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Fundamentación histórica y conceptual

 

1. Panorámica de la historia de las Universidades.

Para comprender el sentido del proyecto Universitas Nueva Civilización es  importante conocer los orígenes y la historia de las Universidades, y entender qué son estas instituciones de investigación y docencia de nivel superior.

La Universidad es una de las pocas instituciones que han trascendido a sucesivas civilizaciones, y que han participado activamente en el surgimiento de civilizaciones nuevas, adaptándose a los requerimientos de ellas.

Antiguamente los jóvenes interesados en el conocimiento y el saber peregrinaban de una localidad a otra hasta encontrar uno o varios maestros que los acogieran y les impartieran sus conocimientos,  lo que éstos hacían en completa libertad e independencia.

Solamente a fines siglo VI y comienzos del VII surgen instituciones formales de formación avanzada, las que fueron creadas por la Iglesia (Escuelas Monásticas y Escuelas Catedralicias) y por el poder imperial (Escuelas Palatinas), con el propósito de formar a sus miembros más cercanos en aquellos saberes (las Sagradas Escrituras y la Teología, el Derecho Canónico y el Derecho Civil) necesarios para que cumplieran roles dirigentes.

Las primeras universidades se formaron tres siglos después, y surgieron por iniciativa de asociaciones y gremios de estudiosos independientes, estudiantes y maestros que se proponían desarrollar sus conocimientos y aprendizajes de manera libre y por fuera de las instituciones educativas constituidas por los poderes religiosos y políticos que dominaban en ese tiempo. Así se iniciaron las Universidades de Bolonia, de París, de Oxford, de Cambridge, de Salamanca y otras, hasta que los poderes eclesiásticos e imperiales, no pudiendo impedir el crecimiento y la proliferación de estas agrupaciones de estudiosos libres, se propusieron controlarlas y someterlas, lo que logran emitiendo para cada uno de esos centros de estudio, Bulas y Decretos que las institucionalizan, las reglamentan y las someten a rígidas normas. La fórmula que emplearon para subordinarlas  fue otorgarles reconocimiento y asignarles facultades (de ahí el concepto de Facultad) para enseñar y certificar en ciertas disciplinas formalizadas.

Monumento sepulcral de Cino da Pistoaia, realizado en 1337-9 por Agostino de Giovanni en el Duomo de Pistoia. Lo muestra enseñando en la Universidad de Siena a un grupo de jóvenes, incluida una mujer. Obsérvese que cada estudiante tiene una actitud, una personalidad, un modo particular de participar en la lección. (Foto de P. Misuraca).

Es interesante observar el método de enseñanza-aprendizaje que empleaban inicialmente los estudiantes y maestros. El estudio se iniciaba con la Lectio, o sea la lectura de un texto de un autor reconocido. Seguía la Quaestio, en que se formulaban las interrogantes que suscitaba la lectura. Venía en seguida la Disputatio, en que se ponían en discusión y se sometían a crítica las afirmaciones del autor del texto sobre el tema tratado; y se concluia con la Determinatio, que era la solución a la que había llegado el grupo luego de la discusión abierta. Con este método de enseñanza-aprendizaje, se desarrollaba en los estudiantes la capacidad de razonamiento, el pensamiento crítico, la disposición a aprender y la autonomía de la investigación.

Pero este método y estas entidades educativas se fueron anquilosando, en la medida que las Universidades se sometieron a la autoridad religiosa y política. La Lectio pasó a ser la lectura de un texto aceptado dogmáticamente como verdadero; la Quaestio se convirtió en la exposición de las objeciones que habían hecho los adversarios; la Disputatio era la exposición de las respuestas a las mencionadas objeciones, y la Determinatio consistía en la simple reafirmación de la doctrina ya contenida en la Lectio.

A fines de la Edad Media las Universidades se habían encapsulado. Los debates intelectuales versaban sobre extrañas cuestiones filosóficas intrascendentes, como 'cuántos ángeles pueden caber en la punta de un alfiler', o la famosa e interminable discusión sobre los 'universales'.

Pero ya estaba surgiendo una nueva civilización, la civilización moderna, la civilización de la industria, del capitalismo, de las ideologías laicas y de las ciencias positivas, la civilización del Estado y las ideologías políticas. El Renacimiento, la Reforma, el Humanismo, la Ilustración, y sobre todo la elaboración de nuevas ciencias como la economía, la ciencia de la política, la ciencia del derecho, y más allá de ello, las ciencias de la naturaleza - la física, la química, la biología - con fundamentación empírica, experimental y matemática, eran la expresión de una efervescencia intelectual, social y política que se desentendía de los enmarcamientos doctrinarios del Medioevo.

