Capítulo 19 - CONFESIÓN

XIX. Confesión.

 

Durante las dos semanas siguientes Chabelita y Rogelio se encontraron casi todos los días. Paseaban a pie y en bicicleta, conversaban, se contaban lo que hacían cada día. Analizaron varios de los temas que trataba la novela que Rogelio estaba leyendo, cada noche un capítulo. Él le mostró donde vivía, pero no la invitó a entrar porque no quería que Chabelita se encontrara con su madre. En dos ocasiones la llevó a cenar a un restaurante de comida fina, y después a un pequeño motel en el centro.

¿Por qué tienes tanto dinero? – le preguntó un día Chabelita.

Trabajo – respondió escuetamente Rogelio.

¿Trabajas por tu cuenta, como yo, o tienes un empleo?

Rogelio no podía responder con la verdad, pero trató de que su relato fuera lo más cercano posible a lo que realmente hacía para ganar plata. Le resultó, sin embargo, un cuento que explicaba su trabajo, pero al revés.

No es un empleo estable. Mi trabajo es de vigilancia. Vigilo personas, lugares, calles que me encargan observar, fotografiar; y doy informes sobre lo que veo y descubro.

¿Como un detective privado? ¿Acaso te encargan seguir maridos o esposas infieles? ¿Como en las películas?

Algo así. Más que nada me encargan vigilar vecindarios y barrios. Para detectar si hay bandas de bandidos merodeando.

¡Qué entretenido! – comentó Chabelita. ¿Me puedes contar?

¿Qué cosa?

Pues, lo que has descubierto.

Ah, no Chabelita. Es confidencial. He jurado no decir nada a nadie ¿sabes? Un juramento se debe respetar.

Te entiendo. ¿Trabajas sólo, o te acompaña alguien? – le preguntó Chabelita interesada en saber si cuando no estaba con ella se encontraba con alguna chica.

Tengo dos personas a mi cargo, que me colaboran.

¿Hombres o mujeres?

Son dos jóvenes, hombres; pero Chabelita, por favor no me preguntes más, que no quiero faltar a mi juramento.

Está bien.

La verdad era que Rogelio con el Negro y el Marrón habían estado vigilando la cooperativa donde trabajaba el papá de Chabelita. Desde que se enamoró de ella le cargaba tener que hacerlo; pero era realmente su trabajo, o al menos, así él lo entendía. Por cierto, no podía decirle nada de eso a ella. Tampoco podía decirle que todavía no le pagaban ese trabajo. El dinero con que invitaba a Chabelita lo conseguía comprando alguna baratija o algo de comer en cualquier lado, pagando con los tres billetes falsos que le quedaban y recibiendo billetes y monedas buenas como cambio.

Una tarde conversaron largamente. Rogelio le confesó que le costaba dejar el alcohol y las drogas; pero que ya no quería más de eso. Que consumía sólo cuando se sentía solo, pero que ahora que estaba con ella no había vuelto a sentir soledad. Estaba feliz.

Ahora tú eres mi droga, mi adicción – le dijo riendo.

Chabelita le aseguró que lo amaba, que no lo dejaría, y le dijo que si alguna vez él sintiera deseos de beber o de drogarse la llamara sin miedo y que ella iría a acompañarlo. Pero, además, comprendió que era el momento en que él pudiera abrirse y contar todo lo que le pasaba, pensando que el desahogo pudiera ser sanador.

Cuéntame, amor mío, lo que te pasa con las drogas. Desahógate de todo eso que llevas dentro. Ten confianza conmigo ¿quieres? Sabes que te quiero, y que nada de lo que me cuentes hará disminuir el amor que te tengo.

Rogelio esa tarde le contó cosas que nunca había dicho a nadie. Le contó que desde la muerte de su padre había vivido en lugares muy pobres y peligrosos, pasando gran parte de su tiempo en las calles. Allí había convivido con delincuentes y mafiosos.

Yo nunca participé en sus actividades – aseguró, agregando: – Si alguna vez lo hice fue por la necesidad de llevar algo de comida a mi madre y mis hermanos.

Te entiendo – comentó Chabelita tomando su mano y acercándola a sus labios. – Imagino que ahí conociste las drogas.

Sí. Había algunas personas bastante adictas, y también muy malas.

¿Ellos te daban drogas?

Una vez me invitaron a fumar marihuana.

¿Te gustó?

Fue una experiencia muy rara. Me pasaron cosas extrañas; pero la verdad es que la marihuana no me gusta mucho, porque siento que me engaña.

¿En qué sentido te engaña?

Es que me afecta, no sé cómo explicarlo. Me hace ver y sentir cosas que después no son de verdad. Además, me hace perder el equilibrio al caminar. Una vez me grabaron, y vi que hablaba muy lento, y que decía muchas tonteras. Lo que menos me gusta, y es por eso que decidí dejar de fumar, igual que todas las otras drogas, es que después, pasado el efecto, me deprimo y me siento podrido.

Después de un momento, sintiendo la mirada amorosa pero inquieta de Chabelita, agregó:

Me pasaba todavía peor con la cocaína. Aunque la coca es increíble. Me hacía sentir fuerte, seguro, inteligente, capaz de muchas cosas. Pero la verdad es que las veces que estuve drogado no hice nada provechoso, y después me quedaba botado, deprimido. La coca te da una sensación de tener energías y poderes, pero también es mentira ¿sabes?

Si las drogas te hacían sentir tan mal ¿por qué seguiste?

