ESTACIÓN DOS - CONVERSACIÓN CON DANTE Y ENTRADA AL INFIERNO

ESTACIÓN DOS

CONVERSACIÓN CON DANTE Y ENTRADA AL INFIERNO


 

El Sol se ponía detrás de las montañas y el atardecer invitaba a descansar de las fatigas del día. Pero estaba inquieto.

Sabía que la aventura intelectual que me aprestaba a emprender estaría llena de peligros, como en una guerra demasiado desigual, pues tendría que enfrentar a los más grandes y famosos intelectuales de la época moderna.

No estaba seguro de tener la preparación suficiente, ni de poseer las capacidades y conocimientos indispensables, para resultar victorioso en los combates intelectuales con esas mentes poderosas.

Recurrí a Dante: – Dime, tú, poeta y pensador insigne, que me vas a acompañar por tan tortuosos y difíciles recorridos del intelecto humano, ¿dispongo acaso de la virtud y de la fortaleza suficientes para salir airoso de una misión que a todas luces sobrepasa mis saberes?

¿Cuáles inspiraciones de sabiduría podrán venir en mi auxilio, cuando esos insignes filósofos y científicos justifiquen sus puntos de vista y traten de confundirme con sofisticados argumentos?

Me respondió Dante: “Entiendo tus temores, pues sé que a menudo el miedo y la cobardía se apoderan del individuo, de manera que lo apartan de cualquier empresa de elevado rango, y la juzgan como si se tratara de un sueño imposible.

Por eso, para que apacigües un poco tus temores, te diré por qué he venido hasta aquí, y lo que entiendo del problema. Pues me correspondió vivir en una situación parecida y emprender una lucha tan desigual como la tuya.

Viví entre las últimas décadas del siglo XIII y las primeras del XIV, una época en que la civilización cristiana occidental, que había estado sólidamente establecida en Europa a lo largo de ocho siglos, experimentaba una crisis profunda, una agonía terminal, que habría de llevarla a desaparecer definitivamente en el curso de poco más de un siglo.

El Papado y la Iglesia, que constituían el pilar moral, intelectual y espiritual que sostenía las creencias y la cultura medievales, estaban en plena decadencia. Se expandía un grave deterioro de la moral y las costumbres, por la pérdida de credibilidad de sus doctrinas, y por los conflictos y guerras religiosas que debilitaban su poder temporal.

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El Sacro Imperio Romano y las Monarquías y Feudos que constituían el pilar político y económico de aquella civilización, ya no garantizaban la unidad, el orden social y la paz que bien o mal habían asegurado durante varios siglos.

Las luchas intestinas, la fragmentación consiguiente de la sociedad y el conflicto entre el poder civil y el poder religioso, aceleraban la muerte de aquél orden social, económico y político."

Dante guardó un momento de silencio, como recordando, y enseguida continuó:

"En la ciudad de Florencia donde nací y pasé mi niñez y juventud, se concentraban de manera singularmente intensa todos esos conflictos políticos, morales, intelectuales y espirituales. En ese contexto comprendí, primero confusamente y luego cada vez más claramente, que estábamos viviendo el final de una época histórica.

Y fue para mí horriblemente doloroso darme cuenta de que estaba en peligro el mundo cristiano: aquella civilización que se había levantado sobre los fundamentos de la fraternidad y del amor enseñados por Jesucristo, Pablo de Tarso y los Apóstoles, y que en el siglo IV se había institucionalizado cuando el emperador Constantino reconoció al Cristianismo como religión oficial del Imperio”.

Dante suspiró y enseguida sonrió, alzando un brazo como saludando al cielo. Continuó:

"Tal vez no me hubiera dado cuenta de todo aquello, como no se daban cuenta mis contemporáneos, si no me sucediera cuando niño una experiencia íntima, profunda, que no dudo en considerar de naturaleza espiritual. Una experiencia que cambió y marcó toda mi existencia, abriendo mi mente al conocimiento de lo que estaba por venir.”

Lo sé – dije interrumpiendo su relato. – ¡Te enamoraste de Beatriz!

"¡Me enamoré del Amor!” – replicó Dante. “Esa muchacha de ojos verdes, de rostro perfecto, de piel inmaculada, de sonrisa cristalina y de mirada pura, que sostuvo por sólo unos instantes mi propia mirada, era la perfecta belleza, el bien más completo, la verdad más trasparente.

Se me había aparecido la expresión más perfecta del Amor divino reflejado y encarnado en un cuerpo y un alma de niña, de mujer. Sentí, al mirarnos a la distancia, que su belleza y bondad estaban fuera del alcance de todo entendimiento, más allá de toda poesía.

En esa muchacha me fue revelado el Amor que trasciende cualquier realidad que pudiese ser vista con los ojos, escuchada con los oídos, olida con el olfato, acariciada con las manos, imaginada con la mente.

Ese divino Amor penetró en mi vida, inundó mi alma, y allí moró para siempre. Y digo, en verdad, que entonces el espíritu vital que en lo recóndito del corazón tiene su morada, comenzó a latir con tanta fuerza en mí, que se mostraba poderosamente en las menores pulsaciones.

Temblando, dije estas palabras: Ecce deus fortior me, veniens dominabitur mihi (He aquí a Dios que es más fuerte que yo y que llega para dominarme). Y en verdad, desde entonces, Amor se enseñoreó de mi alma y comenzó a tener sobre mí tanto ascendiente y tal dominio, por la fuerza que le daría mi propia imaginación, que me vi obligado a cumplir cuanto se le antojaba”.

Dante guardó silencio un momento, como recordando antiguas vivencias. Luego, como si captara que yo también cuando muchacho tuve una experiencia como la suya, continuó.

"Sabiduría, al enviarme a ti me dijo: “¡Oh alma sensitiva cuya fama perdura en el tiempo y jamás se extinguirá. Tengo yo otro amigo en el mundo que igual que tú en aquél tiempo, se encuentra hoy poseído por el Amor; pero está desventurado porque mira al mundo sumergirse en el abismo y siente miedo por lo que pueda suceder.

Es tan grande su preocupación que no se atreve a avanzar, y temo que no encuentre el camino y se pierda en la selva y el desierto en que se ha convertido el mundo de allá abajo.

Ve hacia él y alivia sus penurias con la elocuencia de tus palabras, y con el amor que reside en tu corazón. Explícale que sólo hay que temer lo que puede dañar el alma”.

Cuando Sabiduría terminó de hablar volvió hacia mí sus ojos brillantes y húmedos de lágrimas. Conmovido, sin perder un minuto partí y aquí me tienes. Saca, pues, el temor de tu corazón y déjalo llenarse de amor."

Cuando Dante terminó su explicación sentí mi corazón henchirse de valor, y mi intelecto disponerse sin temor a buscar el bien y la verdad.

Vayamos pues, – le dije, y nos pusimos en marcha por un camino que a medida que avanzamos fue poniéndose abrupto y sombrío.

Así fue que llegamos hasta una entrada en la que había algo escrito, pero que el tiempo había borrado casi enteramente, por lo que no pude leer todo lo que decía. Sólo distinguí estas extrañas palabras: ÁNGEL CAÍDO: TEME II HIDRA.

Dante comentó, al pasar: “Esas palabras no estaban cuando pasé por aquí en mi viaje anterior. Parece un anagrama; pero no tenemos tiempo para intentar descifrarlo, pues el tiempo apremia.”

Al cruzar la entrada recordé algo que escribió Italo Calvino: “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, es aquél que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: consiste en buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.”