Estas nuevas búsquedas intelectuales, que acompañaban y fundamentaban los procesos iniciadores de la civilización moderna, se desplegaban por fuera de las universidades. Las grandes Universidades de la época no les daban cabida en sus facultades, y los creadores de esas nuevas artes y ciencias realizaban sus obras en instancias culturales independientes, que ellos mismos creaban. No encontrando cabida en las Universidades, los nuevos intelectuales y científicos crearon numerosas Sociedades Científicas y Academias, conforme al modelo del centro de estudios ideado por Francis Bacon en su obra 'La Nueva Atlántida', que prefiguraba la civilización moderna con todo el avance que habría de tener como efecto de la aplicación sistemática de las ciencias a la producción y a la organización de la sociedad.

Debió pasar todo el siglo XVIII para que las nuevas ciencias empezaran a encontrar cabida en las antiguas Universidades. La fractura entre la educación universitaria y el desarrollo del conocimiento se fue evidenciando progresivamente, hasta que el peso de la emergente civilización moderna, con la demanda de personal calificado y especializado por parte de las nuevas actividades económicas, industriales y comerciales, y las demandas provenientes de los Estados que requerían burocracias eficientes y dirigentes políticos formados en las disciplinas económicas y sociales, llevaron a la creación de nuevas Universidades, y a la progresiva transformación de las antiguas.

Los Estados nacionales fueron los creadores de las Universidades modernas. El modelo que siguieron en gran parte del mundo fue el que se estableció en Francia y que se conoce como Universidad Napoleónica. El elemento central de este nuevo modelo de Universidad es la organización de los estudios en torno a profesiones, precisamente aquellas que eran requeridas por los procesos económicos y políticos de la sociedad moderna en su fase de consolidación.

La Universidad Napoleónica, concentrada en la formación de profesionales, organizó las actividades académicas en Escuelas Profesionales, cada una provista de un curriculum formativo predefinido, que debía garantizar que al completar las asignaturas los estudiantes quedaban aptos y competentes para el ejercicio de funciones precisas en algún campo de actividad profesional. En estas Universidades la investigación se concibe asociada a la formación profesional y está a su servicio, siendo organizada a través de Departamentos o Institutos, cada uno centrado en una disciplina particular.

Ese modelo de Universidad moderna ha sido funcional al desarrollo del industrialismo y el capitalismo, de las burocracias y el Estado, de las ideologías y las ciencias positivas. En otras palabras, ha estado perfectamente adaptado a los requerimientos de la civilización moderna. Pero cuando esta civilización entra en crisis - como está sucediendo – y surge desde muchos ángulos y aspectos la necesidad de iniciar la creación de una civilización nueva y superior, las Universidades profesionalizantes y fragmentadas disciplinariamente ponen de manifiesto sus limitaciones e insuficiencias.

 

2. El momento presente: crisis de civilización y surgimiento de nuevas estructuras del conocimiento y de la comunicación.

La humanidad se encuentra actualmente frente a problemas y crisis cuya magnitud y profundidad no tienen precedentes. Ante los gravísimos problemas ecológicos, ambientales, energéticos, demográficos, sociales, económicos, políticos y culturales que se agravan y agudizan día a día, los gobernantes no encuentran soluciones efectivas, los intelectuales no ofrecen respuestas convincentes, la humanidad se encuentra desorientada. Ello ocurre porque se buscan soluciones y respuestas a ese conjunto de crisis sin plantearse el verdadero problema que subyace a todas ellas, esto es, que la civilización moderna está ya agotada y ha comenzado a declinar.

La actual civilización moderna está en crisis orgánica, y están en crisis los tres pilares o fundamentos que la sostienen. Está en crisis su pilar político: el Estado nacional y los partidos; está en crisis su pilar económico: el industrialismo y el capitalismo; y está también en crisis su pilar cultural: las ideologías, las ciencias sociales, y la ética positivista. Estas tres dimensiones de la crisis se evidencian a través de sus múltiples efectos, que podemos sintetizar en el agotamiento de un modo de desarrollo económico, de unas formas de convivencia civil y política, y de unos paradigmas ideológicos y teóricos, que se muestran incapaces de dar sentido a la vida colectiva, y de proponer soluciones viables frente a los grandes problemas que aquejan a la sociedad y que tienden a agudizarse.

Pero junto al declinar de esta civilización y de sus estructuras cognoscitivas y educacionales, incluida la Universidad moderna, está emergiendo una civilización nueva, portadora de nuevas estructuras del conocimiento y de la proyectación, de nuevas formas de comunicación y de educación. Es lo que debemos comprender, para identificar y proyectar aquellas nuevas formas de conocimiento, de comunicación y de educación, y aquellas nuevos modos de hacer Universidad, que contribuyan al potenciamiento de la nueva civilización emergente.