No sé. Pasa que te acostumbras y que lo necesitas. Pero te quiero contar algo más. Lo que más me gustó fue una vez que me dieron unos hongos, o raíces de cactos, no lo sé. Fue una experiencia que de verdad me gustaría volver a tener. Fue un viaje espiritual, según me explicaron después. Podía ver el interior de las cosas, sus maravillosos colores y sus formas cambiantes. Imagina que las plantas cantaban y que las piedras danzaban. Me hizo volar con la mente, descubrir el amor que está al interior de todas las cosas, como una dimensión oculta de la realidad, sentir la vida, la energía que atraviesa todo lo que existe. Fue como si estuviera enamorado del mundo. Nunca pude saber de qué droga se trataba. Probé con varias, porque quería volver a sentir lo mismo, y así, buscando algo que me hiciera experimentar algo parecido, insistí con la marihuana, con la cocaína. Pero nunca fue lo mismo. Creo que fue buscando repetir esa experiencia tan especial que me fui acostumbrando a las drogas. ¡Una mierda! No sé qué más decirte.

También eso que veías y sentías con esa droga especial era mentira, cariño. No sigas buscando lo que no existe.

Rogelio la miró a los ojos, le dio un beso. Luego sentenció:

No te preocupes, porque ahora ya no lo necesito. Ahora estoy enamorado de ti y ya no quiero nada mejor. Ahora, tú eres mi droga, la que me inspira.

Chabelita le sonrió. Se besaron. No volvieron a hablar de drogas porque tenían algo mucho mejor que hacer esa noche.


* * *


 

Un día el Juno citó a Rogelio y a sus dos compañeros de la vigilancia. Quería una información completa sobre el ingreso y salida de personas de la sede cooperativa, y le interesaba hacerse un cuadro preciso sobre lo que sucedía en el vecindario en las distintas horas del día y de la noche.

Rogelio se lució ante el jefe, mostrándole las fotos de la entrada del local, del pasaje por el que se llegaba, y de todas las calles adyacentes. Era un barrio de casas antiguas que daban directamente a la vereda, con protecciones de fierro en puertas y ventanas, lo que hacía pensar que quienes las habitaban se encerraban ante el menor peligro. De hecho, se veía muy poca gente en las calles, y ninguna persona en el pasaje, siendo que lo había fotografiado en diferentes horarios.

La descripción que hizo Rogelio en base a lo que él conocía del barrio y la información que le proporcionaron el Marrón y el Negro daba cuenta de un vecindario antiguo habitado en gran parte por personas de la tercera edad y por algunas parejas que los días de sol sacaban a pasear a sus bebés y a sus mascotas.

Todo era favorable a los planes de Juno, con excepción del muro que cerraba la sede por todo el frente que daba al pasaje. Era de albañilería reforzada y se notaba que lo habían alzado hasta unos cuatro metros de altura, dejando unas curiosas ventanucas horizontales en la parte alta, cuya finalidad Juno no entendía. El problema, sin embargo, no era el muro, pues no tenía sentido pasar por sobre él, sino el portón de ingreso, que se notaba resistente y bien soldado.

Las fotos no eran suficientes. Necesitaba saber más sobre ese portón de hierro.

¿Viste alguna vez que lo abrieran? – preguntó a Rogelio.

Sí, varias veces lo abrieron para entrar muebles grandes. También para una camioneta en que llevaron ahí un montón de cosas, y no hace mucho entró y salió una retroexcavadora.

¿Una retro? ¿Se te ocurre qué hicieron con ella?

Un hoyo en la tierra, supongo, porque unos días después vi salir un camión cargado de tierra.

El portón ¿lo viste bien?

Sí, jefe, varias veces estuve frente al portón.

A Rogelio no le gustaba que fueran a asaltar el lugar donde había conocido a Chabelita. Ahí le había ella servido un caldo caliente. Y a ese lugar su amor iba a menudo a encontrarse con su padre. Pensó que podía hacer que Juno desistiera de asaltarlo.

Es un portón muy bien hecho, jefe, muy fuerte y resistente. Si esa gente reforzó el muro, seguro que también ha puesto más de alguna barra de acero por dentro para impedir un portonazo.

Para vencer una resistencia muy grande, sólo hay que aplicar una fuerza mayor – replicó Juno, pensativo, agregando: – Eso no te incumbe, Rogelio, Es problema mío. Lo que importa es que la información que me das sea cierta.

Sí, jefe, descuide usted, que lo que le digo es lo que pude observar.

Bien. Ahora tú, Negro, y tú, Marrón, descríbanme todo lo que vieron.

Los dos jóvenes se limitaron a repetir y a confirmar lo que ya había expuesto Rogelio. Solamente agregaron que en casi todas las casas tenían uno o más perros. Los habían escuchado ladrar cuando recorrieron el barrio.

Terminados los informes Juno, manifestando que habían realizado un buen trabajo, dispuso varios vasos sobre el escritorio y sacó una botella de whisky. Cuando comenzó a llenar los vasos, Rogelio que se había hecho el buen propósito de dejar de beber, le dijo:

Para mí no, jefe. No tengo ganas de beber a esta hora.

Juno llenó los cuatro vasos.

¿Qué te pasa, Rojo? Insisto en que celebremos.

No, jefe. Hoy no quiero.

Insisto. Bebe con nosotros. No puedes rechazar la invitación de tu jefe.

Rogelio miró a sus dos compañeros que ya habían cogido sus vasos y daban cuenta de su contenido.

¡Mírame cuando te hablo! – lo reprendió Juno.

Rogelio tomó el vaso que estaba en la mesa y lo bebió de un trago.

Juno volvió a llenar los vasos.

Bebamos por el que será el operativo más grande que habremos realizado. ¡Salud!

¡Salud! – lo imitaron los tres jóvenes.

Antes de salir Juno puso en el bolsillo de Rogelio unos papelillos. Rogelio, que se sentía ya mareado, le agradeció con una sonrisa.