ESTACIÓN UNO - LA BESTIA Y MI ENCUENTRO CON DANTE ALIGHIERI

 

Primera Etapa


 

EL INFIERNO, O LA MODERNA TRAGEDIA



 

ESTACIÓN UNO

LA BESTIA Y MI ENCUENTRO CON DANTE ALIGHIERI


 

En la mitad del camino de la vida

me encontré como en una selva oscura

porque el recto sentido había perdido.


 

¡Oh, cuán áspera, fuerte y brutal era esa selva!

¡Sólo de pensar en ella me angustio!

Era un mundo sórdido, amargo, moribundo.


 

Muchedumbres corrían en los mercados tras las últimas novedades del momento, gastando lo que no tenían y buscando aparentar lo que no eran.

Las casas se llenaban de artefactos y pantallas que atrapaban las miradas y neuronas de habitantes atontados.

Adolescentes y jóvenes estallaban en risotadas y bailaban al ritmo de sones destemplados, con centellas de colores salpicando sus cuerpos bronceados y sus músculos tatuados.

Por las calles avanzaban con fatiga más vehículos de los que cabían, sonando estridentes bocinas que exasperaban a los vecinos y a los mismos circulantes.

Multitudes de pobres, drogadictos y desplazados se alzaban gritando consignas, agitando banderas, exigiendo derechos, lanzando piedras y saqueando todo aquello de lo que estaban excluidos.

Carros blindados lanzaban aguas servidas y químicos repelentes, recibiendo de vuelta pedradas y bombas incendiarias.

En sus búnkeres los políticos y en sus madrigueras los burócratas, preparaban y prometían soluciones que sabían que no servirían, ni aplacarían las demandas que ellos mismos habían desatado.

Financistas y banqueros ávidos gestionaban los dineros del mundo, endeudando, estrujando y sometiendo gentes, empresas, instituciones y gobiernos.

La codicia y la envidia, el hedonismo y el odio, impregnaban la psicología de los individuos y la cultura de las naciones.

Angustiado, con la mente en blanco, crucé una esquina distraído, y sin prestar oído a los insultos y amenazas de apresurados conductores, me alejé caminando sin rumbo.

Avancé largo tiempo por calles nocturnas donde se mezclaban muchachos drogados, vendedores de baratijas, mujeres tristes que se ofrecían sonrientes, ancianos abandonados, bandidos que vigilaban a sus próximas víctimas.

Finalmente me encontré en los faldeos de la cordillera, donde parecía terminar la ciudad que tanto constreñía mi corazón.

Comencé a subir por un delgado sendero hasta que llegué a un rústico huerto de espinos, boldos, litres y quillayes. No podría decir cómo llegué a ese lugar.

Agotado me senté bajo un eucalipto. Todavía me llegaba el eco de unas voces que no dejaban de perseguirme desde que huí de la ciudad.

¡Dios ha muerto!”

¡Nosotros, los más prestigiosos y reconocidos filósofos, científicos, escritores, poetas, doctores, cineastas, pintores, juristas y psiquiatras de la época moderna; nosotros lo matamos”.

¡Se acabaron los misterios!¡ No más consuelos mentirosos, promesas falaces, sacrificios inútiles, vidas frugales, virtudes dudosas!”

¡Que nada los limite, que nadie los constriña! ¡El tamaño es lo que importa! ¡Las cantidades! ¡El crecimiento! ¡‘Producir siempre más, tener siempre más, disfrutar siempre más’ es la nueva consigna!”.

Cerré los ojos, tapé mis oídos con las manos y bajé la cabeza hundiéndola entre las rodillas.

Poco a poco me fui recobrando de las fatigas del cuerpo, se acallaron las voces, y se apaciguaron los miedos que me oscurecían el corazón y la mente.

Pero ese momento de sosiego se transformó muy pronto en pesadilla. Pues apareció y se alzó frente a mí una bestia feroz que se acercaba peligrosamente con la cabeza en alto y el aspecto de tener un hambre insaciable.

La cabeza de esa bestia negra tenía la apariencia de hombre, pero deformado, y con una infinidad de ojos escrutadores, pareciéndome un Leviatán.

En la frente llevaba estampada una bandera, y sobre su coronilla se alzaba un escudo que destacaba en rojo y negro: POR LA RAZÓN O LA FUERZA, emblema ilustrado por un atado de zanahorias y un enorme garrote.

Por encima de esa bestia se me apareció enseguida un ave gigantesca, como un buitre, de pecho dorado, alas negras y pico largo y encorvado. Su aspecto era tanto o más feroz y amenazante que la bestia primera.

En la frente llevaba estampado el signo $. Su panza era desmedidamente gorda, dura como de piedra, y emitía un raro retumbo similar al agitarse de una bolsa de monedas o metales finos.

Los orificios de su nariz parecían chimeneas que expelían humos grises que contaminaban el aire.

De su mirada emanaba frío y miedo desmedidos, por lo que el terror hizo presa de mi cuerpo.

Escapé cuesta abajo tensando todas mis fuerzas, hasta que llegué a un lugar que parecía seguro.

La tranquilidad duró muy poco, porque no sé si en sueños o en delirio, se abrió ante mí un panorama de desolación y muerte.