Pero ¿qué podemos entender como una ‘nueva civilización? Y antes de ello ¿que elementos configuran lo que se entiende por una ‘civilización’?

Ante todo y en general, una civilización se caracteriza por la difusión de una forma de vivir, que implica la adopción de ciertos modos de pensar, de sentir, de comportarse, de actuar y de relacionarse, que se difunden entre vastos conjuntos de personas. Se habla, en tal sentido, de que cada civilización forma y difunde un cierto ‘tipo humano’ característico.

Más específicamente, una civilización se distingue – en cuanto expresión y resultado social del modo de vivir que la caracteriza - por un determinado modo de hacer y de organizar la actividad económica. Ello incluye cuestiones tan amplias como la propia manera de experimentar las necesidades, de producir los bienes y servicios que las satisfagan, de distribuirlos entre los diferentes individuos y grupos que forman parte de la sociedad, de consumirlos y utilizarlos,  de desarrollar y acumular lo que se necesita para garantizar el futuro. Y a la base de todo ello, un modo particular de procesar y estructurar las relaciones entre los individuos socialmente organizados, con la naturaleza y el medio ambiente en que se asientan.

Una civilización se caracteriza también por la forma en que se establece y garantiza el orden social, por las instituciones que regulan los comportamientos que se reconocen como legítimos, meritorios y aceptables, o sea, por un modo de hacer y de organizar la vida política. A la base de todo ello hay siempre un modo particular de relacionamiento entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos, esto es, un particular orden institucional, activa o pasivamente legitimado y aceptado socialmente.

Una civilización se caracteriza igualmente por las ideas y valores que presiden, orientan y dan sentido a la vida individual y social; por las estructuras del conocimiento que se emplean en la comprensión de la realidad, y en la proyectación de las acciones y cambios que impulsan los sujetos; por los valores y la ética que presiden los comportamientos reconocidos como meritorios; por las formas que asumen el arte y la creación intelectual y estética; en síntesis, por las formas y contenidos que adopta la cultura. Y a la base de todo ello, implícita o explícitamente, por un modo particular de relación entre la teoría y la práctica, entre el saber y el hacer.

En este contexto, de crisis de una civilización y emergencia de otra nueva y superior, un hecho de enorme trascendencia es que actualmente las principales contribuciones al conocimiento, las mejores obras artísticas y las grandes innovaciones tecnológicas, no se realizan en el seno de las Universidades profesionalizantes, sino que se elaboran en centros de investigación y de cultura independientes, y se comunican a través de revistas, redes y portales autónomos, empleando las nuevas tecnologías de información y comunicación, particularmente la Internet.

Las transformaciones que se están verificando en las formas del conocimiento y en sus vías de comunicación son muy profundas y radicales, y a ellas nos referiremos más adelante. Puestos en perspectiva histórica podemos ver que los cambios que se están verificando en las formas de producción y de comunicación del conocimiento, se tornan plenamente comprensibles solamente en cuanto los insertemos analíticamente en la dinámica de los grandes procesos civilizatorios, y en particular en los actuales procesos de crisis orgánica de la civilización moderna, y de surgimiento progresivo de una civilización nueva y superior.

Comprendiendo estos cambios desde la historia de la Universidad y en el contexto de la crisis de la civilización moderna, surge la necesidad urgente  de contribuir al potenciamiento de los procesos que están haciendo emerger una civilización nueva y superior, reformulando radical y profundamente la cuestión de la Universidad. La creación de Universidades de nuevo tipo adquiere un significado y un valor eminentes, siendo una premisa y prerrequisito de ello, el repensar la idea y el proyecto de Universidad desde sus mismos fundamentos, sus principios y su esencia.

Podríamos afirmar que el momento actual es semejante al que dio lugar a las primeras Universidades, cuando estudiantes y maestros crearon asociaciones de estudio independientes, por fuera de las Escuelas Monásticas, Catedralicias y Palatinas que reproducían los antiguos saberes. Y es análogo también a la época en que las nuevas ciencias, artes e industrias que daban comienzo a la civilización moderna, se desplegaban en instituciones independientes y no reconocidas por las Universidades que se habían anquilosado y no daban cauce a las nuevas disciplinas científicas y tecnológicas.

 

3.  El conocimiento como 'valor creador de valor' y el tránsito a la sociedad del conocimiento.

Cuando se habla hoy de ‘la sociedad del conocimiento’, lo que se quiere habitualmente destacar es básicamente que el ‘valor’ y la productividad de las empresas, de los trabajadores, de los técnicos, de los administradores, de las comunidades, etc. está dado principalmente, y cada vez más, por la capacidad que tengan de aprender, generar y desarrollar conocimientos, y de aplicarlos en la solución de problemas reales y actuales, innovando, perfeccionando y transformando las actividades, procesos, estructuras y sistemas.

