EL SIGNIFICADO MORAL Y ESPIRITUAL DEL FEMINISMO - Luis Razeto

EL SIGNIFICADO MORAL Y ESPIRITUAL DEL FEMINISMO.


Antepongo a la reflexión sobre el tema una premisa: que la cuestión principal que enfrenta hoy la humanidad es qué hacer respecto a nuestras relaciones con la naturaleza; cómo relacionarnos con el mundo natural, del cual somos parte y que es el medio ambiente en que vivimos, que necesitamos y que nos condiciona. Cuestiones que remiten a otra más profunda, que atraviesa toda la historia humana: ¿qué hacer con nuestra propia naturaleza humana?

Porque ésta, la naturaleza humana, no es estática, acabada, sino que está en desarrollo, abierta a nuevas formas y configuraciones en base a nuestras propias decisiones y libertad. Entonces cabe preguntarnos: ¿Permaneceremos limitados en el marco de nuestras actuales condiciones biológicas y mentales? ¿O mutaremos biológicamente mediante la intervención genética y la bio-ingeniería, que la ciencia comienza a hacer posible y que de hecho ya está realizando con la fecundación in vitro, el cultivo de células madre, la clonación, etc.? ¿Avanzaremos por el camino de la conexión cerebro-máquina que las tecnologías cibernéticas, la realidad aumentada, la inteligencia artificial, etc. están abriendo y ya realizando? ¿Evolucionaremos hacia una vida moral y espiritual superior, mediante el desarrollo de la conciencia?

El movimiento feminista y sus reivindicaciones y demandas se enmarcan en esa compleja y profunda problemática, y pienso que sólo en ese marco puede ser cabalmente comprendido. En tal sentido, mi tesis es que el feminismo constituye un fenómeno histórico ‘trascendental’, en cuanto tiene la intención y la pretensión de actuar el más importante cambio histórico y evolutivo que la humanidad haya nunca experimentado como especie, afectando sus relaciones con la naturaleza, la relación entre los sexos, y la propia naturaleza humana.

Un cambio histórico, evolutivo, que pienso que apunta hacia la más plena realización del ser humano, cuya naturaleza esencial no se constituye plenamente al nivel corporal, biológico, y ni siquiera mental, sino en un plano o dimensión superior, espiritual, que es propio de la esencia del hombre, varón y mujer.

Cuando el feminismo reivindica la igualdad de géneros y la superación de toda forma de dominación machista, está planteando una rebelión contra las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales dominantes que han asignado un lugar desmedrado a la mujer; pero aún más profunda y radicalmente, está significando una rebelión contra la situación en que la biología y la naturaleza, y no solamente la economía, la política y la cultura, han puesto a la mujer.

Entonces es necesario partir examinando qué es lo que establece la biología respecto de la relación entre varones y mujeres, entre machos y hembras.

Es obvio que existen dos modos de ser humanos: el modo masculino y el modo femenino. Modos que, por lo demás, no son exclusivos de nuestra especie sino de la totalidad del mundo biológico. La vida es una realidad sexuada.

Pero, para evitar malentendidos, despejemos lo que debiera ser obvio. Entre el hombre y la mujer existen más semejanzas que diferencias, tienen muchísimos más aspectos comunes que distintos, comparten una misma naturaleza humana que les determina igual dignidad en la dimensión ontológica, esencial y existencial, con toda la igualdad de derechos y deberes que de ello deriva. Nada justifica la dominación social de uno por el otro ni las desigualdades y privilegios que, impuestos por el poder y la fuerza, reducen la esencial libertad a que está llamada la persona humana cualquiera sea su sexo.

