ESTACIÓN TREINTA Y CUATRO - EL HORROR EXTREMO

ESTACIÓN TREINTA Y CUATRO

EL HORROR EXTREMO

 

Agotado de tanto correr, y todavía temblando por el temor de que pudiera alcanzarnos la Bestia horrible, me senté con la espalda apoyada en una concavidad de la roca que, semejante a una gruta, parecía haber sido dispuesta especialmente para cobijar a un fugitivo.

Dante me tomó de la mano como si fuera un hermano mayor, por lo que me fui poco a poco tranquilizando, hasta quedar dormido. Pero entonces me asaltaron pesadillas monstruosas.

Éstas no eran, como es lo habitual, invenciones oníricas de una mente afiebrada, sino hechos históricos reales, perfectamente conocidos y documentados históricamente, que acaecieron en diferentes lugares del mundo en tiempos relativamente recientes.

Me asaltaron en primer lugar las horribles matanzas de nobles, clérigos, terratenientes y burgueses ricos guillotinados durante la Revolución francesa en el período conocido como el Reinado del Terror.

Fueron más de 30.000 las personas ejecutadas o muertas en las cárceles, por oponerse a los impuestos y requisiciones de fortunas, a la desacralización de las iglesias, a las nuevas leyes y al gobierno Jacobino.

 

Peregrinación 34 jacobinos

 

De esa primera pesadilla desperté cuando el mismo Robespierre, que había encabezado las matanzas y las justificaba repitiendo que “el terror no es más que la justicia rápida, severa e inflexible”, caía también guillotinado.

Para calmar mi angustia conté a Dante lo que había soñado. El Maestro trató de calmarme diciendo que tanta maldad no podía ser cierta, y que aquello que le había contado no era sino una horrible pesadilla.

Cuando volví a dormirme, aparecieron ante mí las matanzas de cientos de miles de campesinos que se resistían a entregar sus tierras al Estado y se oponían a la colectivización de la economía por los bolcheviques en la Unión Soviética.

La pesadilla continuó con los innumerables disidentes políticos, considerados ‘enemigos del pueblo’, torturados y enviados a los Gulag en varias oleadas represivas llevadas a cabo durante las grandes purgas estalinistas.

Desfilaron en mi sueño los diversos grupos étnicos deportados o trasladados por la fuerza a zonas remotas de Siberia, donde centenares de miles de personas fallecieron de hambre y de frío.

Me despertó el ruido ensordecedor de los tanques soviéticos ocupando y reprimiendo las poblaciones pacíficas de Estonia, Letonia y Lituania.

Peregrinación 34 estalinismo

 

Nuevamente el Maestro calmó mi congoja argumentando que se trataba solamente de pesadillas que nadie creería que hubiesen realmente ocurrido. Y volví a adormecerme, pero las pesadillas continuaron, y cada vez más horrorosas.

Desfilaron ante mí interminables trenes de carga que transportaban a hombres, mujeres y niños judíos hacia los campos de concentración y de exterminio organizados por los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial, en decenas de lugares de Alemania, Polonia, Austria, Noruega, Bielorrusia, Serbia, Holanda, Croacia, Ucrania y otros países sometidos a la dominación alemana.

Los que lograban sobrevivir al viaje eran sometidos a trabajos forzados, al hambre y la tortura, a experimentos pseudocientíficos, y finalmente asesinados en cámaras de gas.

Peregrinación 34 holocausto

Vi operando una gigantesca maquinaria de exterminio compuesta por más de 40.000 instalaciones destinadas a confinar y a matar, en la que participaban cientos de miles de individuos que asesinaron a seis millones de judíos, y a millares de polacos, homosexuales, gitanos, discapacitados físicos o mentales, y prisioneros de guerra soviéticos.

La última de mis pesadillas consistió en la visión de las bombas atómicas de los Estados Unidos cayendo sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, matando a 246.000 personas indefensas.

Peregrinación 34 hiroshima

 

Mucho me costó convencer a Dante que estos horrendos hechos habían realmente ocurrido en el mundo, no en épocas remotas sino muy próximas. Me preguntó el Maestro:

¿Cómo se explican acciones tan deleznables? Lo pregunto porque en mi tiempo también ocurrían hechos viles, pero nunca llegaron a niveles tan extremos”.

Estos horrores – le expliqué – han sido, todos ellos, organizados y ejecutados por los Estados, monstruos modernos concentradores del poder ideológico, político y militar.

Eso lo entiendo – replicó –; pero en la base del Estado y de las decisiones que el poder ejecuta, necesariamente han de encontrarse individuos que tienen nombre y apellido, que son parte de familias, que tienen amigos”.

Sí – confirmé –, y es posible que muchas de esas personas ni siquiera fueran conscientes de su completa perversión, estando enteramente dominados por el Estado al que endiosaban.

Dante se quedó pensando en silencio, y sólo un largo rato después me preguntó:

¿Los cristianos, las Iglesias, no pudieron impedir tamañas brutalidades?”.

Me demoré en darle una respuesta, porque no era fácil explicar a un hombre que vivió en el Medioevo, el estado en que se encuentran las religiones en la civilización moderna. Dije finalmente:

Por los encuentros que hemos tenido recorriendo el Infierno, habrás podido apreciar que los más reconocidos filósofos, científicos e intelectuales de diversas disciplinas, han declarado que Dios no existe y que los humanos somos seres naturales que carecemos de alma.