Es efectivo que el aprendizaje, el desarrollo y la difusión de conocimientos dan lugar, en cualquier persona y en toda empresa, a un incremento de su ‘valor’ y de su productividad, eficiencia y creatividad. En realidad, lo que hace el conocimiento es potenciar el valor y la creatividad de todos los factores económicos: fuerzas de trabajo, medios materiales de producción, tecnologías, aptitudes de gestión y de liderazgo, capacidades de obtener crédito, energías unificadoras y movilizadoras de conciencias, voluntades y emociones tras objetivos compartidos. Cada uno de estos factores incrementa su productividad y su ‘valor’ en cuanto contenga en sí una mayor y mejor provisión de informaciones y conocimientos útiles.

Un trabajador con más conocimientos produce más que uno que sepa menos; un medio material en cuya estructura estén integrados más conocimientos, tiene un rendimiento más eficiente. Un tecnólogo más informado y conocedor de los conocimientos pertinentes a su tecnología, encuentra mejores soluciones y tiene mayor capacidad innovadora que si tuviera menos información y conocimiento. Lo mismo vale para un gerente, administrador o ejecutivo. Sin duda, también el mayor y mejor conocimiento que se adquiere, se crea y se reparte en un grupo social, permite que éste despliegue más ampliamente todas las energías individuales y sociales.

Ahora bien, es importante darse cuenta de que el ‘valor’ que crea y potencia el conocimiento, no se manifiesta sólo en las empresas y en las actividades productivas directas. El conocimiento que se expande en un individuo, lo hace crecer, lo perfecciona, lo hace ‘ser’ y ‘valer’ más, en las distintas áreas de la actividad humana. El conocimiento que se desarrolla y difunde en una sociedad, aumenta el ‘valor’ (en el más amplio sentido) de esa sociedad. El conocimiento que crece y se despliega en una comunidad, en una organización política, en una entidad deportiva, en un movimiento social, o en cualquier tipo de organización, potencia a dicha organización, la hace más capaz, más fuerte, más creadora.

Pensar en este sentido el conocimiento como ‘valor’ creador de ‘valor’, nos lleva a postular que la economía del futuro, la política del futuro, y la sociedad del futuro, serán construidas en gran medida y fundamentalmente, desde el conocimiento. Por consiguiente, la economía, la política y la sociedad del futuro asumirán –podrán asumir- formas y contenidos diferentes y diversos, según cuáles sean las formas y contenidos del conocimiento que será desplegado, y los modos que asuma su producción y difusión.

En realidad, esto que afirmamos es algo que viene ocurriendo desde hace tiempo en la historia. Pero el impacto del conocimiento y de sus formas sobre los modos de organizarse y realizarse de la economía, la política y la sociedad está aumentando de manera impresionante, pues ya no hay actividad humana que no se encuentre sujeta a una enorme cantidad y variedad de conocimientos que la condicionan, y sin los cuales no puede realizarse con éxito. Podemos afirmar que, como nunca antes en la historia de la humanidad, el desarrollo del conocimiento es una necesidad, del cual depende no solamente el progreso sino la sobrevivencia misma de la sociedad. Es este hecho, que hemos comenzado a reconocer, lo que ha llevado a afirmar que estamos pasando desde la sociedad industrial y estatal, a la que conoceremos como la ‘sociedad del conocimiento’. Pero ¿en qué consiste exactamente el cambio, y cuál es en este sentido la real novedad de la situación presente?

Al respecto podemos sostener que la novedad y el cambio son tan profundos que implican un cambio de época, la apertura de una nueva época histórica que comporta nada menos que el surgimiento de una nueva civilización. Lo que nos lleva a afirmarlo es que estamos ante un cambio radical en la función que cumple el conocimiento en la sociedad y para los individuos. Para comprenderlo es preciso hacer otra vez, aunque sea brevemente, unas importantes referencias históricas.

En la civilización medieval el conocimiento que proporcionaba las certezas que los individuos requerían para orientarse en la vida, y que las sociedades necesitaban para establecer y garantizar el orden social, estaba constituido por creencias religiosas, normas éticas, y destrezas propias de cada oficio o actividad laboral. Dichas creencias, normativas éticas y saberes prácticos se presentaban ante todos como ‘dados', como indiscutibles, y habían sido elaborados por muy pocos individuos en posiciones de poder y autoridad. Esos conocimientos eran transmitidos por los 'cultos' a los incultos', por los maestros a los aprendices, constituyendo saberes aceptados por fe y tradición. Eran suficientes para proporcionar aquellas certezas necesarias para que cada uno desempeñara las funciones, ejecutara las actividades y se comportara socialmente, conforme a lo que se esperaba de cada sujeto.