Volvamos, entonces, a las diferencias que existen a nivel biológico entre el varón y la mujer. Si de la simple observación por los sentidos que nos manifiestan la forma y figura exterior, el tamaño, el tono de la voz, la textura de la piel y el olor del cuerpo, pasamos a conocer los datos que nos proporcionan las ciencias biológicas y psicológicas, nos parecerá que las diferencias entre el hombre y la mujer atraviesan prácticamente todo lo humano, aunque más no sea a veces por ciertos matices y aspectos sutiles. Fácilmente llegaremos a la conclusión de que somos en todo iguales, siendo sin embargo en cada cosa distintos. Tenemos un cuerpo con los mismos órganos y funciones, que sin embargo son todos ellos diferentes; tenemos igualmente afectividad, pero distinta; inteligencia, pero diferenciada; creatividad, pero diversa; amamos, pero no de igual manera; sentimos, pero no lo mismo; tenemos igualmente un inconsciente, pero que no procede del mismo modo; en todas las actividades que realizamos podemos descubrir las huellas de nuestras diferencias.

En la raíz de todo ello está el hecho de que tenemos un sexo diferente. Es en la específica dimensión genital donde la diferencia es no sólo del modo en que el órgano actúa sino de los órganos mismos y sus funciones. Ahora bien, las diferencias que empiezan en la glándula genital del hombre y de la mujer, y que continúan en la morfología de cada sexo, y que generan todas las diferencias en los caracteres primarios y secundarios que en la especie humana separan al macho de la hembra ¿hasta donde se extienden? La psicología ha intentado precisar las diferencias que a la afectividad imprime el sexo; es decir, el distinto modo de sentir y de reaccionar en los momentos pasionales de la mujer y del hombre. El "metabolismo orgánico" de tipo varonil o del femenino son diferentes, de lo que depende, entre otras cosas, que haya diferente proporción de iones de calcio en el organismo. De estos hechos biológicos deriva cierta mayor o menor irritabilidad del sistema muscular, la mayor o menor actividad vaso-motora y la mayor o menor excitabilidad del sistema nervioso. No es, pues, una posición cultural sino un hecho basado en realidades biológicas, el considerar que en cada género la influencia de la sexualidad traza un amplio círculo, y que dentro de ese círculo se agitan gran parte de las actividades del hombre o de la mujer, muy sujetas a la influencia sexual.

Sin embargo hay que tener en cuenta dos cosas. La primera es la existencia de evolución y cambio en el modo característico de ser de cada género y en su mutuo relacionamiento que, sea en el conflicto como en la atracción y unión, tan enfáticamente ponen en evidencia las diferencias de género. La segunda es la necesidad de poner un extremo cuidado cuando, mediante un análisis empírico se quiera pasar de la observación general de las diferencias existentes entre el hombre y la mujer, como hemos hecho hasta aquí, a una identificación específica de los rasgos peculiares que harían la diferencia. En efecto, es corriente atribuir al hombre rasgos como la fuerza y la lucha con el ambiente externo, el uso dispendioso de energía, la ambición del poder, la inteligencia analítica, etc., y a la mujer sus opuestos: la debilidad y el recogimiento en el ambiente hogareño, el ahorro de energía, el deseo de ser admirada, la inteligencia intuitiva, etc. Nos parece que, aunque algunos de tales rasgos puedan corresponder con alguna predominancia al hombre o a la mujer, se desliza en dichas formulaciones el error de proponer una suerte de modelo ideal de uno y otra, tal que la mayor o menor aproximación a esos rasgos definiría el grado de masculinidad o feminidad de cada mujer y de cada hombre concreto. Pero no hay que confundir la mujer con el modelo ideal que subjetivamente podamos tener de ella, ni al hombre real con su modelo ideal respectivo. Tales modelos no son sino construcciones mentales que, partiendo de las diferencias reales, han sido proyectadas y extrapoladas en el discurso.

Pero nada de esto niega que la hembra, en la especie humana igual que en la mayoría de las especies de mamíferos, es en general más pequeña, tiene menor fuerza física, corre más lentamente, tiene una piel más delicada que el macho. En la sexualidad, igual que en la mayoría de las especies de mamíferos, el macho es el dominante, el que monta, el que se impone, el que penetra el cuerpo de la hembra. Esa es la realidad y el lenguaje bastante brutal de la biología.