Esas convicciones materialistas y ateas han debilitado las creencias religiosas de los pueblos, y la fe ha tendido a recluirse en la esfera de lo privado y lo íntimo, e incluso a desaparecer, en una cultura cada vez más secular.

Por otro lado, los mismos poderes malignos que han desatado aquellas horrendas matanzas, reprimieron y persiguieron ferozmente las creencias y prácticas religiosas.

Durante el Reinado del Terror jacobino se desarrolló un gran proceso de descristianización en toda Francia. Fueron suprimidas las congregaciones católicas, se reemplazaron los feriados religiosos por fiestas republicanas, se desacralizaron las iglesias y las convirtieron en museos, almacenes y templos de la Razón; veinte mil clérigos abandonaron el sacerdocio, y muchos creyentes dejaron la Iglesia y sus creencias.

Durante el largo período del comunismo soviético, los bolcheviques impulsaron una verdadera cruzada contra las religiones y en pro del ateísmo científico. En 1920 el Partido Comunista creó la Liga de los Ateos Militantes, llamada también Sociedad de los sin Dios, con el encargo de difundir el ateísmo científico y de denunciar la ‘moral de los esclavos’ que defendían las religiones.

En 1932 se estableció el Plan Quinquenal de propaganda antirreligiosa, llegándose a formar un millón de células ateas impulsoras. El número de iglesias ortodoxas rusas se redujo de 54 mil que había el año 1914, a 39 mil en 1928. Los tribunales islámicos disminuyeron de 220 que había en 1922, a sólo siete en 1929.

Así comenzaron acciones represivas generalizadas y sistemáticas, que terminaron siendo brutales, dirigidas a extirpar todas las instituciones religiosas tradicionales, cerrándose las iglesias, los monasterios, los medios de comunicación y los colegios religiosos, las mezquitas y los tribunales islámicos.

Durante el nazismo, en Alemania y en los países que invadieron, la acción anti-religiosa fue dirigida directamente contra el judaísmo y, en parte también contra el cristianismo. El objetivo era, simplemente, acabar con el ‘problema judío’.

En el resto de Europa y en los Estados Unidos no hubo represión religiosa directa; pero las Universidades y el mundo académico y científico impulsaron con entusiasmo el ateísmo. Se trabajó consistentemente por reemplazar los auxilios religiosos por terapias psicológicas, tendiéndose progresivamente a sustituir las creencias espirituales por una visión cientificista del mundo, de la vida y del ser humano.

Si en la civilización medieval en que tú viviste, la religión y la teología constituían la concepción del mundo y la estructura cognitiva predominantes, en la civilización moderna en que yo vivo, esas formas tradicionales de conocimiento han quedado relegadas a un lugar secundario y marginal.

El Maestro escuchó atentamente pero no me pareció convencido de que las cosas pudieran ser como yo las describía. Salió a tomar aire fuera de la caverna donde nos habíamos protegido del Poder, y al regresar donde me había quedado expresó la esencia de sus dudas.

Persecuciones religiosas siempre las ha habido. Pero a lo largo de la historia, ellas no han hecho más que reforzar la fe de los creyentes, porque los mismos profetas las anunciaron.

Siempre se supo y se dijo que “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. No puedo comprender que ya no ocurra así, en tu mundo”.

Me puse de pie, y caminando de un lado hacia otro pero sin salir de la caverna, todavía temeroso de que pudiera descubrirme el Poder que nos había perseguido, me puse a cavilar, más o menos confusamente y sin mucha convicción.

Se me ocurre pensar – dije – que frente a horrores tan extremos sufridos por multitudes enormes de gente inocente, es inevitable que se incline y se pierda la fe en un Dios bondadoso y omnipotente, en todos los que se postraron incansablemente pidiendo al cielo misericordia.

¿Cómo puede Dios permitir que esas cosas horrendas sucedan? ¿Cómo puede dejar que esos sufrimientos inauditos se prolonguen durante largos e interminables años, y que sus hechores gocen de salud y bienestar?

Los judíos, convencidos de ser el pueblo elegido ¿cómo podían creer que fueran exterminados sin que Dios mostrara la más mínima compasión? ¿Por qué no sucedía, como siempre antes en su historia, que Yahvé restableciera la Alianza comprometida con Abraham y Moisés? ¡Ni siquiera les había enviado un profeta, como había hecho siempre en situaciones extremas!

Y los cristianos ¿cómo pueden seguir creyendo en la Providencia, y en un Dios que sea un verdadero Padre bondadoso, si en el mundo existe tanta maldad, tan inaceptable sufrimiento y tanta muerte? ¿Cómo seguir confiando en la fuerza de la plegaria si no son escuchados cuando claman al cielo con tal desesperación?

Dante detuvo mi caminar acelerado poniéndose al frente y posando sus manos extendidas sobre mis hombros. Sintiendo su mirada severa, y todavía conmocionado y confundido por las recientes pesadillas, traté de justificar mis dichos que intuí que molestaron al Maestro.

Estos pensamientos que me escuchas decir como si fueran míos, son razonamientos que desde hace tiempo repiten los que no creen en la existencia de Dios.

El Maestro me miró, esta vez compasivo, y dijo: “¿Qué te parece si ahora descansas y entras en un más profundo y relajado sueño, y dejamos para mañana conversar sobre todo esto que te perturba?

Las palabras serenas del Maestro aliviaron algo mi corazón y mi mente confundidos, por lo que me dispuse a dormir sobre una hierba verde que había crecido en la caverna sin que hasta el momento la hubiera percibido.

 

Luis Razeto

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