Las fuentes del conocimiento estaban encriptadas, escritas y difundidas en una lengua conocida como ‘culta’ (el caso del latín en Europa occidental), de modo que solamente unos pocos iniciados tenían acceso a ellas y podían generar y difundir algún tipo de conocimientos nuevos. Incluso los saberes prácticos propios de los oficios se reservaban para pequeños grupos ‘agremiados’ y organizados, que defendían el monopolio de sus competencias. La relación entre los ‘cultos’ y los ‘simples’, entre los dirigentes y los dirigidos, entre los maestros y los aprendices, se establecía en base a vínculos de autoridad, obediencia y lealtad.

Esas formas del conocimiento entraron en crisis cuando los conocimientos empezaron a difundirse mediante su publicación en lenguas vernáculas o ‘vulgares’ Así ocurrió con la Biblia, con algunos escritos filosóficos, y con los estudios sobre la mecánica, la astronomía, la botánica y la zoología, que en seguida dieron lugar a la física y la biología como nuevas disciplinas científicas. El empirismo y el positivismo establecieron las bases del conocimiento emergente, cuando afirmaron que la única autoridad que podía aceptarse en el conocimiento eran los datos empíricos sobre las realidades ‘objetivas’, que cada individuo pudiera verificar con los sentidos y la experiencia.

Surgió y se estableció, así, la moderna civilización de las ciencias positivas, de la industria y del Estado. La Industria y el Estado en sus formas modernas, eran resultado de la aplicación de las nuevas formas del conocimiento a la economía y a la política, a la producción y al orden social. El conocimiento adquirió nuevas formas, que reemplazaron la autoridad por la verificación empírica, al mismo tiempo que se multiplicaron los sujetos productores de conocimientos.

Los científicos, los intelectuales y los ideólogos fueron puestos al servicio de la industria y del Estado, y el conocimiento y las informaciones se desarrollaron como saberes instrumentales, como herramientas útiles para establecer y hacer crecer la economía y la vida política. Surgieron las profesiones como categorías de personas que dominando determinados ámbitos particulares del conocimiento y ciertos métodos para su aplicación a problemas prácticos, son reconocidos como competentes para el ejercicio de ciertos conjuntos de actividades especializadas.

En esa civilización moderna de la industria y del Estado, el conocimiento se institucionalizó y se profesionalizó, adquiriendo las características disciplinarias y burocráticas que caracterizan a toda esta civilización. Como escribió Max Weber, la ciencia se organizó como profesión, del mismo modo y al mismo tiempo que la política se constituía como profesión. Era el conocimiento organizado en disciplinas separadas (la mecánica, la óptica, la biología, la sociología, la economía, etc.), crecientemente especializadas y fragmentadas; el saber fraccionado en función de campos y temas específicos dependientes de los diferentes rubros de producción y de las distintas problemáticas de la vida social. Un conocimiento fraccionado disciplinariamente, que se difundía y reproducía a través de las ‘profesiones’ que se formaban en las universidades modernas.

La Universidad se convirtió en un instrumento esencial del fraccionamiento disciplinario de las ciencias y de la formación de profesionales especializados, tal como eran requeridos por la civilización industrialista y estatista. Las Universidades fueron las promotoras y ejecutoras de aquellas estructuras que asumieron – en los albores de la época moderna - la racionalidad instrumental, el conocimiento disciplinario y la multiplicación de las profesiones, todo orientado preferentemente a encontrar aplicaciones tecnológicas y políticas del saber. Es el conocimiento puesto al servicio de la industria en todas sus ramas, y del Estado en sus variadas problemáticas.

En ese contexto, las relaciones entre dirigentes y dirigidos se basan en una combinación de criterios de competencia técnica y de control burocrático, según los cuales se distinguen los competentes que deciden y controlan los procesos, y los subordinados que ejecutan las decisiones y cumplen las instrucciones que reciben. Esa misma es la estructura de relaciones que se establece en la Universidad entre profesores y estudiantes.

 

4. Nuevas condiciones para la elaboración, la comunicación, la enseñanza y el aprendizaje.

Lo que está comenzando a surgir actualmente es algo completamente distinto y original. Nuevos medios de comunicación, la Internet y las redes sociales, están cambiando completamente la relación de los individuos con las informaciones y el conocimiento. Tres son las novedades y transformaciones más significativas.