Es por esto que cabe preguntarse ¿de donde proviene, dónde se origina, esa intención y pretensión de superar la condición que la biología establece en la relación entre los sexos?

Sucede que hay un misterio en el ser humano. Y es que, siendo el resultado de la evolución natural de la vida, no estamos adaptados a la naturaleza que nos generó, y mucho menos aún nos conformados con lo que sería natural para nosotros si fuéramos seres puramente biológicos. Un hecho sintomático es que los humanos no amamos la naturaleza. No la amamos porque nos limita, nos condiciona, nos dificulta e impide ser lo que queremos ser. Anhelamos desde lo más profundo de nuestro ser, trascender el orden natural. Todo pensamiento, deseo y actividad del hombre y de la mujer, y toda la historia humana – la economía, la política, la cultura, el deporte, el juego, el arte, la literatura, las religiones, la filosofía, las ciencias – testimonian ese permanente anhelo, ese buscar superar y trascender el orden natural, lo cual se manifiesta en la creación de un mundo distinto, de una especie de ‘segunda naturaleza’, cultural, moral, política, que se levanta por encima de la naturaleza física y biológica.

Así, en el cumplimiento y satisfacción de sus necesidades y funciones propiamente biológicas que comparte con las otras especies animales, el humano busca darles un sentido, encontrarles un más allá. Por ejemplo, en la nutrición desarrolla la gastronomía, que es un arte; en la reproducción sexual despliega el romanticismo y el amor; en la lucha por la sobrevivencia se autoimpone la ética. Ante la inexorable muerte asumimos que solamente ‘nos vamos’, y que “nos reencontraremos”, o nos “re-encarnaremos” o “resucita-remos”.

Para amar la naturaleza y armonizar con ella la idealizamos. La naturaleza como bella, no como cruel. El universo como creación perfecta. El perro como el mejor amigo; el caballo como fiel. Pero sabemos que no es tan así. Nuestro amor a los animales es sólo después de haberlos domesticado, sometido. El caballo debe ser domado, el perro debe ser domesticado, convertido en mascota o en medio de protección. Los “humanizamos” para quererlos y convivir con ellos, por lo cual incluso les atribuímos cualidades morales individuales.

Los humanos no somos seres puramente biológicos y naturales. Todo lo que somos y lo que hacemos nos lleva a pensar que el individuo humano posee un espíritu. Lo menos que podemos afirmar es que tenemos una dimensión espiritual que nos define. El ‘estado de naturaleza’ es el mundo de la necesidad, de lo determinado por las leyes físicas y los instintos biológicos. El ser humano, por esa dimensión espiritual que hay en él, se rebela frente a ese estado de necesidad que lo limita y restringe. Por eso lucha, inventa, crea y construye, aspirando a superar el ‘estado de necesidad’ en que lo pone la biología, para acceder a una ‘condición de libertad’.

Esa condición de libertad que busca para sí, consiste en plantearse fines por sí mismo, no determinados, no mecánicos, no puramente orgánicos, y actuar consciente e inteligentemente para alcanzarlos. El ser humano es, por ello, un rebelde radical y un creador empedernido.

Al rebelarse contra la desigualdad en que la biología ha puesto a la mujer, al luchar contra la posición dominante del macho en las relaciones de género, y al buscar superar el vínculo biológico especial con la prole en que la biología establece que la mujer amamante y que las crías tiendan a mantenerse cerca de la madre, el feminismo constituye un fenómeno de naturaleza moral y espiritual. Es una rebelión de la dimensión espiritual del ser humano, en este caso de la mujer, contra lo que demarca la biología respecto a las relaciones entre los sexos.

