ESTACIÓN TREINTA Y CINCO - EL PODER, LA OMNIPOTENCIA Y LA LIBERTAD

ESTACIÓN TREINTA Y CINCO

EL PODER, LA OMNIPOTENCIA Y LA LIBERTAD


No sé cuánto tiempo dormí, esta vez sin pesadillas, por lo que al despertar me encontraba repuesto y sereno. Comprendí que Dante había velado mi sueño, y comprobé que dispuso a mi lado un cesto de nueces e higos que no tardé en saborear.

Ya no estábamos en la caverna sino a la sombra de una arboleda florecida, a orillas de una vertiente de agua fresca y cristalina en la que nos bañamos placenteramente.

Sentados luego a la sombra de un sauce, el Maestro inició la conversación que teníamos pendiente.

¿Qué es para ti el poder? ¿Cómo lo sientes cuando lo ejercen sobre ti?

Me disgusta sobremanera que alguien, quienquiera que sea, me imponga su voluntad – respondí con seguridad, añadiendo de corrido. – Entiendo que en la sociedad humana, tener poder consiste en la capacidad que poseen algunos individuos de imponer a otros su propia voluntad. En ese sentido, ejercer poder significa dominar, subordinar.

Y ¿qué dirías – me preguntó el Maestro nuevamente – si alguien tuviera el poder absoluto, que fuera en verdad omnipotente, en una situación determinada cualquiera?”.

¡El horror extremo! Eso es exactamente lo que vi en mis pesadillas de anoche – respondí sin dudarlo un instante.

Pero si ese poder absoluto no se ejerciera con crueldad sino bondadosamente, por ejemplo para producir placer y dicha constantes ¿lo aceptarías?”.

Esta vez tardé en responder, pues me quedé pensando. Finalmente dije, ya sin dudar:

No. Prefiero ser libre y tener la capacidad de decidir mis placeres y de buscar la felicidad por mi cuenta. Que nadie me imponga su voluntad, aunque ella parezca conveniente y oportuna. Prefiero ser un hombre que no una mascota, por más bondadoso que sea el amo.

¿Lo prefieres aún cuando haya hombres viles que, empleando su libertad, puedan imponer su voluntad sobre la tuya y subordinarte y someterte?”.

Después de un momento de reflexión respondí:

Lo prefiero, sí, pues siendo interiormente libre, podré resistirme, rebelarme y luchar por defender mi libertad, afirmándome como un ser humano, aunque en ello arriesgue perder la vida. ¡No acepto ser mascota de nadie, ni siquiera de Dios!

Peregrinación 35 libertad

 

Al escuchar mis palabras apasionadas Dante sonrió, me tendió la mano en un gesto que sentí que nos hermanaba en un nivel muy profundo. Dijo:

¿Recuerdas que en una conversación anterior afirmé que Dios no es omnipotente, como suele decirse?”.

No lo he olvidado, y recuerdo que esa afirmación que hiciste turbó mi mente, por lo que no me atreví a indagar más sobre ella.

Mal hiciste, pues la verdad hay que buscarla aun poniendo en cuestión las creencias más queridas; incluso dudando de las convicciones que nos parezcan más seguras por haberlas recibido de nuestros padres, en la escuela, en la iglesia, o donde sea que nos fueran inculcadas.

Dios no es todopoderoso. Dejó de serlo en el momento mismo en que creó al hombre a su imagen y semejanza. La libertad que nos dio, hace que la conciencia y la voluntad humanas constituyan un espacio autónomo en el que Dios no puede intervenir, por mal que lo utilicemos.

Lo que sucede en la sociedad humana y en la historia, no depende de la voluntad de Dios sino de la voluntad de los hombres. Dios renunció al poder de hacer la historia en el momento en que creó al hombre como un ser libre, capaz de dirigirse a sí mismo. Delegó en nosotros esa parte de su poder, y al hacerlo, dejó en nuestras manos no solamente nuestra vida, sino el mundo entero.”