La primera es que prácticamente todos los individuos tienen ahora la posibilidad de acceder a todo tipo de informaciones, ideas y conocimientos, provenientes de cualquier parte del mundo. Este es un cambio de enorme trascendencia. En efecto, hasta hace poco las personas adquirían su acerbo de conocimientos en base a lo que les trasmitían la propia familia, la escuela, el Estado, los partidos políticos, las iglesias y los medios de prensa masivos, y finalmente las Universidades. Las informaciones y conocimientos que recibían estaban organizados, estructurados y programados por los emisores. Ahora, en cambio, cada uno es receptor y público de todos los discursos, de todos los emisores, teniendo la posibilidad e incluso la necesidad de seleccionar por sí mismo lo que recibe y asimila, escogiendo entre la multitud inmensa de informaciones y conocimientos, aquellos que le interesan y que desea asumir.

De este modo se han expandido enormemente los espacios de libertad e independencia de cada uno, y al mismo tiempo se ha debilitado el poder que anteriormente ejercían sobre las conciencias, sobre las ideas y los modos de pensar y de sentir de las multitudes, los pocos sujetos que decidían lo que debía ser conocido y aprendido. Esta expansión de la libertad respecto al conocimiento conlleva al mismo tiempo un aumento de la responsabilidad de cada uno, pues al decidir cada persona lo que conoce y escoger sus fuentes de información, cada uno es responsable de los efectos que dichos conocimientos tendrán sobre sí mismo y sobre la sociedad.

La segunda novedad importante es que cada individuo se convierte en emisor potencial de informaciones y conocimientos. Las personas que hasta ahora eran solamente público, estudiantes, receptores pasivos de las informaciones y conocimientos organizados por otros, tienen ahora la posibilidad de ser productores y emisores de informaciones, creadores de nuevos conocimientos, que pueden fácilmente poner en circulación y por tanto hacerlos accesibles a todos quienes se interesen en ellos.

Esta es la adquisición de una libertad nueva, o mejor dicho, la generalización a todos los individuos, de aquella libertad de pensamiento que en la sociedad moderna ha sido prerrogativa efectiva de pocos. Esta libertad extendida conlleva también una nueva responsabilidad que han de asumir los individuos; pero sobre todo, implica el establecimiento de relaciones horizontales entre sujetos que son todos ellos, al menos potencialmente, emisores y receptores de informaciones y conocimientos.

La tercera novedad aportada por las nuevas tecnologías informáticas es el establecimiento de redes de comunicación, libremente formadas por las personas, y con prácticamente plena libertad tanto de entrada como de salida respecto a las redes que se constituyen. Lo que está implicado en la conformación de las redes sociales es un hecho de la máxima trascendencia, que viene a modificar y re-estructurar completamente la organización social y las relaciones entre los individuos y entre los grupos. Es el hecho que cada uno está en condiciones de seleccionar y escoger con quienes se relaciona y a qué grupos y comunidades pertenece.

Se transita desde una situación en que el ámbito de las relaciones sociales se encontraba determinado por la familia y el lugar en que se nace y crece, por las relaciones dadas por el barrio, la escuela y la Iglesia, por el oficio, la profesión y el trabajo, a una situación inédita en que cada uno puede escoger libremente con quienes se conecta y comunica, a qué grupos, organizaciones y comunidades pertenece, en que iniciativas culturales, sociales, políticas y económicas participa. Se trata, nuevamente, de una expansión inmensa de los espacios de libertad de las personas, que conlleva a su vez la correspondiente expansión de las responsabilidades de cada uno.

Podemos afirmar, en síntesis, que el tránsito a la sociedad del conocimiento nos da la oportunidad de ser más libres, de autodeterminarnos en cuanto a nuestra conciencia, a nuestros estudios y competencias, y a nuestras relaciones sociales y laborales, así como a desplegar nuestras propias iniciativas sociales, económicas, políticas y culturales, no debiendo ya limitarnos a escoger participar o no participar en aquellas existentes. La sociedad y la historia podrán en el futuro ser construidas desde los individuos y desde las redes y comunidades que ellos libremente vayan conformando, con los contenidos intelectuales y morales que pongamos en tales iniciativas. Como hemos dicho, junto con expandir enormemente los espacios de libertad, se incrementan correspondientemente las responsabilidades de cada uno, que ya no podremos justificar nuestras limitaciones y comportamientos atribuyéndolas a las condiciones, estructuras y contextos sociales y culturales en que nos ha tocado vivir.

Demás está decir que las Universidades modernas, disciplinarias y profesionalizantes, que organizan la enseñanza conforme a mallas curriculares predefinidas, que mantienen las rígidas diferencias y jerarquías que separan a los profesores y a los estudiantes, están quedando al margen de estas transformaciones radicales.

