pasión inconfesable. Soñaba y fantaseaba por un lado con su cuerpo tibio y suave y generoso, y por otro rechazaba esos pensamientos como una mortal tentación, haciendo esfuerzos admirables por concentrarse en su investigación. Por un lado lo atraía ferozmente el éxtasis del placer de los sentidos, tan concreto y al alcance de su mano. Por otro aspiraba recuperar el placer espiritual de la ciencia, que se había tornado sutil y lejano y ahora inaccesible.


 

Florencia no tenía esas contradicciones vitales ni sospechaba siquiera que pudieran existir en la mente de Fernando. Su único problema era el que podría tener con Marcel, el poeta de los besos ardientes, cuando volviera a aparecer y tuviera que decirle que entre ellos todo estaba concluido. ¿Cómo lo tomaría? ¿Sería capaz de aceptarlo o intentaría perseguirla igual que antes? ¿Y sería ella misma capaz de resistir a su asedio cuando, después de todo, intuía que podría tal vez proporcionarle placeres aún más intensos que los que había tenido esa noche con Fernando?


 

Florencia apareció el lunes en la tarde en el estudio del profesor, subiendo las escalas todo lo rápidamente que le permitió su pie enyesado; pero no lo encontró. Debió esperar la clase del día siguiente, dándose cuenta de que el profesor, que en más de una ocasión perdió el hilo de sus explicaciones, evitaba mirarla. Lo encontró sin embargo al terminar la clase y se fueron al estudio sin decirse nada en el camino, percatándose Florencia de que Fernando estaba lejos de permitirle apoyarse en su brazo para ayudarla en su transitoria cojera. ¿Qué habrían de decirse? ¿Qué le diría ella? ¿Cuáles serían las primeras palabras del profesor? Ella quería decirle tantas cosas. Que había sido maravilloso. Que lo quería y deseaba intensamente. Que irían nuevamente el domingo a las carreras de caballos. Que estaba dispuesta a ir con él cualquier día al mismo u a otro motel. Que el lunes fue a verlo a su estudio y no lo había encontrado. Que cuándo terminaría de explicarle su iluminación maravillosa. Que...

Pero ganó la curiosiodad de saber lo que él habría de decirle, que sin duda serían palabras dulces y amorosas, y decidió aguardar que él tomara la palabra. No le diré nada, ni siquiera con la mirada, hasta que sea el momento oportuno. Entonces le diré todo lo que siento que está por estallar en mi cabeza. Sé que lo tengo, que es mío, que me ama y que hará por mí lo que le pida. Y mientras subía las escalas iba ensayando la que se imaginaba ser una "mirada de poker" que esconde sus cartas e intenciones al contrincante.

—¿Cómo has estado?

— Bien.

— ¿Cómo sigue tu pie?

— Bien.

Silencio. Florencia no se aguantaba las ganas de decirle a Fernando todo lo que bullía en su corazón y en su mente; pero se contuvo mordiéndose el labio inferior, en un gesto que a Fernando le pareció de exquisita sensualidad. En realidad, cualquier cosa que hiciera Florencia con su cuerpo, cualquier movimiento con la cintura, con las piernas, con los ojos, con el cuello, con el pelo, con la boca y hasta con el yeso del pie, despertaba ahora en el profesor sensaciones sutiles. Pero se logró controlar una vez más, igual que antes de aquella noche de amor, aunque haciendo esta vez un esfuerzo de voluntad infinitamente mayor. Sentía deseos de abrazarla fuertemente, de cerrar sus ojos fascinantes con sus labios, de ser él quien mordiera ese labio exquisito. Pero se contuvo.

La conversación se deslizó entonces lenta y trabajosamente. Hablaron de cosas banales, de lo que habían hecho el lunes (pero Florencia no le dijo que había ido a buscarlo, ni Fernando que se había pasado todo el día pensando en ella ni de sus confusiones morales), del estado de los estudios de Florencia, del avance de la investigación de San Julián.

Es curiosa la comunicación humana. Ese hombre y esa mujer que se habían unido íntimamente en cuerpo y alma y que tenían cada uno deseos de expresarse todo el amor que sentían, no eran capaces siquiera de acercarse al asunto. Y no por timidez. Cada uno tenía motivos distintos, que al no expresar creaban una barrera infranqueable.

Se produjo nuevamente el silencio. Evitaban incluso mirarse a los ojos. Pero fue ese mismo rehuir de miradas lo que los llevó a encontrarse... en el cuadro de los caballos que retozaban sensuales en el muro. Las miradas de ambos, en efecto, se concentraron en ellos largo rato sin darse cuenta que estaban ahí juntas. Y entonces, sin que mediara palabra alguna, se levantaron al mismo tiempo de sus asientos y se abalanzaron el uno sobre el otro uniéndose en un abrazo apasionado y en besos incontenibles. Los ojos cerrados de ambos dejaron salir lágrimas de amor y felicidad que recogieron en sus besos.

Se dieron cita para el domingo a las dos en el Club Hípico. Y para el miércoles, el jueves y el viernes en el estudio de San Julián, donde continuarían sus clases privadas.


 

El profesor trabajó esos días afanosamente, quedándose hasta que, terminada la jornada nocturna, le anunciaban que la Universidad se cerraba Esa semana la investigación dio pasos enormes, que un buen científico en condiciones normales daría en semanas e incluso meses de trabajo. Las ideas brotaban de la mente de San Julián con una lucidez increíble, como si su cerebro hubiese sido activado, excitado por el amor que sentía en su alma. La idea de que era posible que el amor de la ciencia y el de la mujer podían conciliarse, y no sólo eso, sino que podían sinérgicamente estimularse y darse recíproco impulso, se estableció sólidamente en la mente del profesor.

Florencia por su parte retomó sus estudios, dándose cuenta que en varios de los ramos sus conocimientos sobre la materia pasada en clases eran insuficientes y que le costaría recuperar el tiempo perdido. Pero no le importaba. No dudaba de que era capaz de lograrlo. Era tanta su felicidad que no se le pasaba por la mente que pudiera ser reprobada. Se consiguió los apuntes de clases, las guías, los textos. Pero una vez frente a ellos no lograba concentrarse: su mente divagaba por muy otros senderos.

Lo único que le interesaba era poder entender las explicaciones de su profesor; hacerle preguntas inteligentes que le demostraran lo interesada que estaba en la ciencia. Y conquistar así también esa parte de él, pues sabía que en eso el profesor era inalcanzable y que por ahí se le podría escapar. Lo que ella no sabía es que también en eso el profesor se había inventado sobre ella una imagen fantasiosa que, en su enamoramiento, ninguna evidencia podría destruir. Y no la podría destruir, además, porque para los hombres demasiado inteligentes existe una trampa especial, que pareciera haber sido puesta por Dios para hacerlos humildes: ellos pueden interpretar hasta las más bobas afirmaciones como máximas sabias, y extraer de las preguntas más simples la indicación de profundos misterios enteramente abiertos al conocimiento creador.

Así fue como el profesor San Julián decidió explicar a Florencia el contenido intelectual de su éxtasis, la idea central de la investigación en que estaba enfrascado. No había todavía terminado las explicaciones necesarias para que ella comprendiera a cabalidad su sentido profundo; pero Florencia, ese viernes, lo obligó a dar el salto, planteándole al profesor las ideas que había leído en un magazin donde se entrevistaba a uno de esos científicos que se ponen de moda porque deciden hacerse mundanamente famosos asombrando a los periodistas y al público lego con las últimas y a veces exóticas teorías que circulan en los ambientes científicos.

 

Luis Razeto

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