Me quedé pensando. Si Dios no puede imponer su voluntad entre los hombres, en la sociedad, en la historia, es enteramente injusto cargar sobre él la responsabilidad sobre hechos tan monstruosos como el Reinado del Terror jacobino, las Guerras Mundiales, el exterminio de judíos bajo el nazismo, las matanzas en los Gulag.

Comprendí que Dios no podía impedir que ninguno de esos hechos sucediera, porque los humanos los decidieron, precisamente por haber rechazado el amor de Dios e incluso negado su existencia. Pero esa conclusión chocaba con otra de las enseñanzas que comparten las religiones.

Pero, entonces, vuelvo a preguntar, querido Dante, ¿es que Dios no interviene en nuestras vidas, y no actúa de modo alguno? ¿De qué sirve entonces la oración? ¿No resulta de ello que la plegaria sea algo enteramente inútil? ¿Qué sentido tiene aquello de “pedid y se os dará”, que enseñó Jesús?

A tu pregunta – replicó el Maestro – respondo del mismo modo que antes. El Amor sólo responde al amor. Esto significa que Dios actúa solamente en cuanto nos atrae con su amor y nos hace más semejantes a él.

En cuanto a la plegaria, el Padrenuestro es la respuesta. ¿Qué pedimos al Padre en esa oración que enseñó Jesús? Si la analizas bien, descubrirás que sólo se pide aquello que los seres humanos podemos realizar, si nos lo proponemos y si acogimos en nosotros el amor de Dios.

Santificar su nombre es algo que podemos hacer interiormente, si queremos.

Que venga y se instaure el Reino de Dios es algo que depende de nosotros.

Que se haga Su voluntad, es posible sólo si asumimos y realizamos, nosotros, la voluntad de Dios.

El pan de cada día lo tenemos que producir y distribuir.

Perdonar las deudas, propias y ajenas; evitar las tentaciones, liberarnos del mal, son cosas que dependen del ejercicio de nuestra libertad.

Decir y reiterar todo eso dirigiéndonos a Dios, es un buen modo de repetírnoslo interiormente, nosotros mismos”.

Pero ¿cuál es la voluntad de Dios? No es tan fácil saberlo – insistí.

¿Todavía no entiendes, hermano, que si exista o no exista Dios, cómo pueda o no pueda ser Él, y cuál sea o no sea su voluntad, son cuestiones cruciales en la vida de toda persona, sobre las cuales cada uno debe buscar las respuestas con entera libertad?”.

No hice más preguntas porque tenía ya demasiado en qué pensar. Como brota una flor de una hierba que ha recibido el rocío de la madrugada y las primeras caricias del Sol, emergió de lo más hondo de mi alma una especie de plegaría:

"Como un padre que al retirarse entrega a los hijos su legado para que continúen su obra, tú dejaste el mundo en nuestras manos, para que continuemos la Creación.

"Nos regalaste el poder de buscar la verdad, de liberarnos del mal, de desplegar el bien y la belleza, de construir la unidad entre los hombres y con todos los seres vivientes. Nos diste las potencias del conocimiento y del amor.

"El poder está ahora en nosotros. Y tenemos que hacernos cargo de tu bendición primera: "Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta sobre la tierra. Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la faz de la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; os servirá de alimento."

"Dijiste en palabras del Salmo: "Vosotros sois dioses, todos vosotros, hijos del Altísimo". Palabras fuertes que reafirmó Jesús insistiendo que corresponde a nosotros hacer las obras del Padre.

"Pero no nos dejes solos. Ven, quédate con nosotros y danos la fuerza de tu amor, porque la misión que nos encomendaste, es en realidad divina, y nosotros somos y seguimos siendo solamente humanos".

Sentí una voz interior que respondía mi plegaria: “Porque mi amor es infinito, para vivir con ustedes generé un Hijo de Hombre”.

Pasó el día. Al anochecer el Maestro me tomó de la mano. Seguimos un sendero oculto y por ahí llegamos, subiendo sin descanso, a un mundo iluminado por la luna y por las estrellas que comenzaron a aparecer, unas tras otras, hasta llenar de colores el firmamento.


Luis Razeto

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