El feminismo es, en este sentido antropológico y existencial, un aspecto sustantivo y un momento esencial del proceso por el cual la conciencia, la razón y el espíritu, como dimensiones superiores propias de la naturaleza humana, se esfuerzan por imponer ética, conciencia, sentido, espíritu, en sus propias e inherentes dimensiones material y biológica de su existencia.

Así entendido, el feminismo se conecta con otros movimientos que tienen el mismo sentido, como son la lucha y el esfuerzo por superar la ‘ley de la selva’ y el predominio del más fuerte en la economía y en la política; y el movimiento por la ecología y el medio ambiente para restaurar los equilibrios rotos causados por un modo dominante e irrespetuoso de explotar los recursos y energías que nos proporciona la naturaleza; y se une también con las búsquedas espirituales orientadas a trascender el materialismo y a alcanzar la plenitud humana en la creación del bien, la belleza y la verdad.

Ahora bien, eso que hemos llamamos ‘rebelión’ o lucha por superar el estado de necesidad para acceder a la condición de libertad, no debiera entenderse como un estar ‘contra’ la naturaleza. No será tampoco un estado permanente de negación y conflicto. La lucha, el conflicto, la rebeldía, implican desasosiego, inquietud, rabia, y generan un estado psicológico y mental de exaltación, entusiasmo, pasión, enardecimiento, efervescencia, frenesí, que no pueden ser permanentes y que no constituyen la verdadera felicidad. Como toda ‘rebelión’, se trata de un momento, de una fase de liberación, de una etapa en un camino de avance y conquista de la autonomía. Se aspira y se busca establecer nuevos equilibrios; se avanza al encuentro de un nuevo y superior modo de relacionamiento humano con la naturaleza.

Cabe, entonces, preguntarse: ¿cuál será ese modo nuevo, mejor, superior, de relación con la naturaleza-ambiente y con la propia naturaleza humana, hacia el que camina y avanza la humanidad mediante el feminismo, la ecología y las búsquedas espirituales?

Parecen darse, al interior de cada uno de estos movimientos, dos orientaciones o tendencias, en cierta medida (pero sólo en cierta medida) contrapuestas. Para comprenderlas, puede servirnos observar las tendencias en que la humanidad ha buscado plenitud mediante las espiritualidades, puesto que - según nuestra interpre-tación – lo que hay en el fondo del feminismo (y también de la economía solidaria y de ecología), es la búsqueda de liberación del estado de naturaleza por obra del espíritu humano.

En las búsquedas espirituales podemos distinguir, en efecto, dos grandes direcciones. Unas, como es el caso de las espiritualidades budistas y taoístas, buscan resolver el desajuste, el sufrimiento y la agonía que produce en el hombre la condición de ser espíritu atrapado en la naturaleza, a través de la inmersión del espíritu en la naturaleza. Ello implica apagar las necesidades, deseos e intereses, desactivar en la meditación los sentidos, la mente y la razón, para alcanzar un estado de indiferencia, de no-deseo, de nirvana. Otras espiritualidades, como son las cristianas y otras teístas, buscan por el contrario, apagar el cuerpo y sus demandas, controlar los instintos, someter la naturaleza a la moral, lo natural a lo sobrenatural, para lo cual plantean pasar por el ascetismo, someter los instintos y las inclinaciones espontáneas, buscar la unión con Dios mediante la oración, y dar curso al conocimiento, al arte, a la solidaridad y a la lucha por la justicia y la libertad.

Que son esas dos las tendencias en que se mueve la humanidad, queda ilustrado también cuando hoy, frente a la crisis ecológica, a los problemas ambientales y al peligro de extinción por su actuar destructivo de la naturaleza, se despliegan iniciativas que van en dos direcciones contrapuestas: unos buscan armonizar con la naturaleza mediante la inmersión en ella (ejemplos de ello la permacultura, las ecoaldeas, la viva simple, el buen vivir, etc.) La otra es la salida por arriba, intentando superar y controlar la naturaleza (ejemplos son la bio-ingeniería, la inteligencia artificial, la robótica, la conquista del espacio, etc.).