Vi que el planeta se calentaba, que los mares arrasaban balnearios y ciudades costeras, que los incendios aniquilaban bosques y extinguían flora y fauna.

Vi sequías e inundaciones en distintos territorios, que obligaban a multitudes de familias hambrientas a emigrar sin destino cierto.

Vi que las industrias, los bancos y los negocios sucumbían, y que en las ciudades sobrevivían hordas de saqueadores y bandidos despiadados.

Vi que las policías eran cómplices, y que los ejércitos se trababan en guerras fratricidas por el agua y por los pocos recursos que aún quedaban en los campos.

Vi que multitudes empobrecidas, adictas y enfermas desfallecían de hambre y de soledad.

Escapé nuevamente y llegué a un desierto. De pronto surgió ante mis ojos un ser que permanecía quieto y en silencio, como en paz.

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Apiádate de mí”, le grité, “quienquiera que seas, ya seas una sombra o un hombre verdadero”.

Me respondió: “Hombre no soy; pero lo fui. Habito en el reino del más allá, donde moran y conviven los hombres y mujeres que en la tierra desplegaron las alas del intelecto y del amor, y que aprendieron a volar en el espíritu.

Nací en Florencia, de la familia Alighieri. Desde niño tuve vocación de pensador y de poeta. Quise ser persona noble, haciendo de la poesía, del conocimiento y de la ciudadanía, más que un oficio, un modo de vida.

Cuando era todavía adolescente conocí a una muchacha hermosa, virtuosa y pura, que fue mi ideal de la perfección. La amé con pasión. Ella, instalada en mi ser interior, movía y renovaba el pensamiento y el corazón”.

Y dime – le pregunté –, ¿por qué regresaste aquí donde se sufre tanto? ¿Por qué no te quedaste en la paz del mundo de allá arriba donde reinan la razón, la alegría y el amor?

Me respondió: “Viví hace siete siglos, en una época tan tumultuosa como ésta en que tú vives. La civilización que los historiadores llamaron Medio Evo entraba en una crisis profunda, y las creencias, los valores y las estructuras económicas, políticas y religiosas se desmoronaban a ojos vistas.

Mis ideales me llevaron a imaginar una nueva forma de vivir, de sentir y de pensar, de comportarnos y de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza. Consigné esos ideales de una civilización mejor, en mis obras La Vida Nueva, La Convivencia, Sobre la Monarquía, La Elocuencia del Pueblo, y La Comedia”.

Exclamé: “¡Oh! ¡Tú eres el Dante! La gloria de todos los poetas. Tus libros han guiado mis propios pensamientos y me acercaron al amor. Entonces ¿podrás tú librarme de este mundo angustioso y de las bestias que nos acechan?”

Vine – me dijo –, por solicitud de la mujer más bella, la más virtuosa y pura que haya jamás existido: la personificación del Amor y la Sabiduría.

En mi tiempo de aquí en la tierra, otra bella mujer mandó al gran Virgilio para guiarme cuando me encontraba yo, en la mitad del camino de la vida, como en una selva oscura que del recto camino se había apartado.

Igual como entonces Beatriz envió a Virgilio que me condujo por los espacios tenebrosos del Infierno y del Purgatorio, Sabiduría me envió ahora a ti, para guiarte.

Debes salir de este mundo salvaje, desalmado, que nunca satisface los deseos humanos. Tal vez encuentres el camino hacia aquella civilización que sueñas, de conocimiento y de amor, en la que sean recuperadas la razón, la sabiduría y la virtud.”

Dante guardó silencio. Le pregunté: – ¿Qué debo hacer?

Te tomaré de la mano – me dijo – y te conduciré hasta el mundo donde moran los grandes intelectos, para que dialogando y discutiendo con ellos llegues a encontrar el camino por donde pueda salvarse la humanidad. Así podrás, después, anunciarlo y explicarlo a los que quieran salvarse, tal como hice yo en La Comedia.

Pero te advierto que tendrás que seguirme por senderos escarpados y lugares inhóspitos. En este viaje atravesaremos unos cavidades áridas y tenebrosas donde habitan sombras de vivientes que merecen castigos terribles.

Pero no nos detendremos hasta encontrar a los intelectuales que fueron los culpables de que el mundo se encuentre en este estado. Con ellos tendrás que enfrentarte.

De ahí pasaremos a otro espacio, mucho mejor y más alegre, donde están las almas luchadoras que bregan por encontrar un camino alternativo.

Hasta ahí solamente podré llevarte; pero entonces vendrá a ti y continuará guiándote, una Diva que sabrá conducirte hacia las cumbres más altas: unos vértices sublimes de sabiduría y de luz.

Allá es donde residen los Precursores de una civilización superior, que podría abrir a la humanidad horizontes insospechados de conocimiento, de belleza, de virtud y de amor”.

Poeta y sabio Dante – repuse. – Te ruego que me saques ya de este mundo amargo, que me liberes de sus cadenas, y que me guíes por donde creas necesario, para que pueda finalmente yo también entrar en un reino de paz y de vida nueva.

Él dio la vuelta y comencé a seguirlo.