 

5.  ¿Cómo orientarnos en este nuevo contexto del conocimiento, o cómo medir el valor de los conocimientos?

En este nuevo contexto de libertades y responsabilidades expandidas, se nos presenta un problema nuevo, cual es el de orientarnos en el maremagnum de informaciones y de conocimientos que están a nuestro alcance, y en la prácticamente infinita cantidad y variedad de sujetos individuales y colectivos con los cuales podemos establecer relaciones e interactuar. ¿Cómo, con qué criterios, con cuáles informaciones podemos orientarnos para tomar las decisiones, en el marco de las nuevas libertades y responsabilidades adquiridas?

Un concepto importante del que podemos servirnos en este sentido es el de ‘valor’ del conocimiento. Dijimos que el conocimiento es ‘valor’ creador de ‘valor’, En la moderna economía capitalista y en la sociedad de la industria y del Estado, las principales opciones que tomamos las personas pasan por el mercado, donde los bienes y servicios, los satisfactores de la mayor parte de nuestras necesidades, los saberes y las profesiones, adquieren un ‘valor de cambio’, un precio. Son los precios y las expectativas de ingresos los que orientan a los individuos y a las organizaciones en gran parte de sus decisiones, incluidas las que se refieren a sus estudios. Pero en la sociedad del conocimiento y de las redes, si bien muchas informaciones y conocimientos se procesan aún en el mercado y adquieren un valor monetario, existe una cantidad enorme de informaciones y conocimientos que están disponibles gratuitamente, y/o que circulan fuera del mercado, o en que el precio que se paga por ellos es independiente de los ingresos que pueden generar al que los adquiere. En la sociedad del conocimiento y de las redes, sirven otros criterios de medición del valor, no monetarios, o al menos, no directamente expresables en unidades monetarias.

El valor de las informaciones y conocimientos, y el valor de las relaciones y de las redes de comunicación e interacción, y el valor de las entidades que elaboran y proveen conocimientos y saberes, debe evaluarse y medirse de otros modos. Y es necesario encontrar esos modos de evaluación y medición, para orientarnos en las decisiones sobre qué conocer y estudiar, dónde hacerlo, con qué fines y objetivos. Porque, obviamente, no podemos tener una experiencia directa de todos los conocimientos disponibles ni de todas las relaciones y redes a las que podemos acceder. Estamos enfrentados a la necesidad de decidir y de optar entre una enorme cantidad y variedad de posibilidades, contando con una información limitada e insuficiente. ¿Qué sistemas de información, equivalentes a los del sistema de precios en la sociedad del mercado, pueden estar disponibles, o pueden implementarse y desarrollarse, para orientarnos en la nueva sociedad del conocimiento? ¿Existen formas de medir y de informarnos sobre el valor que los conocimientos y las relaciones sociales pueden tener para nosotros?

Cuando hablamos en este sentido del ‘valor’ del conocimiento y del ‘valor’ de las relaciones y pertenencias a redes y asociaciones, estamos indagando sobre la utilidad que puedan aportarnos esos conocimientos y esas relaciones en orden a la satisfacción de nuestras necesidades, aspiraciones y deseos, y más ampliamente, en función de la realización de nuestros propósitos, objetivos y fines. Podemos expresarlo de otro modo a partir de la fórmula “valor creador de valor”. ¿Cuál es el ‘valor’ (realización y potenciamiento de nuestras capacidades, creatividad, eficiencia, productividad, etc.) que pueden crear en nosotros – como individuos, como grupo, como comunidad, como empresa o como organización - unos determinados conocimientos y procesos cognitivos?

En la actualidad son en gran medida las Universidades la que establecen el 'valor' de los conocimientos que ellas mismas enseñan a sus estudiantes. Cada Universidad tiene un prestigio, que se transfiere a los profesionales que ellas forman, naturalmente que haciendo distinciones entre ellos según las notas o calificaciones que cada uno obtiene en las asignaturas y materias de estudio aprobadas. Este es el principal criterio que tienen las personas, las empresas y las entidades públicas que contratan profesionales, a la hora de seleccionar el personal que necesitan. Puede discutirse la validez de este criterio de medición, pero es así como opera el mercado de las profesiones, que constituye una guía importante para decidir en qué Universidad y qué carreras profesionales escoger.

Es obvio que nada de eso sirve cuando se trata de las nuevas formas del conocimiento a que nos hemos referido. Estas nuevas formas del conocimiento y de su comunicación y enseñanza-aprendizaje deben idear sus propios sistemas de evaluación del 'valor' del conocimiento.