También en el feminismo parecen darse dos tendencias que, en el fondo, apuntan en similares dos (parcialmente) opuestas direcciones. Está el feminismo que destaca el cuerpo de la mujer, que enfatiza la sexualidad, que afirma el derecho al placer, que reivindica la legitimidad del aborto. Y está el feminismo que afirma la igualdad de derechos, la libertad jurídica, la autonomía moral, el derecho a la educación, a la conducción política, a la igualdad de salarios, a la dirección de las empresas. Se dirá que ambas tendencias no son contradictorias y que se presentan juntas en los movimientos feministas reales, y es cierto. Podemos comprender que los opuestos no necesariamente se excluyen uno al otro sino que pueden ser complementarios. No es que una tendencia niegue a la otra, sino de diferencias que se manifiestan al interior de movimientos que reconocen pluralidad y diversidad en su interior. Pero se trata de tendencias diferentes, o al menos, de énfasis, de prioridades, entre lo que se considera central y lo que se retiene periférico. Y la integración de ellas debe ser elaborada conceptualmente, lo que supone acceder a un punto de vista comprensivo, más amplio, más profundo, superior.

Esto que afirmamos sobre la contraposición y la integración de las tendencias existentes en el feminismo, vale también en referencia a las anteriormente mencionadas orientaciones tanto del ecologismo como de la espiritualidad.

Lo que en todo caso parece claro es que alcanzar la armonía entre lo natural y lo cultural, entre la naturaleza y el espíritu, implica buscar y encontrar alguna síntesis entre conservación y transformación, entre tecnología y moral, entre biología y conciencia, implicando que el ser humano evolucione corporal y emocionalmente; moral, intelectual y espiritualmente.

Termino con algunas referencias más próximas a los movimientos feministas actuales. Las hago desde la convicción de que podemos y debemos superar cultural, moral y espiritualmente la biología y la naturaleza, pero sin negarla y respetándola en sus equilibrios.

Cuando el feminismo se orienta hacia la liberación de género, ensalzando el cuerpo, la libertad sexual y el derecho al placer, nada hay que objetar; pero se exagera cuando se reivindica el aborto enteramente libre con el argumento del control de la mujer sobre su cuerpo y todo lo que ocurre en él. Cuando el feminismo lucha por la igualdad de la mujer en la economía y en la política, está exigiendo lo justo; pero al poner todo el énfasis en la ocupación de cargos directivos en las empresas capitalistas y en las instituciones del Estado, todavía no se comprende que si no se cambian las estructuras de la economía y de la política, se está sólo manteniendo e incluso reforzando las mismas formas de dominación económica capitalista y política estatista, creadas históricamente por el machismo. Mientras las mujeres busquen ocupar el puesto de comando en la misma estructura jerárquica y de dominación creadas por los hombres, no hay cambio estructural sino continuidad y reproducción de las estructuras de dominación. Es necesario comprender que hay que distribuir socialmente el poder, recuperar el control de nuestras condiciones de vida, y es en esa dirección que la economía solidaria, liderada en gran medida por mujeres, está cumpliendo un papel trascendente en la transformación social y en la creación de una nueva civilización.

La mujer puede llevar a la humanidad hacia un desarrollo moral y espiritual superior, en la medida que permanezca siendo mujer, que libere su femineidad y que despliegue sus modos propios de pensar, de sentir, de relacionarse, de actuar, de vivir el amor, la libertad y la espiritualidad. Si, en cambio, la mujer lucha por ocupar y hacer lo mismo que han hecho históricamente los hombres, o sea, dar vuelta la misma tortilla, no se ha avanzado nada en el sentido moral y espiritual. Se permanece en las estructuras machistas.

Sería similar a lo que explica el fracaso del llamado ‘comunismo real’, fracaso en cuando movimiento progresivo de la humanidad: cambió la clase dominante, pero no las estructuras de la dominación. Parafraseando a Lenin cuando afirmaba que “el izquierdismo es la enfermedad infantil del comunismo”, podríamos decir que existe cierta radicalización o ultrismo en el movimiento feminista que es una enfermedad infantil del feminismo.

La historia enseña que las revoluciones fracasan cuando en los movimientos que los impulsan predominan los extremismos. Ello sucede por dos razones. La primera es que la ruptura de los códigos culturales y morales, si no está bien fundamentada y no llega a enraizar en el sentido común, genera muy fuertes reacciones contrarias. La segunda es que los cambios que se imponen por la fuerza o la presión, pero que no convencen, tienen vida breve, porque los humanos somos seres provistos de inteligencia y ansiosos de libertad, que rechazamos las imposiciones y los cambios no asumidos consciente y libremente.

Se llega al feminismo maduro cuando se construye la igualdad y la libertad de las mujeres al mismo tiempo que la de los varones, y sin negar sino valorizando y liberando lo propiamente femenino, pero también lo masculino. Esta igualdad y liberación conllevan instaurar en la vida personal, familiar, comunitaria y social, nuevas formas de sentir, de pensar, de relacionarse, de comportarse, de actuar.

Pues no puede desconocerse que la oposición o confrontación entre los géneros es sólo un aspecto de la relación entre el hombre y la mujer, marcada fuertemente por la atracción y la búsqueda de la unión. Esta atracción corporal ciertamente no es pura genitalidad, acción de órganos particulares que descargan su energía biológica, sino atracción de dos cuerpos y dos mentes, que se expresa en la competencia del juego, en el movimiento acompasado y rítmico del baile, en la intensa satisfacción que produce el simple hecho de estar juntos, abrazados, frente a frente, o caminando, recorriendo una feria o explorando un paisaje. La sexualidad no es puramente corporal. Ella consiste también en dos psiquismos diferentes que se complementan, se necesitan recíprocamente y se buscan, en un proceso que se prolonga por meses, años e incluso por toda la vida.

Y al otro o la otra debemos seducirlo, conquistarlo: necesitamos que se fije en nosotros, que nos descubra, aprecie y ame como lo hemos hecho antes con él o ella. Somos empujados, por eso, a ser más de lo que somos. A desplegar nuestro ser, nuestras potencialidades. Necesitamos crecer, ante nosotros mismos y ante el otro u otra que queremos seducir y conquistar. El otro, en cuanto diferente, en cierto modo nos desafía, nos llama a superarnos, a arriesgarnos, a no quedarnos en la situación en que estamos. La sexualidad resulta ser, pues, una muy poderosa fuerza de crecimiento y desarrollo personal.

El hombre y la mujer se atraen...porque son diferentes, porque siendo diferentes se complementan. Ello implica que lo masculimo es incompleto, como incompleto es también lo femenino. Por esto las mujeres podrán conducir la humanidad hacia un desarrollo moral y espiritual superior, en la medida que permanezcan femeninas, con sus modos propios de pensar, de sentir, de relacionarse, de actuar, de vivir el amor, la libertad y la espiritualidad. Modos femeninos elaborados por ellas mismas, que no son los que les han sido impuestos a las mujeres en las culturas predominantemente masculinizadas.

Esto es condición necesaria, pero no suficiente, pues ello tendrá que expresarse en nuevas y mejores economía, política, cultura, artes, ciencias, espiritualidades, desarrolladas en conjunto por mujeres y hombres creativos, autónomos y solidarios, todo lo cual requiere aprendizajes, elaboraciones e iniciativas múltiples, realizadas desde un punto de vista superior, inclusivo, comprehensivo.

Se realizará de ese modo un verdadero cambio civilizatorio, la transición hacia una civilización nueva, superior a cuantas han existido anteriormente, en cuya creación y desarrollo el feminismo expresará en plenitud sus potencialidades y cumplirá sus más altas expectativas.


Luis Razeto

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