En la actualidad, en los nuevos medios de  información y comunicación, en ausencia de otros criterios mejores y realmente calificantes del valor de las opciones disponibles, se da la tendencia a operar con el criterio simple de seguir las opciones de los demás, de los grandes números. Es el llamado ‘efecto manada’, según el cual se opta conforme se observa lo que optan los demás. Detrás de esta forma de decidir y evaluar las opciones está implícita la idea que, puesto que no conocemos las distintas opciones estamos inciertos sin poder decidir, y puesto que vemos que otros han decidido, suponemos que lo hayan hecho en base a algún conocimiento que ellos disponen y del cual nosotros carecemos.

Pero el criterio de los grandes números es engañoso y decididamente poco confiable, especialmente cuando se trata de ejercer realmente la libertad y responsabilidad recientemente adquiridas, y de generar iniciativas nuevas orientadas hacia nuestra propia realización y hacia el logro de nuestros objetivos. En efecto, actualmente las mayorías, o más exactamente los ‘grandes números’, están decidiendo conforme a los criterios de la sociedad que decae y perece, todavía como público subordinado y sumiso, que adopta los criterios que les fijan externamente el Estado, la industria, las modas, las convenciones sociales.

La cuestión de la evaluación del ‘valor’ de los conocimientos y de las comunidades y redes que en base a ellos se establecen, a los efectos de orientarnos en el contexto de las nuevas y cambiadas condiciones en que se despliega la vida humana, requiere un enfoque completamente nuevo, y en tal sentido el concepto del conocimiento como ‘valor creador de valor’ adquiere especial relevancia.

Cuando hablamos de ‘valor creador de valor’, estamos indicando que el ‘valor’ de un determinado conocimiento, estudio, investigador o propuesta educativa, consiste básicamente en la capacidad de  ‘creación de valor’ que potencialmente adquieren quienes estudian y asimilan el conocimiento, estudio o propuesta educativa en cuestión. Lo que importa es la productividad del conocimiento en cuanto inserto en el trabajo cognitivo y práctico de quien lo asimila y trabaja con él. Pero si es así, será el mismo sujeto que adquiere el conocimiento quién está realmente en condiciones de evaluar cuanto le sirve el conocimiento recibido desde otro, para realizar sus propios fines y objetivos.

La pregunta que hay que hacerse, entonces, no es cuanto ‘valor’ tiene en sí la profesión o la carrera que ofrece tal o cual entidad educativa, sino cuánto ‘valor puedo crear’ a partir del conocimiento que asimilo y desarrollo. De este modo, cada uno tendrá que aprender a valorar los conocimientos.

Pero hay un problema previo: ¿cómo orientarnos en la multitud de conocimientos disponibles que circulan y se ofrecen sobreabundantemente en los medios de comunicación y en todas las fuentes que los emiten actualmente? Si no sirve recurrir a las viejas autoridades y jerarquías académicas, la respuesta podemos encontrarla en las redes de estudiosos que tienen la capacidad de comunicar a otros, y de recibir de ellos, las valoraciones que cada uno y todos van haciendo sobre las informaciones y conocimientos que circulan. De este modo, si bien cada sujeto ha de valorar cada conocimiento que recibe por el valor que puede crear a partir de aquél, las redes de sujetos cognoscentes que se orientan al logro de fines y objetivos similares, pueden multiplicar la información disponible para todos los participantes en la red, sobre el valor de numerosos conocimientos, autores, revistas y centros de investigación, en la medida que todos comuniquen a los demás integrantes de la red sus propias valoraciones de lo que estudian y leen. Hay en este sentido la posibilidad de un gran potenciamiento del proceso de valoración subjetiva, al convertirla en ‘intersubjetiva’.

Las redes informáticas que vinculan a los interesados en el conocimiento y el estudio tienen otra ventaja importante respecto a los sistemas de valoración convencionales, y es la consistente disminución del tiempo que transcurre entre la elaboración y la difusión del conocimiento, y entre la difusión y la valoración del mismo. Incluso la Internet hace posible que la difusión se realice en el acto mismo de la elaboración, no siendo indispensable el largo proceso que media entre la elaboración y su publicación, mediado por la evaluación de terceros. Y a través de las redes, el investigador puede obtener rápidamente una retroalimentación sobre el valor de lo que ha creado, del conocimiento que ha producido, en cuanto otros le dirán si han creado nuevo valor con el conocimiento en cuestión.

Tal es la forma que necesariamente llegarán a asumir las Universidades del futuro: redes de estudiosos que elaboran y comparten conocimientos y saberes, que los evalúan, critican y valoran recíprocamente, que avanzan juntos en procesos integrados de enseñanza – aprendizaje.

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